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Retratos y esculturas Gustavo Jaramillo

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​​Dibujos

​​Lo que puede un rostro

​Por: Sol astrid giraldo e.

​​​La figuración es una actividad poética y no una representación.

Absalón Avellaneda


¿Qué puede un rostro? ¿Hasta dónde es capaz de llegar una línea? Estas parecen ser las preguntas a las que vuelve una y otra vez esta serie de dibujos de Gustavo Jaramillo. En ella se ha decidido por la ancestral y minimalista estrategia de un lápiz marcando una hoja de papel. Nada más. Partiendo del silencio, el ascetismo formal, la rigidez del soporte geométrico y plano, el dibujante se adentra en el baile de las formas. No en cualquiera. Hay aquí un estricto criterio de selección que es ya un planteamiento: su decisión de hacer retratos de personajes del arte y el pensamiento desde una perspectiva mimética. Los que le interesan están en un rango que va de la literaria​ al be-pop, de la escena local a la ópera, de los pintores al swing, de las cantantes a la filosofía. Son héroes sin charreteras.


Con esta brújula se va de caza por la historia universal, pero también por las rebosantes bodegas de imágenes mediáticas. Porque su objeto de estudio no son tanto los cuerpos reales como las imágenes con las cuales estos personajes han sido recordados. Las huellas que han dejado, a veces en grabados o pinturas, pero en la mayoría de los casos en las fotografías de prensa con las que ingresaron visualmente al parnaso de las leyendas contemporáneas.


Así podemos reconocer algunos iconos, con sus énfasis reiterativos: el perfil de Nietzsche, las barbas de Cortázar, las plumas de Billie Holiday. En otras ocasiones, en lugar de elegir la imagen más establecida, se decide por alguna menos conocida como la del rostro espiritualizado de Borges. A veces, también, un retrato parece surgir de varias imágenes que el dibujante condensa para producir una nueva versión. Es como si se presentara allí una yuxtaposición de capas geológicas: los momentos de una vida, las transformaciones de un rostro, los cambios incesantes de una identidad. Dibujos mucho más complejos que las fuentes que los inspiran y en los que se dialoga también con la aventura creativa, musical o filosófica de los personajes. Paz aparece en la fogosidad de su pensamiento, Armstrong se alimenta de la fuerza de sus notas, Baker de su perplejidad ante el silencio.


Y así lo que vemos son varios niveles de representación. Primero está la imagen hecha según las convenciones y las técnicas de un momento histórico, la cual captura y elige el dibujante. Y, en segundo lugar, la imagen que él mismo realiza y añade a la cadena iconográfica de la leyenda. Entonces ésta se actualiza, porque se le ha añadido un grado inédito de conciencia. Nos la entrega ahora diseccionada, reflexionada, profunda, más plena y definitiva que nunca. Como un depredador, no suelta sus presas visuales hasta haberlas pasado por la criba de su interés, de su estilo y los dientes de una inquietud: ¿cómo se escribe una vida en un rostro?


Esta ha sido una de las preguntas más recurrentes que se ha hecho el arte desde el siglo XVI, cuando Occidente descubrió la expresión y por ello hizo del retrato uno de sus géneros favoritos. Retratos que, a diferencia de los estereotipos egipcios o los moldes ideales de Grecia y el Renacimiento, concibieron desde entonces el rostro como un campo de batalla entre la materia y el espíritu, y más recientemente, entre la carne y la sicología. "Rostros como frutos" dice Vigarello(2005), donde se desplegaban dramáticamente los indicios del alma.


Jaramillo parece coincidir con aquella valoración anatómica y estética que privilegiaba las cabezas y bailes han sucedido sobre el resto de cuerpo en esta ascética colección de rostros-fruto, desplegados en su total plenitud. Siguiendo esta perspectiva, lo demás desaparece en un fondo abismal: el blanco sin nombre de papel, límite del pensamiento visual, donde intempestivamente se truncan estas figuras. Algunas veces sobrevive un cuello empático con su poseedor como el tempestuoso de Camus o una mano cargada de carácter como la de Abad. Pero lo que finalmente siempre queda es el rostro, convertido en escenario y protagonista, en espacio y tiempo. El lugar móvil, inestable, fluctuante de la identidad, que sin embargo las líneas del dibujo paralizan en un gesto único. Ese que condensará todos los demás, todas las anécdotas, todos los triunfos y derrotas, todas las contradicciones. Todas las caras que se usan y se desechan en una vida.


Jaramillo privilegia, por lo general, el aspecto maduro de sus personajes, cuando muchas batallas y bailes han sucedido sobre sus pieles. Son rostros arrugados, incluso más que los originales de donde se extraen. Es que estas arrugas van más allá de los detalles anatómicas realistas. Se podría pensar mejor en pliegues en el sentido barroco reconocido por Deleuze (1989), cuando los vestidos (y los pensamientos) se desplegaban y replegaban, para mostrar y esconder, sin terminar nunca de revelar una última verdad. Estos rostros, debido a la densidad del dibujo, a la carga dramática de la pigmentación, a la tensión del claro-oscuro, a la profundidad de la superficie, muestran y esconden también el misterio de una vida, gracias al lenguaje de la arruga-pliegue que Jaramillo maneja con solvencia.


A pesar de exhibir un rango de personajes tan amplio -¿qué podrían tener común María Teresa Uribe con Calder?-, su colección respira la más absoluta coherencia. Esa que solo puede dar un taxónomo que conoce las leyes de su oficio. Como todo coleccionistas, Jaramillo crea categorías tan reales, arbitrarias o ficticias como las de las especies de Linneo o los animales del emperador realatados por Borges. Lo importante es saber que hay unas reglas del juego y luego seguirlas hasta sus últimas consecuencias. Sin duda, el dibujante lo logra en estos frutos oscuros.​ No sólo hay coherencia al interior de sub-series como ​"Respetables" o "Mujeres Vencidas", sino entre ellas mismas. La serie total es la respuesta.


La sucesión de plataformas infinitas a la que se enfrenta siempre un dibujante ante la hoja vacía (Avellaneada, 2006) se va condensando en estas figuras sólidas. Ellas asaltan a los espectadores desde las irreductibles características de cada destino único -el trágico de Camile Claudel, el incendiario de Beauvoir-, pero hermanadas bajo el lápiz de Jaramillo, el cual a creado visualmente allí una raza común de hombres y mujeres: la de los guerreros de la historia. Distintos y hermanos, originales y homogéneos. Es que no se trata tanto de la diversidad radical de los personajes históricos y reales, sino de la familiaridad entre estas figuras que se originan en un mismo pensamiento visual. Hay en ellas una estricta composición y una férrea construcción, en una decisión coherente y constante que nunca se pierde.


Distintos y hermanos. Unas vidas y unos rostros que inspiran su deseo visual, contadas con sombras y luces, blanco y negros, tramas, densidades, transparencias, sombras que son interrogantes, blancos que son silencios. La fuerza de un carácter atrapada en la rectitud de una línea, la vibración de una vida cazada en la ondulación de un contorno, el misterio de una interioridad en la condensación de una trama, la claridad de un destino en la desnudez blanca del soporte. Y al final el dibujo, solo y plenamente dibujo.


Bibliografía

Avellaneda, Absalón (2006). Elementos conceptuales del dibujo artístico. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Artes, colección sin condición.

Deleuze, Guilles (1989). El pliegue. Barcelona, Paidós.

Vigarello, Georges (2005). Historia de la belleza: el cuerpo y el arte de embellecer desde el Renacimiento hasta nuestros días. Buenos Aires, Ediciones Nueva Versión.

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Última modificación: 20/10/2016 14:50