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El arte del garabato - Edición 204

​Álvaro Arturo Guerrero Arango
aguerr14@eafit.edu.co

El Garabato es un barrio de estratos 2 y 3 ubicado a escasas calles de uno de los sectores más exclusivos de la ciudad, que desde hace 10 meses recibe un domingo de cada mes a un grupo de jóvenes ansiosos de crear lazos de inclusión por medio del color.

- “Hola pintores, ¿cómo están?, hace como un año que no venían”.

Es el saludo mentiroso del vecino sesentón del barrio el Garabato de Medellín, que como es apenas lógico, sale de su casa todavía en pijama. Es domingo y son las 10 de la madrugada para él. Su recibimiento es tanto amable como falso. En primer lugar, porque no está saludando a ningún pintor, - la RAE define pintor como aquella “persona que profesa o ejercita el arte de la pintura”- y en segundo lugar, porque a los jóvenes a quienes recibe en su cuadra, los había visto por última vez hacía un mes. No doce. 

Sin embargo, para efectos del texto; los universitarios que sacrificaron su plan de sábado en la noche, que llegaron con ropa tan manchada como fuese posible, y cargados con tarros llenos de pintura, serán llamados pintores. Además, la sensación de los trescientos sesenta y cinco días de ausencia no será juzgada. Por el contrario, podría ser validada por el San Bernardo que se echa bajo el sol naciente en la cancha de fútbol del barrio. Al perro no le hace falta hablar para que cualquiera afirme con solo verlo que lleva allí una década aguardando el paso de los pintores, quienes después de caminar unas dos cuadras, llegan a su lienzo. Un muro de doce metros de largo por ocho de alto, sin revocar, y donde alguien ya había hecho de las suyas con un spray.

El fino lienzo separa la casa amarilla de la esquina, de un terreno que ha sido olvidado por la comunidad del Garabato en la misma proporción que ellos han sido históricamente olvidados por los demás habitantes de El Poblado.

El Garabato, vecino de uno de los sectores más exclusivos de Medellín, es un barrio de estratos 2 y 3 donde aún habitan los descendientes de un grupo de esclavos que recibieron las tierras como dote de sus amos cuando recién adquirieron su libertad a mediados del siglo XIX.

Un sector que tuvo que esperar hasta 1979 para salir de la ruralidad y hasta después del 2000 para conocer las instituciones del Estado. Un barrio que nunca ha carecido de espacios verdes, hoy está rodeado por una de las Unidades de Vida Articulada (UVA) más grandes que ha puesto la Administración Municipal a disposición de la comunidad.

En medio de la grama alta, la basura y los escombros, la pared es el menor de los problemas; su aspereza y el grafiti mal pintado se resuelven con unos cuantos rodillos empapados de blanco.

En cuestión de minutos la calle está llena de pintores, locales y visitantes que llegaron hasta allí en su mayoría, motivados por la curiosidad que genera un buen plan difundido en Instagram.

Este conjunto de inexpertos y curiosos pintores serán llamados Pincelazos. Ellos son, según Manuela Toro Villegas, una de las tres fundadoras y líderes del grupo, “alegría, color y vida”, son también, todo lo contrario a ir a un lugar pobre en institucionalidad cualquier día y pintar una casa, es crear lazos mediante pinceles que generen impacto en la comunidad, lazos de inclusión de diferentes sectores socioculturales, que a su vez propicien “encuentros de integración para la paz, la convivencia, la eliminación de fronteras y paradigmas generados en la comuna.”

Así pues, el domingo de sol imponente, de jugar con los amigos en la calle, de pasar guayabo, de lavar el carro, de ir a misa, de tomar cerveza, de salir en pijama, se convierte en el barrio el Garabato en un domingo de Pincelazos.

El muro, al igual que los artistas, está totalmente pintado de blanco y a merced de uno de los visitantes más fundamentales. Alejandro Alegüe llega cargado de aerosoles y con la ilusión de que alguno de los niños del barrio vea en él una fuente de inspiración futura. 

La jornada transcurre en un silencio relativo, producto de la concentración que amerita la responsabilidad de pintar la casa de Daniel y Maria Clara, y el ruido de las motos que cargan con los jugadores del partido que está próximo a desalojar al San Bernardo de la cancha. 

Cristina Gaviria y Amalia Arango, las otras dos líderes y fundadoras del proyecto, mezclan y crean colores a la sombra del edificio del frente, al mismo tiempo que  los pintores fruncen el ceño tanto como sea necesario con  tal de no salirse de la línea, mientras  la dueña de la casa, Maria Clara, de diez años, rompe el hielo contando cómo el pobre Julián ha caído enamorado de su mejor amiga, Melisa, quién ha hecho caso omiso a las cartas, chocolates, flores y demás declaraciones de amor del pobre hombre a quién todos compadecían.

A eso de las 5 de la tarde; la grama alta, la basura y los escombros ya son un compromiso de mejora comunitaria y un segundo plano del paisaje. Los artistas están tan coloridos como su obra, y la pared trasmite sensaciones solo aptas para los testigos de la transformación. 

Con el objetivo casi cumplido llega la hora gris. Es el momento de recoger pinturas, levantar basura y lavar pinceles, brochas y rodillos. El trámite es definitivamente tedioso, el sol, pasa la cuenta de cobro y el cansancio es inminente. La ocasión es oportuna para contar cualquier historia del fin de semana por más intrascendente que sea. Un silencio en ese momento sería mortal. 

Pincelazos hizo entonces del domingo un día de reunión y celebración comunal, tanto para los habitantes de la Comuna 14 de Medellín, como para todos los voluntarios que llegaron hasta allí. El muro y las fotos serán entonces el recuerdo físico de lo que allí sucedió, mientras esta crónica será el testimonio de la creación de lazos de inclusión, equidad y justicia social mediante pinceles en manos de unos curiosos.