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EAFITMinisitiosCeremonias de gradoPregrados 8 de julio / 2 p.m.

Grados pregrado 8 de julio / 2 p.m.

​​​​​​​​​​Grados de Pregrados Universidad EAFIT, 8 de julio de 2016. Hora 2:00 p.m.
Graduandos de los pregrados en Derecho, Comunicación Social, Contaduría Pública, Economía, Geología, Ingeniería Civil, Ingeniería de Diseño de Producto e Ingeniería de Procesos.

​​Discurso de grados

La palabra graduar viene del latín grad​us (grado, paso, peldaño) y, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua… No, no, no, ¡qué bobada! Hagamos esto de una manera más cercana.

El tiempo es un ácido que corroe la memoria. Así de simple. Hoy estamos vestidos de toga y birrete, esperando con ansias a que los señores de negro nos entreguen un rectángulo de papel caro en donde va impreso el nombre de cada uno, el título que hemos obtenido y el logo de la Universidad. Algo escueto, simple. Pero, por alguna razón, seguimos aquí, a la espera de que terminen de hablar Perano, Fulano y Noséquiencito –yo soy cualquiera de los tres- hasta que al final llegó el momento de tener el diploma en nuestras manos y de tomarnos fotos que subiremos a Instagram con alguna frase en inglés o algo por el estilo.

¿Cuál es esa razón?, ¿qué es lo que en realidad se esconde detrás –o mejor, adentro- del título? Es simple: nosotros mismos. 

Estamos aquí porque, más que un papel, nos dieron un espejo en donde podemos mirar no solo quiénes somos, sino también quiénes fuimos. Más que nuestros nombres, están inscritas todas las dificultades que tuvimos que superar para estar aquí sentados: los esfuerzos para sacar las materias adelante, la incertidumbre de no saber si elegimos la carrera adecuada o la tristeza por la muerte de un ser querido. Pero, también, están los pasteles de queso fundido y “el Profe” del Tejadito; “las Hermosas” de Coffee House; los primeros semestres caminando en grupo con un cartel de “primíparos” pegado en la frente; el flautista que vendía sándwiches tocando la cancioncita inconfundible; el sol derramándose como un incendio sobre la Plazoleta del Estudiante; las risas.

Momentos que nos han llenado de alegrías, de lágrimas… de vida. 

Cuando estuvimos caminando encima de la madera crujiente del escenario pudimos recordar que, detrás de nosotros, también vienen todos los otros que hemos sido a lo largo de la vida: los niños que jugaban a buscarle forma a las nubes, los estudiantes con el uniforme de un colegio que creíamos inacabable, los universitarios que, alguna vez, vieron este día como una posibilidad lejana. 

Y no solo están los otros que alguna vez fuimos, sino, también, las personas que siempre nos han apoyado: abuelos, padres, tíos, hermanos. Ellos también están felices de acompañarnos a recibir este logro. Incluso si no se encuentran en este auditorio porque no alcanzó el cupo, porque están lejos o porque la muerte vino a visitarlos antes, sé que desde donde estén van a sonreír por ese niño que vieron crecer y que hace pocos minutos obtuvo un título profesional. No lo duden ni un segundo.

De modo que no esperemos encontrar una puerta hacia al futuro en el diploma -porque es posible que el título no tenga nada que ver con lo que haremos el resto de nuestra vida-, sino un atajo hacia el pasado. Sin importar que con el paso del tiempo se vuelva amarillo y se le deshagan las puntas, en este siempre habrá una ventana para recordar a todos aquellos que, con su paciencia y su ayuda, nos permitieron obtener este espejo de 36x27 centímetros, en donde más que un rostro, vemos el reflejo de la constancia y la dedicación. 

Estos valores no han sido fáciles de adquirir. Hemos necesitado el apoyo de muchos otros, a quienes, sin duda, debemos un profundo agradecimiento:
A los profesores que nos acompañaron, gracias por sus clases –incluso las de seis de la mañana, en donde parecíamos zombies-, por su exigencia y, especialmente, por su calidez. Porque si algo caracteriza a los docentes de esta Universidad –no falta la excepción que confirma la regla- es la cercanía con los estudiantes, el ánimo de transmitir sus conocimientos sin protocolos ni acartonamientos inútiles. Más que enseñarnos a decir “doctor”, nos enseñaron la importancia de pensar de forma crítica, autónoma, ética. 

También gracias a los que están sentados a nuestro lado. Con unos tejimos amistades estrechas, con otros estudiamos para exámenes imposibles, pero, entre todos, alcanzamos este sueño común. Seguramente nos encontraremos en el futuro y, con canas y menos pelo –hablo de mi caso-, recordaremos esta época entre risas.  

Mención especial merecen nuestros padres y madres. ¿Cuántas veces escucharon exposiciones de las que no tenían ni idea, solo para ayudarnos a prepararlas?, ¿con cuánto cariño nos calentaron el tinto para que pudiéramos aguantar la noche estudiando? Mejor no hagamos cuentas porque les quedamos debiendo esta vida y la otra. Sus rostros han estado reflejados en los demás logros que hemos obtenido  –desde una medalla de bronce en una competencia de tres hasta el título de bachiller-, y este no será la excepción. Gracias por llenarnos los bolsillos de guerras ganadas.

Así que no importa si el tiempo corroe la memoria o si el pasado devora este día. Para recordar la felicidad que hoy nos empapa y las personas que hicieron parte de este logro,  solo hará falta mirar al espejo de papel que, desde hace poco, tenemos en las manos. 

Pedro Juan Vallejo Peláez
Abogado

Última modificación: 12/09/2016 14:05