En su trayectoria de 28 años en Bancolombia, asumiendo diferentes cargos directivos de la organización como el liderazgo de la Mesa de Dinero, la Banca Corporativa de Antioquia, la Banca de Personas y Pymes de Antioquia, Sufi, Inmobiliaria y consumo especializado y, en la actualidad, como vicepresidenta de Negocios del Grupo Bancolombia, la preocupación de María Cristina Arrastía Uribe siempre ha sido crear una relación cercana con las personas y ponerse en su lugar para ayudarlos a resolver sus problemas.
Ignacio Piedrahita Arroyave inició sus estudios de Geología con la idea de escapar un poco de la ciudad y conocer más de la geografía que lo rodeaba. Y aunque nunca ejerció su profesión —desde el punto de vista científico y académico— sí logró su cometido al lograr fortalecer su vínculo con la naturaleza, pero a través de la literatura.
Para este eafitense la geología está plagada de metáforas para definir al ser humano, y en esa labor ha publicado varias novelas como La caligrafía del basilisco, Un mar, o Al oído de la Cordillera, reconocidas por la crítica nacional, y desde las que logra combinar dos mundos que, en apariencia, parecen muy distantes: las letras y la ciencia. Y es que, como él mismo sostiene, es a través de esta pasión que logra levantar montañas, devolverle la belleza a la naturaleza y reunir lo que siempre debe estar unido: el hombre y la Tierra.
¿Qué más podría resultar de un padre docente universitario y una madre que toda la vida ha estado vinculada al mundo de las aseguradoras? Un científico que se dedica a las matemáticas para ayudar a proyectar la longevidad de las personas. Así se define este ingeniero matemático que, en la actualidad, se desempeña como profesor asistente de la Escuela de Riesgos y Actuaria de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia), e investigador asociado del Centro de Excelencia para la Investigación del Envejecimiento Poblacional (Cepar).
Este primer matriculado, de la primera promoción del pregrado en Ingeniería Matemática, recuerda con afecto los años que pasó en la Institución y que terminaron por sembrar, en él, la vocación por las finanzas cuantitativas, la investigación, y la posibilidad de que siempre es posible impactar positivamente a la sociedad, sin importar lo abstracto que pueda ser el proceso matemático.
Tres millones de pesos reunidos con otros dos socios, un computador portátil y un escritorio era todo el capital inicial con el que Catalina Escobar Bravo le apostó a Makaia, la empresa que ayudó a fundar —y en la que hoy se desempeña como directora de Estrategia—, porque creyó que sus dos pasiones: tecnología y vocación social, podían generar un diálogo que ayudara a las personas.
Y eso es lo que esta ingeniera mecánica sigue haciendo hasta la fecha, solo que ahora acompañada por un equipo humano de más de 40 profesionales que, como ella, potencian capacidades para el desarrollo social desde la cooperación, la innovación y la tecnología. Y en ese proceso han logrado beneficiar a más de 35.000 organizaciones en todo el mundo. Después de vivir por varios años en Estados Unidos y Francia, Catalina quiso crear su empresa en Colombia porque es una convencida de que, para que el cambio sea posible, hay que retribuirle al país conocimiento, compromiso y liderazgo social.
La Claudia niña amaba hacer proyectos con su papá, crear cometas y mecanismos y ganarse los primeros lugares en las ferias de ciencia de su colegio; la Claudia adolescente eligió la ingeniería de sistemas porque quería aprender del cambio tecnológico que se avecinaba; y la Claudia adulta encontró, en el MIT, la posibilidad de sumar todas las etapas de su vida por una misma causa: ayudar a consolidar las futuras generaciones de científicos del mundo.
Y es que como ella misma sostiene, 103 millones de niños del mundo no tienen acceso a la educación; de esos, 60 por ciento son niñas y 50 por ciento viven en situación de guerra. Por eso, desde su cargo como Senior Associate Director for Pk-12, del Abdul Latif Jameel World Education Lab, en el MIT, esta eafitense espera empoderar a muchos de estos niños, y sobre todo a las “niñas Claudias” de todo el mundo, para que puedan convertirse en investigadores, en referentes para sus comunidades, y en profesionales capaces de contribuir a las soluciones que necesitan sus comunidades.