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Confirmación de la crisis - Edición 204

Yerly Herrera
yherrer@eafit.edu.co

Siento el estrés que me produce la impotencia no poder acabar con el mundo. 

Y lloro.

Qué hastío la encomienda de la muerte que obliga a vivir como si de un regalo se tratase.

Qué tormento tener que caminar con la noción del tiempo a las espaldas.

¿De verdad hay que aceptar el falso precepto de no llorar en público?

¿Es necesario andar preguntando a todo el que nos sonríe “¿cómo estás?” cuando realmente no nos importa?

Cortesía. Palabra inútil.

Somos tan diestros en el cinismo que pasamos por simpáticos.

¿Y los otros? Pues bien, los menos cínicos han sabido cómo dejar de habitar el mundo; los antipáticos son señalados todos los días, pero en algún momento, confío, habrán de seguir el ejemplo de los primeros.

Confío también en que a los niños –seres rescatables– ya no se les diga que la vida es una lucha. Los estamos predisponiendo a librar batallas. Y no vinieron a eso.

A propósito, ¿a qué vinimos? No sé, a veces parece que solo a mirarnos en el espejo.

Yo lo hago a menudo, siguiendo siempre los mismos dos pasos: primero detallo el rostro completo y luego me concentro en los ojos, pertinentemente oscuros. Luego, cuando parece que empiezo a deformarme, decido hacerle a mi yo del espejo las mismas preguntas tontas que nadie más ha de responderme…

¿Son estas gentes tan lastimeras la compañía que he de padecer?

¿Es la existencia de este yo que no conozco lo que ha de sostener esta alma que no sé si al menos me pertenece?

¿Hasta cuándo he de esperar que ocurra en mi esencia una prolepsis que me lleve a un lugar que ya no se llame mundo?

¿Qué pasará con los niños, las batallas inventadas y las palabras inútiles?

Entonces, mi yo del espejo me recuerda que también hago parte de esas gentes y responde:

“Tal vez debas dejar de nombrar el mundo para que el mundo tenga que olvidar tu nombre”.