¿Debería ir más seguido al gimnasio?
Última actualización
Agosto 21, 2026
Como todo el mundo en este imperio, el señor Sigma escucha voces que le piden que se mueva.
Por ejemplo, hacia el gimnasio; hacia el fondo de la barra, donde está la ensalada; hacia donde apuntan el mercado y su comunidad profesional; hacia un lenguaje más incluyente (¿no sería mejor hablar de la señora Sigma?); hacia la izquierda, hacia la derecha o hacia el centro, que no siempre está en la mitad.
El señor Sigma no puede evitar estas voces. No mientras viva —como vive— en el imperio retórico. La suya es una condición de audiencia. Sin embargo, el señor Sigma es libre —o eso le parece a él— y, por ello, tiene que decidir: ¿no sería mejor quedarse donde está? ¿Debería moverse? ¿Cómo moverse? ¿Hacia dónde? ¿Debería hacerse parte de algo? ¿A qué adherirse?
El señor Sigma —que es un agente racional— tiene razones para actuar. Cuando le preguntan por qué hace algo, suele tener una respuesta. La mayoría de esas razones o bien se las ha escuchado a alguien más o bien las ha elaborado a partir o en contra de algo que ha leído, visto o escuchado.
Sigma —cojámosle confianza— es un tipo particular de agente racional: es audiencia.
Las audiencias son interpeladas para que actúen de ciertos modos para que las cosas se mantengan en movimiento o cambien de curso. Los activistas de los movimientos sociales les piden adhesión a causas que mantienen “lo mejor” o impiden “lo peor” del rumbo de la sociedad. Los políticos las convocan a recobrar, a mantener o a producir el orden de cosas por el que el país “clama y necesita”. Los comerciantes las llaman a la adquisición de los bienes y servicios que las harán “felices”.
Las audiencias son incesantemente invitadas a actuar de ciertos modos para que el “bien” se recobre, se produzca o se mantenga.
Pero Sigma es libre.
Las cosas que le piden no ocurrirán solas, es necesario que él las haga. Los fines y todo lo que le presentan como bueno, justo y deseable tampoco se realizará solo, requiere de su acción.
Además, como las acciones que unos le piden son incompatibles con las de otros, Sigma necesita razones para actuar. Y, por último, como no encuentra razones tan buenas que no valga la pena escuchar otras más, sus decisiones dependen de otras cosas que él hace: de cómo interpreta, evalúa y pondera lo que le dicen.
Para que se mueva y adelgace, le recuerdan el modo en el que quisiera vivir en el futuro. Para que haga uso de un lenguaje más incluyente, llaman su atención sobre las injusticias sociales basadas en distinciones de género. Para que hable y escriba en inglés, le muestran las oportunidades del mercado. Para que vote por la izquierda, le prometen el cielo en la tierra. Para conseguir su adhesión a cualquier movimiento, apelan a sus compromisos previos, personales, familiares, profesionales, políticos.
El problema es que Sigma tiene muchos compromisos.
Por suerte también podría hacer lo contrario. Si tan solo le diera más importancia a un compromiso que a otro. Así, para que se coma el postre en el almuerzo familiar, le recuerdan que con el tiempo todos estaremos muertos. Para que haga uso de un lenguaje más económico, le señalan la conveniencia de facilitar la comunicación. Para que hable y escriba en español, le recuerdan que es la lengua en la que vive y piensa. Para que vote por la derecha, lo amenazan con el infierno en la tierra.
Así que Sigma tiene que ponderar: ¿qué es más importante? ¿Vivir el presente o preparar el futuro? ¿La justicia o la eficacia? ¿El éxito o la autonomía? ¿Lo deseable o lo posible?
Aunque Sigma sueña con un punto medio entre los extremos, frecuentemente tiene que sacrificar más de una cosa que de la otra. ¿Cuál sacrificar un poco más? ¿Por qué? También para estas preguntas hay respuestas y razones en el imperio retórico, pero, precisamente por eso, en algún momento tiene que comprometerse con asignarle mayor importancia a una cosa que a las demás. Tiene que decidir a qué adherirse.
Para los observadores de Sigma, algunas de estas decisiones son más fáciles de predecir que otras. Las profesionales son las más sencillas: Sigma hace parte de una empresa racional que tiene unos fines colectivos y un modelo para la toma de decisiones con el cual intenta satisfacer por igual las necesidades del mercado y los ideales de la profesión.
Las políticas, en cambio, son menos predecibles. Tanto las micropolíticas —como la de si usar un lenguaje incluyente— cuanto las macropolíticas —como la de por quién votar— requieren de Sigma compromisos personales. Con estas decisiones no solo se hace parte de un movimiento en pro de una acción colectiva: también se involucra en un conflicto.
Estas últimas decisiones no lo interpelan únicamente en la oficina y durante la jornada laboral, lo convocan en los corredores, en las reuniones sociales, en la soledad de su cuarto. No carecen de trasfondo histórico ni biográfico; se plantean como actualización de una vieja querella. No atañen a una sola dimensión de su vida, sino a muchas a la vez: a la justicia, a la seguridad, al bienestar, a la economía, a todas al mismo tiempo. Y no basta ningún experto para asesorar a Sigma, pues los expertos no se ponen de acuerdo entre sí.
De modo que las decisiones de Sigma en la esfera pública son un poco desesperantes. Como es un hombre razonable que intenta escuchar todas las voces y atender a todas las razones, puede hacer una cosa o la contraria: para todo hay razones. Esto es motivo de desespero para quienes están convencidos de que hay al menos algunas razones principales, primordiales, indiscutibles, que cualquier ser humano mínimamente decente y racional debería aceptar. Es motivo de inquietud para los activistas de cualquier movimiento social que aspiran a la adhesión permanente de Sigma, así como, según queda dicho, es ocasión de incertidumbre para los profesionales que tienen por oficio predecir sus decisiones.
De manera interesante, también para Sigma sus decisiones públicas son un poco desesperantes. No solo resulta que lo comprometen personalmente, sino que además lo sitúan en algún lugar que lo define. Al tomar una decisión, él se acerca a algunas personas, con las que ahora tiene algo en común, y se aleja de otras, con las que también comparte otras cosas. Sus decisiones lo ubican en un círculo social y amenazan con sacarlo de otro, al que también quiere pertenecer.
Las razones por las que decide darle más importancia a una cosa que a otra llevan su recuerdo a un lugar, a una frecuencia, a una emisora, en el espectro radial; lo llevan a una estantería, a un anaquel de su biblioteca; le recuerdan un hilo de una red social. No obstante, también, en sentido inverso, se pregunta Sigma: ¿será por haber frecuentado a esas personas, participado de esos círculos, sintonizado esa emisora, leído ese libro, replicado ese comentario en la red social?, ¿será por eso que unas cosas parecen más importantes que otras, unas decisiones más urgentes que otras?
En ocasiones, este tipo de preguntas abruman a Sigma y entonces no quiere escuchar más voces: apaga el radio, cierra el libro, bloquea el teléfono móvil e intenta pensar en otra cosa: ¿debería ir más seguido al gimnasio?
Anotaciones del autor
A continuación, quisiera señalar algunas referencias bibliográficas que podrían resultar de utilidad para aquellos lectores a quienes les interese alguno de los aspectos de la vida del señor Sigma.
Signos: El señor Sigma es un personaje teórico creado por el filósofo y escritor italiano Umberto Eco para la introducción de su estudio monográfico del concepto de signo. El señor Sigma es un animal semiótico, vive en un mundo de signos. El lector interesado en este aspecto de su vida puede consultar con provecho Signo (1973) y el Tratado de semiótica general (1975).
El imperio retórico: Esta expresión es el título de una obra de Chaïm Perelman. Me ha parecido una expresión adecuada a mis propósitos en este texto porque nombra un aspecto relevante de la vida del señor Sigma: vive en un entorno dominado por la ley del discurso más persuasivo. En segundo lugar, porque en El imperio retórico, Perelman estudia algunos de los modos en los que los discursos ganan la adhesión de las audiencias. Por último, como esa obra hace parte de los libros que contribuyeron a la rehabilitación del campo de los estudios de la argumentación, he creído que su título serviría como expresión sinécdoquica de todo el campo. En cualquier caso, creo que el lector interesado en el entorno en el que vive el señor Sigma encontrará en la obra un valioso recurso.
Audiencia: La idea de que para los animales sociales y racionales ser audiencia no es un rasgo accidental se remonta a Aristóteles, por supuesto. No obstante, quien esté interesado en conocer la forma en que la condición de audiencia es analizada en el campo de los estudios contemporáneos de la argumentación puede consultar con provecho las obras de Christopher Tindale: Retórica y teorías de la argumentación contemporáneas (2017) y The philosophy of argument and audience reception (2015).
Ponderación: La ponderación entre razones se entiende como la decisión de cuál de dos razones contrapuestas tiene más peso. En la medida en que este tipo de decisiones se puede y se debe justificar aduciendo nuevas razones, es una de las competencias argumentativas más exigentes. Como es también lo que más frecuentemente se le pide a la ciudadanía en las democracias contemporáneas, resulta un componente importante de cualquier programa de formación ciudadana. El lector interesado en la forma en que se realizan y se evalúan las ponderaciones puede consultar el texto de Hubert Marraud: En buena lógica (2020).
Júlder Alexander Gómez Posada
Doctor en Filosofía, investigador de la Escuela de Artes y Humanidades EAFIT
Laura Serna Restrepo
Diseñadora gráfica
(@lauraillustra)