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Cuando Lilith renunció al paraíso - Edición 204

Águeda Villa
avillag@eafit.edu.co

“En el año 2010 el negocio de los videochat eróticos no era tan conocido como hoy. En pleno 2017 muchas mujeres encuentran en este modelo de negocio una oportunidad de trabajo rentable”

La primera vez que Lilith se conectó supo lo que era tener un día distinto. El que sería su primer cliente le pidió vomitar en un pocillo y mostrarle como una buena chica lo que había hecho. Ella ya sabía un poco lo que le esperaba; sus compañeros de universidad se lo habían advertido pero ella nunca pensó que las cosas llegarían a ese nivel. Disimulando la sorpresa, y dispuesta a complacer a su primer cliente, Lilith hizo de forma creativa un migado de galletas que pasó por vómito. Y entonces, sonriendo y con un poco más de dinero en su cuenta, comprendió que sus amigos se habían quedado cortos a la hora de contarle en qué consistía ser modelo webcam.

Corría el año 2010 y María fue registrada en LiveJasmin, una de las páginas de videochat erótico más grande del mundo. Eligió llamarse Lilith por la historia de la primera mujer, aquella que estuvo antes de Eva, y comenzó poco a poco a construir su propio paraíso, uno en el que bailaba, se disfrazaba, se reía y reinaba. Empezó a transmitir desde un estudio que tomaba lugar en un apartamento cerca a la Avenida Oriental, en pleno centro de Medellín. “El estudio era una casa en un piso altísimo. Al entrar en la sala te encontrabas el escritorio del administrador, su computador, dos sillas y un sofá”, cuenta Lilith, quien supo sobre el modelaje webcam gracias a varios compañeros de universidad, en su mayoría homosexuales, con quienes estudiaba diseño de modas y a quienes llenaba de preguntas todos los días. “Yo siempre veía que compraban pelucas y disfraces, y entonces comencé a preguntarles. Uno de ellos me contactó con el estudio en el que él trabajaba para que saliera de dudas. Y así empezó todo, por pura curiosidad”.

Cuenta María que en el año 2010 no había tanta sobrepoblación de modelos webcam como hoy. El negocio era más desconocido, incluso clandestino, y quienes sabían del tema eran los mismos que trabajaban en él y sus más allegados. Era, sin embargo, un trabajo que buscaba constituirse como cualquier otro: con horarios fijos de mínimo cuatro horas diarias, espacio para desayunar o almorzar, dependiendo de la agenda de conexión, asistencia obligatoria, multas por inactividad o mal comportamiento y pago a un contador que mensualmente ayudaba a que el estudio tuviera su situación financiera en orden. 

“Era como una casa-estudio”, cuenta Lilith entre risas. Había dos habitaciones pequeñas que en realidad eran un cuarto dividido en dos, y una grande, con baño y mejor espacio. Transmitir en la habitación grande era un privilegio y funcionaba como premio a los modelos que se portaban bien y que cumplían con las normas de transmisión establecidas por el estudio. “Era el cuarto más apetecido, porque, por el hecho de tener ducha, los shows podían ser más variados; te podías enjabonar y mostrar cómo te duchabas… Todos tratábamos de estar en ese cuarto, porque era en el que mejor nos iba”, dice Lilith, quien hoy cuenta que nunca lo tomó como un trabajo serio y que, de haberse comprometido, aún lo estaría ejerciendo. 

María empezó su carrera como modelo webcam con su novio de esa época, quien continuó trabajando allá incluso algunos meses más que ella. Con la tranquilidad de que no la vería nadie de su país, iniciaba sesión todos los días como Lilith utilizando lencería provocativa, disfraces, y un carisma que le ayudaría a destacarse en su página y a ganarse más de un cliente fijo, que la consideraba, más que una modelo, una amiga a quién contarle sus cosas. “Había un italiano, ya muy viejito, que sólo se conectaba a conversar. Nunca me pedía que hiciera cosas frente a la cámara; se conectaba a contarme cómo había estado su día, me hablaba de su esposa y de sus hijos, era como un abuelito. Para él era importante ser escuchado”. La experiencia del vómito jamás volvió a repetirse, y hoy incluso, mirando su vida en retrospectiva, piensa que no fue un cliente real, sino el administrador del estudio conectado de encubierto para medirle el aceite. 

“Tomé la decisión de retirarme porque mi vida comenzó a tener un rumbo distinto. Ya no seguía con mi pareja de ese entonces y comencé a darle más importancia a la universidad. Cuando estás en tus últimos semestres cada hora vale oro, y yo sentía que me estaba desgastando”, dice. “Sí es cierto que tu vida económica mejora y que empiezas a tener de repente más poder adquisitivo… Pero también es cierto que tienes que ser una persona muy aterrizada, tener claras tus prioridades en la vida”. 

Lilith, quien ahora es María solamente, continuó dándole fuerza a su erotismo a través de sus redes sociales, en donde siempre se mostró coqueta y de mente abierta, luchando con frecuencia contra algunos bloqueos temporales que le imponía Facebook o Instagram cuando alguien le reportaba una foto. “Ésos eran los momentos en los que extrañaba ese tipo de trabajo: allá todos te van a decir que estás hermosa, todos van a estar locos por vos, por tus pintas, por tus movimientos… allá nadie te va a reportar”, dice riéndose. 

Reconoce que es un trabajo desgastante que requiere mucha resistencia física y mental. Quisiera volver algún día, alternarlo con su carrera como diseñadora, sin el afán de muchas de las chicas de ahora por el dinero y la solvencia económica, sino, más bien, para liberar el lado erótico que a veces mantiene tan escondido. Por ahora continúa diseñando, creando y vendiendo, trabajando en la planeación de una marca de ropa interior para mujeres que piensa registrar como Paradise. “Es que todas tenemos una Lilith por dentro… ¡Tenemos que sacarla a la luz en algún momento! Y tenemos derecho a hacerlo, seamos modelos webcam o no”, dice María riéndose, entre máquinas de coser, al mando de varias mujeres y el control de fechas de entrega del que hoy es su propio taller. Se le ve contenta, desenvuelta y con propiedad, y entonces lo entiendo: ahora María tiene su propio paraíso.