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Los sonidos del posconflicto

A Diego Barahona y a Willian Giraldo lo separan varios años de edad y unos 800 kilómetros, algo así como 15 o 20 horas de viaje por tierra, pero los une la música y una pasión por el arte que les ha permitido cambiar sus vidas.

Diego es de Manizales y estudiante del Pregrado en Música de la Universidad EAFIT. Desde hace varios años forma parte de la Fundación Nacional Batuta y actualmente está ejerciendo su práctica profesional. Willian vive en Catambuco, un corregimiento asentado a unos 20 minutos de San Juan de Pasto, capital del departamento de Nariño, y es integrante de la Banda Escuela de Música Guadalupana.

Ambos tienen sueños muy bonitos: ser grandes músicos. Y ambos también tienen sueños muy grandes: poner al servicio de la sociedad todo su conocimiento. Quizá, el hecho de que el arte les haya brindado la oportunidad de alejarse de realidades difíciles les ha enseñado, entre otros, el valor de la gratitud.


Música con propósito social, motor de una investigación

"Entender la práctica musical como una escuela de ciudadanía, en donde se inculcan y afianzan valores como la tolerancia, el respeto, la disciplina, el trabajo colaborativo, el esfuerzo a largo plazo, la resiliencia, el reconocimiento de la propia identidad, la dignificación del ser humano, entre otros, es, ciertamente, sentar un nuevo paradigma. Y es a partir de este paradigma que se edifica el rol de la música en el escenario colombiano del posconflicto".

Esa es la reflexión a la que llega Javier Asdrúbal Vinasco, docente de la Universidad EAFIT y líder de un proyecto de investigación que recoge parte de la experiencia de programas de música comunitaria que se desarrollan en Colombia. Yully Rueda y Santiago Isaza, estudiantes de la Maestría en Música, lo acompañan en la tarea.

Para ello, Yully se adentró en Catambuco, un territorio ancestral situado al pie del Volcán Galeras y reconocido por la riqueza de sus tradiciones e idiosincrasia, reflejo del potencial cultural y artístico. Sin embargo, la comunidad, principalmente los niños y jóvenes, se han visto expuestos a riesgos sociales que desencadenan en violencia.

Desde el 2012, allí funciona la Banda Escuela de Música Guadalupana, una agrupación fundada por el maestro Jorge Guerrero y, aunque empezaron tocando con bombas de fiestas y palitos de madera, hoy tienen instrumentos que, diariamente, alegran la vida de toda la comunidad convirtiéndose en un referente importante para la reivindicación de la identidad social y cultural del contexto rural nariñense.

A diferencia de otros proyectos, donde, por ejemplo, los niños van solos a practicar fútbol, esta banda de música une a toda la comunidad, explica Nancy Rojas, madre de un integrante de la agrupación.

Y a manera de trabajo colaborativo, la iniciativa se sostiene gracias a esfuerzos mancomunados entre líderes del proyecto, estudiantes, sus familias  y dos entidades gubernamentales de la alcaldía de Pasto, en un país donde la cultura es uno de los cinco rubros con menos presupuesto de la Nación, al lado de otro de connotado valor como la ciencia y la tecnología.

Entretanto, lejos del departamento de Nariño, pero también aislado de la ciudad capital, Santiago hizo su trabajo de campo. En El Retiro, departamento de Antioquia, funciona el Laboratorio del Espíritu, un espacio que promueve el reconocimiento y la conciliación de toda la comunidad rural mediante el desarrollo de actividades artísticas y didácticas, sin ninguna distinción.

Talleres de lectura y escritura, inglés e informática, una escuela de música y un club semanal donde se congregan adultos para conversar, hacer deporte, leer y poner a prueba sus destrezas, son algunas de las actividades que se celebran en esta organización que, a la fecha, arriba su décimo aniversario, gracias, en parte, a la inversión de instituciones públicas y privadas.

La U le apuesta a la música comunitaria

Como comenta el profesor Vinasco, la música ha tenido muchas funciones a lo largo de la historia, principalmente como un bastión del asentamiento y la popularización de las religiones, como un mecanismo para la interacción o como un arte digno de la estética. Por esto último, en algunas ocasiones también representa un bien propio de las élites sociales.

Sin embargo, es cada vez más notorio el rol de la música, y el arte en general, como una herramienta para la edificación de la humanidad. Propuestas como la Red de Escuelas de Música de Medellín y la Fundación Nacional Batuta en Colombia, o proyectos musicales con migrantes en Francia, o una orquesta en donde colaboran israelíes y Palestinos, así lo demuestran.

Por todo lo anterior, gracias a este proyecto de investigación, se espera que se lleven a cabo encuentros para la discusión y socialización de este tipo de iniciativas en el país. Además, de cara a un compromiso sostenido en el tiempo, otro de los resultados será la generación de un programa académico sobre intervenciones sociales a través de la música en la Universidad EAFIT.

Sin lugar a dudas, como bien argumenta Yully, "más allá de medir un impacto, este permite comprender la relación entre la música y la construcción de valores humanos importantes para verdaderas experiencias significativas de vida".

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Texto: Christian Alexander Martinez-Guerrero (Comunicador, Vicerrectoría de Descubrimiento y Creación)

Video: Christian Alexander Martinez-Guerrero (Comunicador, Vicerrectoría de Descubrimiento y Creación) y Esteban García (Monitor, Vicerrectoría de Descubrimiento y Creación)

Última modificación: 05/11/2019 13:42