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Vivir en la ladera - Edición 209

Andrés Carvajal López

acarvajall@eafit.edu.co

 

No sé qué está pasando. La gente grita y llora mientras pasan corriendo por mi lado. "¡Se nos metieron, se nos metieron!", oigo a unas pocas cuadras de aquí. Siento que también debo correr, pero el cuerpo no me responde. La mente tampoco. Y entonces, oigo dos zumbidos que me ponen la piel de gallina. ¡Fum! ¡Fum! Pasaron tan cerca que sentí que me habían roto la camisa.

 

—Güevón, ¿qué    estás   haciendo?

¡Vení pa' acá que te van a matar!

 

Giro la cabeza para ver de dónde vienen, pero siento que algo me empuja con fuerza hacia adelante y empiezo a moverme. Es Nico que se devolvió por mí. Los dos empezamos a correr, pero no sabemos para dónde. Lo único que sabemos es que tenemos que salir de ahí como sea. No hay tiempo para pensar si Cristian y Alex lograron irse de la cancha; cuando vi que todos corrían, ellos dos no estaban por ningún lado. Tampoco puedo ir a mi casa, de allá arriba están viniendo los tiros.

 

—Nos va a tocar pegar pa' la mía, pero volando.


Ladera abajo veo cómo se cierran los locales para resguardar a quienes lograron escapar. El ruido de las puertas chocando contra la acera se parece al de los disparos, y corro más rápido porque siento que los tiradores están justo al lado. En lo más alto del morro empiezan a quemar pólvora para tratar de ocultar lo que está pasando, pero todavía escucho ese ruido inconfundible del metal golpeando las tejas y muros. Dimos vuelta en la esquina y sentí que ya todo se había acabado, pero pasaron dos segundos antes de que los tiros empezaran a ser respondidos, esta vez con más violencia


—Esperemos acá un momentico, yo creo que escuché a esos dos maricas llamándonos.


"Menos mal", pensé, "ellos tienen el balón". Estaba tan concentrado en escuchar qué tan lejos habíamos corrido de la balacera, que no me di cuenta que ya estábamos los cuatro juntos otra vez. Nos faltaba muy poquito para llegar a la casa de Nico, entonces corrimos de una para no tener que estar más en la calle. Cuando llegamos, los papás estaban pendientes en el balcón para tirarle las llaves. Ya todo había terminado para nosotros, llegamos sanos y salvos, adentro no nos podían hacer nada.


—Parce, es mejor que llame a su mamá y le diga que usted está bien para que no se vaya a preocupar. Vea que ya está tarde, dígale que usted se va a quedar amaneciendo.


Pedí el teléfono prestado y empecé a marcar. Todos se sentaron en la sala para hablar de lo que había sucedido, pero yo me quedé en el pasillo esperando hasta que pudiera hablar con ella para tranquilizarla. Timbró una vez… dos veces… y oí que contestaron del otro lado, era el esposo de mi mamá.


—¿Aló?

—Aló. Luis, soy yo. Dígale a mi mamá que estoy acá donde Nicolás y que me voy a quedar amaneciendo.

—…

—¿Aló?

—… ¿Cómo así? — pude escuchar que se le quebraba la voz al hablar—, si su mamá salió a buscarlo a la cancha…


En ese momento sentí que las piernas me temblaban casi tanto como la voz de Luis. Todo el cuerpo se me puso helado y volví a quedar en shock. Apreté el teléfono con fuerza mientras la imagen de mi mamá me daba vueltas. Solo pensé lo peor. Colgué y me tiré sobre la puerta para abrirla, pero la reja tenía el seguro puesto.

 

—¿Usted qué está haciendo?

—Parce, no me puedo quedar acá. Ábrame por favor que mi mamá está buscándome en la cancha.

—¿Se enloqueció o qué? ¡Si usted va para allá lo matan!

—Que me pase a mí cualquier cosa, pero que no le vaya a pasar nada a ella.

 

En un movimiento le arrebaté las llaves y salí corriendo. La calle estaba mucho peor que antes: todo el mundo agachado y temblando, los encapuchados bajando con el fierro en la mano para darse plomo al frente de la gente, los tiros rebotando por todos lados, y yo corriendo como podía para llegar hasta la bendita cancha, de donde había logrado escaparme hace cinco minutos. Fue entonces cuando escuché una voz que venía desde atrás.

 

—¡Marica! ¡No corra que está dando más visaje!


Era Nico. Otra vez había venido por mí. También habían venido Cristian y Alex. Pero yo no me podía aguantar, tenía que seguir corriendo como fuera para ir por mi mamá, así que les hice un gesto para que se fueran y no los esperé. Hice prácticamente el mismo recorrido que antes, pero ya los tiros no venían desde arriba, sino que estaba justo en medio de ellos. ¡Traca! ¡Traca! ¡Traca! Me agaché como pude para intentar esquivarlos y seguí caminando hasta una de las esquinas donde estaba escondida la gente. Me salvé de puro milagro. Allí vi a un viejo conocido del barrio que me estiraba la mano para preguntarme si estaba bien.


—Necesito saber si has visto a mi mamá.

—Ella cogió para arriba preguntando por usted. Pero es mejor que se quede aquí hasta…

 

Nada más escuché la primera parte, pues antes de que terminara la segunda, ya había vuelto a correr. Estaba a una cuadra de llegar a la cancha, pero cuando seguí subiendo vi que los colectivos empezaron a dar reversa.  Me quedé un momento parado para ver qué pasaba y vi a un montón de malandros bajando desde la cancha. Casi por instinto seguí corriendo directo a ellos y pasé justo al lado. Ni siquiera me miraron. Di una vuelta   a la cancha, giré la cabeza en todas las direcciones, pero no alcancé a ver nada. Ya no sabía en dónde buscar.

 

—¡Mijo! ¡Mijo!

 

No tenía ni qué voltear, no hay duda de que la había encontrado por fin. Me di vuelta para verla de frente. Fui hacia ella y la abracé como nunca lo había hecho. Quizá no estábamos a salvo, pero estábamos juntos