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La evaluación para el aprendizaje en la Universidad: una ruta posible

8M5A1596.jpgEducar es un ejercicio de persuasión, no de intimidación. Es mostrarles a los alumnos que el conocimiento que se posee nos ha cambiado la vida, nos ha hecho mejores personas y mejores ciudadanos. Sí, es de esa manera que Martha Lorena Salinas Salazar, profesora e investigadora de la Universidad de Antioquia y una de las invitadas a Momento Docente, exhortó a la reflexión, el lunes 17 de junio, en el Auditorio Fundadores, sobre la evaluación para el aprendizaje con su conferencia La evaluación para el aprendizaje en la Universidad: una ruta posible.


Para la experta educar es responder los interrogantes del otro, ayudarle a construir una pregunta sobre su vida, permitir que se dé cuenta de que su proyecto de vida está ligado al del conocimiento. “Es ‘empalabrar’ al otro para que encuentre un lugar en el mundo. Darle importancia en el aula, y convertir este espacio en un momento de encuentro y acogida. Es también no permitir que se naturalicen hechos como las burlas y el fraude”.

Y es que la posición de ser intimidadores, restringiendo a los alumnos no funciona, y la evaluación es un ejercicio de poder que puede usarse para mediar en una relación con el otro o para excluirlo, haciéndole sentir que el profesor sabe más. 

Por eso, una de las tareas de la docencia moderna es limar el ego para ser buenos maestros y entender que el otro es un interlocutor válido al que se debe acompañar y que el conocimiento es importante para responder preguntas con el fin de seguir avanzando en el mundo.

“La evaluación es un conjunto de tensiones. La palabra a la que más se remiten las personas cuando piensan en esta es miedo, y una evaluación para el aprendizaje tendrá que desterrar este sentimiento de las aulas”, comentó la profesora.

En sus palabras, en las aulas la evaluación se tramita igual a como se hace en la condición de ciudadanos, pues se convierte en un asunto formativo, ético y político, que cruza de forma fundamental la vida de estudiantes y profesores.

“Para evaluar se requieren competencias para formar y enseñar, pues esto no es algo técnico e instrumental, es un ejercicio de confianza y corresponsabilidad que requiere de la formación de profesores y estudiantes. Es un instrumento de la didáctica que convierte las aulas en comunidades de indagación y que dejará de estar al final del proceso para estar inmerso en él”.

De la evaluación del aprendizaje a la evaluación para el aprendizaje 

La experta mostró cómo opera la evaluación del aprendizaje y cuál es ese tránsito hacia la evaluación para el aprendizaje. En este punto se refirió a que, en la primera, la evaluación es vista como un instrumento para regular, ordenar, clasificar, sancionar o premiar. Está centrada en el grado de apropiación, evocación y memorización de los contenidos, se concibe más para aprobar que para aprender, el enfoque del aprendizaje está en función del tipo de evaluación, está concentrada en la etapa final del aprendizaje y se convierte, en ocasiones, en un ejercicio de exclusión.

“El tránsito hacia una evaluación para el aprendizaje nos invita a dejar de ver esta actividad como una práctica de control y convertirla en una que indaga por el estado de los procesos de la enseñanza y el aprendizaje: observa, describe, analiza y propone alternativas”, argumentó Martha Lorena.

La evaluación para el aprendizaje, por tanto, está concebida como un dispositivo para aprender, donde los profesores regulan la enseñanza y los estudiantes gestionan su proceso. Lo anterior, en palabras de la investigadora, requiere de un conjunto de acciones que hacen visibles los contenidos cognitivos, procedimentales y actitudinales. “Lo cognitivo visto como la comprensión de cómo me muevo en el conocimiento, lo procedimental es entrar al campo del oficio específico y lo actitudinal tiene que ver con la toma de decisiones, es decir, eso que estudio cómo afecta a lo humano”. 

De esta manera, la evaluación se convierte en un proceso permanente y los momentos de calificación se acuerdan con los alumnos. Allí el profesor está llamado a desplegar estrategias en las que les explique qué hay que estudiar, cómo se va a evaluar, así como compartir los documentos que serán la base de esta actividad con los estudiantes.

“Esto porque hay investigaciones que demuestran que los estudiantes estudian lo que el maestro privilegia y que lo que más pesa para un alumno no es la calidad de un profesor por sus evaluaciones, sino por la forma como lo hace”, aludió la experta.

Dígame cómo evalúa y le diré cómo enseña

En diversas investigaciones que ha desarrollado la experta, se constata que los alumnos dicen cómo son los profesores según cómo los evalúan. Y, partiendo de esto, la sugerencia es conocer la historia de lo que se enseña para entender cómo está ligado ese conocimiento a la construcción de la humanidad. “Los docentes no están para entregar la parte terminal de la ciencia, sino para desarrollar actividades auténticas en el aula y mostrarles que eso que le están compartiendo es un conocimiento que ha transformado la historia”, adujo.

Lo anterior es importante a la hora de evitar el fraude, pues estas actividades auténticas van vinculando al estudiante con el conocimiento, a nuevas formas de comprensión y, a su vez, a formar un vínculo, de modo que a un alumno que siente un profundo respeto por el profesor le cuesta más hacer trampa. “Es en la formación universitaria donde se tiene que hacer algo con el tema del fraude porque la sociedad lo necesita, pues la cultura académica está asociada a la sociedad democrática y la evaluación para el aprendizaje es de una profunda incidencia en la formación política de los alumnos”, subrayó Martha Lorena.

Sin embargo, la disciplina y el rigor son necesarios, por lo que es normal que el alumno sienta aburrimiento y lo debe sentir para auto concientizase de la importancia de aprender y de esforzarse. Hoy en día, según la investigadora, los alumnos llegan mal preparados a clase porque se creen el cuento de que el profesor es el que enseña y, en términos de aseguramiento del aprendizaje, habrá que convertir la evaluación en el día a día.

La ruta posible

Para la experta hay una ruta que es posible seguir. Para ello les propuso a los docentes eafitenses ponerse el reto de hacer dos ejercicios de planeación del aprendizaje. Uno es planear la evaluación. “Deje de planear la clase y planee la evaluación, porque así la clase le queda planeada”.
El otro es volver de la evaluación un encuentro, donde los estudiantes lleven algo para compartir. “Asigne roles, trabaje con la incertidumbre del mundo real, permítales desarrollar diversas actividades de aprendizaje, pues ahí la relación del alumno con el conocimiento es de otra naturaleza.
Otra invitación es a dejar de lado el tema técnico instrumental, así como definir criterios de evaluación y respetarlos hasta el final, pues los criterios claros de esta actividad ordenan al estudiante en su tarea y le permiten orientar su realización y presentación. Estos criterios deben tener claro el grado de coherencia con las competencias o capacidades y habilidades definidas. “Cuando se establecen criterios, las excusas para no estudiar se acaban”.
Por último, Martha Lorena presentó el uso de las modalidades de evaluación que se pueden realizar: la autoevaluación; la evaluación de pares; la heteroevaluación (la que hace el profesor); y la coevaluación, donde todos llegan a un consenso. “También es fundamental hacer retroalimentación, reconstruir el proceso de aprendizaje como una condición de corresponsabilidad”, puntualizó.

Tomado de: Intranet EAFIT


Última modificación: 21/06/2019 10:37