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Elogio a la antioqueñidad - Edición 211


Andrés Carvajal López 


El Monumento a la raza antioqueña, que se encuentra en el centro administrativo La Alpujarra, narra la historia de un pueblo que salió del fango con el único anhelo de alcanzar la cúspide.

Imponente se alza en medio de la plaza que lleva el nombre de su escultor. Las figuras que la componen, aunque algo desgastadas, posan con altivez en una enigmática e inquietante escena. Toda ella produce una cierta intimidación que te hace sentir insignificante ante su gran tamaño. Y, a pesar de que su presencia no puede ser evitada con facilidad, hacemos nuestro mejor esfuerzo para obviar lo que en realidad quiere transmitir.

El viento agita violentamente las tres banderas que están izadas frente a la Asamblea Departamental, mientras que el ruido de los vehículos que cruzan por la avenida San Juan parece mezclarse con el murmullo de los transeúntes que caminan por la sede de gobierno. Son muchas las personas que atraviesan La Alpujarra diariamente; algunas con una expresión de angustia, quizá algo inquietos por tanta burocracia, otras con una cara de satisfacción que se dibuja mientras pasean en compañía de alguien más.

Pero son pocas las miradas de asombro: “Ellos son capaces de ver algo que nosotros no”, comenta John Orión, quien tiene una pequeña carpa en la que ofrece golosinas y bebidas justo debajo de la escultura. Y es que la mayoría ha naturalizado la presencia de la obra que adorna el lugar, sin haberse cuestionado alguna vez su significado, en el que están plasmados los orígenes, rasgos y aspiraciones más profundas de la cultura antioqueña.

Este monumento, de 38 metros de altura y 900 toneladas de peso, fue terminado por el maestro Rodrigo Arenas Betancourt en 1984, tras cuatro años de planeación y elaboración; posiblemente sin imaginarse que allí terminarían sus cenizas. Además de ser un talentoso escultor, este fredonita fue pintor, fotógrafo, profesor, reportero, metafísico y filósofo, lo cual dotó a sus obras de un carácter simbólico que pudiera abarcar por completo los conceptos y motivaciones que lo inspiraron al momento de realizarlas.

Muchas de sus esculturas están exhibidas en distintos lugares del territorio nacional, por ejemplo Los lanceros del pantano de Vargas, ubicada en Paipa, el Bolívar cóndor, de Manizales, el Monumento a la Cacica Gaitana, de Neiva, y el Bolívar desnudo, de Pereira. Aunque hay otras que reposan en México, su segundo hogar, como El Juárez, de Puebla, la Guacamaya herida, de Cuernavaca y las Cabezas de los héroes de la Revolución. “Era un Prometeo para su época, siempre orgulloso de mostrar la cultura de su pueblo”, añade John con absoluta propiedad del tema.

Y fue precisamente el amor que tenía por las costumbres antioqueñas lo que llevaría a Arenas Betancourt a construir este colosal elogio, que perpetuaría los valores más sobresalientes de su ‘raza’. Sin embargo, como concluye Marta Elena Bravo en su texto La(s) cultura(s) en Antioquia, tratar de unificar todas las expresiones socioculturales originarias de este departamento es desconocer las diferencias que existen entre cada una de ellas, ya que en el imaginario colectivo no se tiene a Antioquia como “una región de regiones” muy diversas, sino más bien como la Antioquia industrial, comerciante, minera y cafetera.

Mas este escultor se las arregló para configurar un entramado de escenas y formas que pudieran explicar al menos un componente con el que frecuentemente se asocia a los paisas: el progreso. Construido a base de concreto y yeso, y con una forma hiperbólica, el monumento relata la escalada que deben atravesar los 
seres humanos para convertirse en la mejor versión de sí mismos, el llamado “súper hombre”, aquel que ha rebasado el plano terrenal y ha alcanzado la divinidad.

Con una extraordinaria mezcla entre historia, metafísica y profecías apocalípticas, Rodrigo Arenas hace un recorrido desde el estado más primigenio de la evolución, representado por un pez situado en la base de la estructura, hasta alcanzar el zénit, en donde un hombre alado estira sus brazos hacia el cielo para alcanzar la gracia celestial.

En el camino hasta la cima es posible encontrar referencias bíblicas como la serpiente, el crucificado y el ángel de la anunciación; alusiones a mitos tradicionales, como el Tigre de Amalfi y las arpías; fragmentos del proceso de colonización, en el que los mineros y arrieros se alzaron en armas para defender sus tierras; caballos que luchan por empujar la pesada carga que llevan a cuestas; esclavos transportando y asegurando enormes vigas de hierro que se convertirían en el emblemático ferrocarril; y, casi en la punta, un hombre que está cubierto en llamas mientras se transforma en el Übermensch de Nietzsche.

“El maestro utilizó un lenguaje simbólico, oculto, para representar la gestación del pueblo antioqueño, además de figuras antropomórficas de perversión y cualidad que extrajo del bestiario grecorromano”, interpreta John Orión, quien hace dos años sintió curiosidad por empezar a estudiar la trayectoria de Rodrigo Arenas y el significado que tiene su obra. “Nosotros somos producto de un gran mestizaje de negros, indígenas, árabes, europeos y judíos, de ahí vienen nuestras facciones y nuestra forma de ser. La capacidad transaccional, el altruismo y el hecho de ser metido e indiscreto que tiene el paisa, viene de toda la influencia que recibió de su ascendencia”.

Sumado a esto, John explica que las bestias mitológicas y las figuras aladas simbolizan lo bueno y lo malo de ser antioqueño: “Antioquia viene del latín anti quiet, lo que significa que nosotros somos dinámicos, progresistas y siempre queremos ser punta de lanza. No quiere decir que seamos especiales o superiores, pero como vivimos encerrados entre montañas siempre hemos buscado salir”. Es por esto que la búsqueda de progreso, la superación y el esfuerzo han sido enseñanzas canónicas para las familias paisas, que buscan preservar lo que han conseguido con tanto esmero.

Rodrigo Arenas buscaba inmortalizar esas cualidades que siempre han caracterizado a la cultura antioqueña; esa que a pesar de factores como la violencia, la desigualdad y la corrupción, ha sabido preservar sus atributos más afables. Y, aunque la llamada ‘raza paisa’ no sea muy diferente de las otras que se encuentran en Colombia, el escultor quiso dejar una enseñanza más para todo aquel que contemplara su obra: “La escultura está sostenida por once pilares, que para la metafísica se traducen como la ‘liberación’, pero el maestro los organizó de tal manera que en la base quedaran la mayoría de estos, queriendo decir que lo más importante siempre va a estar abajo, en los cimientos”, concluye John.