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El Eafitense / Edición 104 Cuando las bicicletas son un montón

Cuando las bicicletas son un montón

El último miércoles de cada mes se realiza la Fiesta de la bici. Los ciclistas se reúnen para recorrer, a sus anchas y a sus llantas, la ciudad.


La Fiesta de la bici nació en 2011.​
​Mónica Quintero Restrepo
Colaboradora

Eran un montón de bicicletas, pero no un montón pequeñito, sino un montón que ocupaba toda la calle de lado a lado. Mientras unos esperaban a Madonna, ellos hacían esperar a los carros: porque una bicicleta sola tiene que hacerse a un lado para que pase el de cuatro ruedas ese, pero cientos de bicicletas juntas, una jauría entera de dos ruedas, puede hacer lo que quiera: una Fiesta de la bici, por ejemplo.
 
Nadie tiene que confirmar asistencia. La cita es a las 8:00 p.m., del último miércoles del mes. No es obligatoria. 

Esa noche en Ciudad del Río caían goteras separadas. El cielo estaba lleno de nubes, como para que las abuelas pronosticaran un aguacero. Primero llegó Carlos Carvajal y unos dos o tres más que lo acompañaban, como cual equipo organizador. Conversaban tranquilos. 

El número no importa, aunque entre más ruedas haya, más larga es la espera de los carros. Ellos se suman a un término mundial, masa crítica, y lo explican así: “Cuando la gente se reúne con sus bicicletas puede llegar a tomar el control de las calles de una ciudad, si su número es suficientemente grande. En efecto, existe un número de gente, llamado masa crítica, a partir del que es posible conseguir un efecto apreciable y donde la relación de poder con los conductores de automóviles cambia: 1 ciclista puede ser atropellado, 5 pueden ser intimidados, pero 6.000 ciclistas reclaman la calle”.

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La Fiesta de la bici nació en 2011. Era un martes 13 de diciembre. La intención, cuenta Carlos, el organizador oficial (por llamarlo de alguna manera, pero aquí no hay nada oficial. No les interesa), era recorrer los alumbrados de Envigado y Medellín en bicicleta. Necesitaban una manera segura, una masa crítica que le compitiera a los carros, que los llevara seguros desde allá hasta aquí. Fueron más de 2.000 ciclistas esa vez, que no se llamaba como se llama ahora. Era la Fiesta de la luz. La primera luz para la fiesta de los últimos miércoles del mes.
 
Esta actividad no es solo salir a montar en bicicleta, pese a que Carlos, que ya es uno más del grupo (así sea el que recuerde por Facebook), señala que cada quien tiene sus razones. Algunos lo hacen por ejercicio, dar un paseo en bicicleta. Otros por hacer amigos o reencontrarse con los de siempre. Unos más para mostrar la bicicleta nueva y así se van sumando intereses. 

No obstante, hay una razón que los hace pedalear juntos: apropiarse de la ciudad. Decir que Medellín necesita una política pública que incluya a los ciclistas, porque no es seguro andar en bicicleta ya que no hay ciclorrutas ni espacios para que circulen sin verse amenazados. Para decir que ellos piensan en el ambiente y que la bici sería una opción para transportarse y no contaminar.

“Queremos que la bici se convierta en una opción de movilidad. Necesito que se convierta en un medio de transporte”, dice Luis Pérez, que pedalea desde los nueve años. Hace un año que no falla. Casi un organizador más. 
 
Pedalean para decirle al Gobierno que, además de infraestructura ciclista, se necesita educación, promoción, cultura del uso. Decir que los ciclistas no son pocos, sino muchos, una masa completa que puede, cuando les da la gana, hacer saber que también son parte de la ciudad. “Mucha gente quiere pedalear -afirma el organizador-. Muchos están sintiendo la necesidad de transportarse y ven en la bici una posibilidad de hacerlo”. 
 
Entonces piensa en la ciudad y en los altos índices de contaminación -“En Medellín es donde menos se hace por la bicicleta”-, pero sigue. Agarra el megáfono. Ya las personas no se pueden contar con las manos. Aparecieron de la nada y con el equipo completo: el casco o la gorra, la pinta de deporte, los tenis, el inflador, por si algo pasa, el agua, los pitos y las reservas. Daniela Ocampo llevaba en la canasta de atrás banano, agua y galletas. El banano es para evitar los calambres, dijo. Lo demás para resistir los más de 15 kilómetros. A veces, incluso, hacen hasta 25, y no se dan cuenta. No importa. Están volviendo a conocer a Medellín. Tan felices que ni las dos piernas lo sienten.

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Siguió lloviendo, pero eso es como el dicho cliché de siempre: llueva o truene o relampaguee. Vinieron a pedalear y sin pedalear no se devuelven. 

El recorrido

La imagen es perfecta: ocupan toda la avenida Las Vegas desde Ciudad del Río y se ven hasta el fondo, casi a Monterrey. Son cientos, han sido miles -4.000 incluso- pedaleando despacio, como si fueran dueños de la calle. Son dueños de la calle. Son cuadras llenas de bicicletas desde las que se silba, grita, habla, pita, canta, pedalea, levanta las manos. Hay radios, música, canciones, bulla, pedales. Atrás están los carros, con su humo, esperando.  
 
Felipe Cadavid va hace un año. Le gusta la compañía y descansar de todo ese trabajo del día. Montado en la bicicleta se le olvida todo. Carlos Alberto Alzate llega, en cambio, por primera vez. Le habían contado hace días, pero una cosa es lo que le cuentan y otra pedalear. Estaba solo, en apariencia. Lo más cercano era su bicicleta. Lo demás todos esos ciclistas juntos.
 
Por ahí hay un Supermán. No hay Mujer Maravilla y eso que hay muchas mujeres. También hay niñas y niños, y jóvenes y señores, y señoras y familias enteras. Si bien las bicicletas tienen la misma forma, las hay grandes, pequeñas, moradas, verdes, blancas, de hace 10 años, recién compradas, a la moda, monaretas y hasta se cuela, por ahí, algún patinador. 

Muchos ya se conocen, además, porque no faltan a la cita de los miércoles semanales, en una ciclada que termina en Carlos E. Restrepo. Porque entre los ciclistas se van conociendo y haciendo amigos. Sumándose a la masa aquella. Carlos dice que cualquiera es bienvenido, incluso sin bicicleta: se vale cualquier medio de transporte no motorizado y ecológico. Se vale cualquier persona, de cualquier edad, profesión, experiencia. No se necesita habilidad, ni ser un experto. Ganas de ver a Medellín, así de diferente.
 
En los recorridos han pasado -y traspasado- las barreras de los barrios, supuestamente, peligrosos y han llegado hasta los más lejanos. Del sur al norte. Hasta Niquía han ido. Hasta la otra punta también y del occidente al oriente y viceversa. La gente ya los conoce y se han ganado aplausos. A veces no parece una ciclada, sino un desfile. Un señor les dijo antes: ¡alegría! ¡alegría! Ellos cogieron sus bicis y las levantaron por encima del hombro. Iban alegres, alegres.

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​No hay cita, pero si voz a voz y Facebook y Twitter y el calendario y la memoria y la página web de Carlos, Pedaleando alma. Porque él, ahí con su casco y su vestido de ciclista, es un experto. Esa no es la palabra. Un amante de las ciclas. Recorrió Suramérica con la suya: 25.000 kilómetros por 8 países en 529 días. Es un promotor de la señora de dos ruedas. Por eso Pedaleando alma, que ya se concibe como colectivo. Para invitar, para hacer, para ejecutar, para pedalear. Por eso la Fiesta. Porque el sueño es una ciudad en la que se pueda ir a trabajar, a estudiar o a divertirse en bicicleta. 
 
Carlos recordó la ruta con el megáfono. Cada miércoles es diferente. Unas recomendaciones pequeñas. Si a alguien se le pincha una llanta, se le espera. Todos juntos, eso sí, hasta para irse para la casa al final (los de Envigado, los del Carlos E., los de El Poblado y sucesivamente). Entonces sonó el pito y él gritó: ¡vamos! Adelante iba el chico de la bandera. Gritaron. Iban uno tras otro y otro tras uno llenaron la calle. La fiesta de la bici se fue a andar. Nadie concertó nada. Fue una coincidencia no organizada. Como si las bicicletas se hubieran puesto de acuerdo para pasear.
Última modificación: 27/02/2017 19:32