Ilusiones migrantes

Junio 4, 2026

Moverse para sobrevivir

 

En las playas de Necoclí, que antes lucían rebosadas de carpas, colchonetas, bolsas y abrigos, el mar y la arena volvieron a ser protagonistas tras el fin de la oleada migratoria a través de la selva del Darién, entre Colombia y Panamá.  

Según un informe de Naciones Unidas, en 2024 más de 300.000 personas atravesaron la selva con el objetivo de llegar a Estados Unidos, principalmente venezolanas (68 %), seguidas por colombianas (8 %), ecuatorianas (8 %), chinas (5 %) y haitianas (4 %).  

Ahora, el panorama cambió completamente. Según el Ministerio de Seguridad Pública de Panamá, en 2025 tan solo 3.100 personas se aventuraron a cruzar el tapón del Darién, una de las selvas más peligrosas del mundo.

Para entender este movimiento masivo de personas debemos comprender qué las motiva a dejar toda su vida atrás para embarcarse en una travesía llena de riesgos, como el de ser arrastrado por la corriente de un río, atacado por fauna silvestre o ser utilizado por mafias criminales que controlan social y económicamente el territorio.

Miguel Patini, un hombre venezolano de cuarenta y siete años con glaucoma, contaba en 2022 que salió caminando de Arequipa, Perú, donde se había radicado para mejorar su condición económica: “A raíz de la pandemia, las cosas han venido empeorando y los precios subiendo. Por eso tomamos la decisión de viajar a los Estados Unidos, con un mínimo de recursos, pero con mucha voluntad y fe”.  

Después de un año, Miguel seguía varado en las playas de Necoclí. Hasta donde se supo, no pudo llegar a los Estados Unidos por su condición de salud, los riesgos de atravesar la selva y la incertidumbre de poder instalarse en el país y tener una vida mejor.

Casi todas las personas que deciden emigrar vienen de países con problemas sociales, políticos y económicos. Según la ACNUR, desde 2014, luego de la llegada de Nicolás Maduro al poder, cerca de ocho millones de venezolanos han emigrado a otros países.  

Por el lado de China, muchas personas que escapan del gobierno de Xi Jinping buscan asilo político. Lo mismo sucede con los demás países: todos buscan una oportunidad de cumplir el “sueño americano”.  

El problema es que Estados Unidos siempre ha tenido políticas migratorias muy restrictivas. Durante el gobierno de Joe Biden (2021-2025) se intentó flexibilizar las políticas instauradas en la anterior administración —la de Donald Trump—, lo que llevó a que se dieran los picos más altos de migración ilegal por el Darién hacia Estados Unidos (hasta donde se tiene registro).  

Para 2024, Biden restringió las órdenes de asilo político y se alcanzaron las cifras más altas de deportaciones en los diez años anteriores: 271.000, aproximadamente. Al final, Trump volvió al poder y volvieron las medidas restrictivas, ya no solo para quienes llegan al país, sino también para quienes se encuentran en él.  

Esto explica, en cierta medida, las caídas de las cifras de personas que han intentado atravesar el Darién entre 2024 y 2025.  

Estos movimientos masivos se dan por oleadas, son flujos pasajeros, no constantes, que tienen sus momentos de auge y de caída que provocan a su vez cambios sociales y económicos por donde pasan.  

En Necoclí, por ejemplo, las tiendas de remates del sector, que usualmente vendían variedades de hogar o papelería, pasaron a vender implementos necesarios o útiles para cruzar la selva: ropa, botas, machetes, medicinas, químicos para espantar serpientes e insectos, chalecos salvavidas, etc.  

Sin embargo, la transformación más importante se da en las personas que se embarcan en esta travesía larga y riesgosa, llena de condiciones inhumanas que ponen en riesgo su vida. Todo por la esperanza de tener una vida mejor y un futuro menos incierto para sus familias.  

Los hallazgos de esta investigación revelan que las oleadas masivas de migración impactan profundamente las dinámicas sociales de los lugares de paso, transformando física y mentalmente a los migrantes.

Además, alrededor de este trayecto se estructuró una economía ilegal manejada por el Clan del Golfo, que se lucra del hospedaje, el transporte y la guianza por trochas informales.

Esta actividad no solo financia estructuras criminales, sino que deja a su paso graves impactos ambientales en los ecosistemas vulnerables de la región.

Las condiciones humanitarias son preocupantes, especialmente para la niñez. Muchas familias arriesgan la vida a pie por la carretera, sin dinero, alimentación ni saneamiento básico.

Finalmente, al quedarse sin recursos en la ruta, los migrantes terminan hacinados en campamentos improvisados instalados al borde de ríos, el mar o la selva. 

 

Autores

Jerónimo Hernández - Santiago Palomino

Estudiantes del pregrado en Comunicación Social e integrantes del Semillero de Investigación y Creación en Narrativas Periodísticas de EAFIT

Luis Miguel Ocampo

Lídera gráfico y de contenidos Centro de Estudios Urbanos y Ambientales Urbam EAFIT

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Ciencia Abierta en América Latina:

Junio 4, 2026

¿nuevos paradigmas o viejas dependencias? 

 

La Ciencia Abierta (CA) es una oportunidad a una mayor transparencia y eficiencia en la actividad científica, a partir de modificar las prácticas como las conocemos. La noción presenta, por un lado, un conjunto de valores y principios que se recuestan sobre la más noble tradición de la actividad científica, aquella que busca incrementar el acervo de conocimiento de la humanidad por el bienestar y progreso general, a partir de su libre circulación y acceso. 

Por el otro, la CA ha tomado mayor relevancia estos años en respuesta al avance tecnológico que habilita técnicamente poder acceder a todo el conocimiento existente a través de plataformas digitales. Esta posibilidad plantea el dilema, en consecuencia, de habilitar, o no, en el espacio virtual la posibilidad de acceder libremente a ese conocimiento.

El conocimiento no se distribuye equitativamente. La actividad de I+D tiende a presentar altas economías de escala, lo que lleva a que esta se encuentre altamente concentrada —90 % del gasto en I+D se concentra en los primeros 10 países por volumen de inversión—. Por ende, las posibilidades, acciones y consecuencias de abrir la ciencia no son las mismas para todos los agentes del sistema científico. Es, en esencia, una decisión política sobre quién puede producir ciencia y quién puede beneficiarse de ella.

Si bien el Acceso Abierto (la posibilidad de leer sin pagar) fue la punta de lanza, hoy la CA es un archipiélago mucho más vasto de iniciativas. Implica tanto abrir la actividad científica a la comunidad científica —acceso abierto, software y hardware abierto, educación abierta, acceso a equipos de investigación abierto, datos abiertos—, como abrir la ciencia a la sociedad —agendas de investigación abiertas, ciencia ciudadana, diálogo con otros saberes, alfabetización científica, asesoría científica—.

Al formular una política institucional hacia la CA surgirán diversas tensiones de distinta índole. En un primer plano se encuentra la propiedad intelectual del conocimiento científico y el uso que se haga de ella. Abrir el acceso al conocimiento implica discutir sobre quién es el dueño de este y el uso que puede hacer, por lo tanto, de él —¿quién financió la investigación?, ¿qué riesgos trae su libre acceso?, ¿quién determina quién puede y quién no acceder?, entre otros—. En ese mismo plano, también observamos tensiones en la práctica científica y el dogma de libertad de investigación. Frente a una política de CA y la necesidad y oportunidad de abrir las agendas de investigación al diálogo con la sociedad, ¿quién define qué se debe priorizar en la investigación científica?, ¿quién financia esos procesos?

En América Latina, las universidades están llamadas a cumplir un rol protagónico en la implementación de la CA. Es en ellas donde se lleva adelante la mayor parte de la actividad científica en la región y, por lo tanto, es en ellas en donde sucederá o no la CA. Su rol es triple, como:

 

Protectoras del patrimonio: asegurar que la producción científica de la institución se preserve en repositorios propios y no quede atrapada tras muros de pago.

Reformadoras del incentivo: cambiar las métricas de evaluación. Se debe premiar la colaboración, el impacto social y la apertura de datos, no solo el factor de impacto de la revista.

Puentes territoriales: facilitar que la CA responda a las necesidades de la comunidad local, democratizando el uso del conocimiento para resolver diversos problemas como los ambientales, de salud o técnico productivos propios de los entornos donde se ubican.

La CA en América Latina es una gran oportunidad para dejar de ser solo “consumidores de ciencia” y poder asumir un rol activo como productores de soluciones. La política institucional en CA debiera ser la hoja de ruta para una ciencia que, por fin, sea de todos y para todos.

Sin embargo, adoptar la CA sin una perspectiva territorial y de capacidades sistémicas es peligroso. Existe el riesgo de lo que algunos llaman colonialismo de datos, donde lo producido por los investigadores del Sur Global en sistemas abiertos sea apropiado por laboratorios o empresas del Norte Global, con capacidad de procesamiento más competitiva, para luego ser vendido como soluciones privadas.

A su vez, sin una perspectiva de equidad, la CA podría profundizar las brechas existentes. Solo las instituciones con más recursos podrán cumplir con los estándares de apertura e inversión en infraestructura para acceder, dejando atrás a las universidades regionales o con menos presupuesto.

Por lo tanto, la CA es una ventana de oportunidad para acceder a mayor conocimiento, mejores infraestructuras y sistemas de investigación más consolidados; pero también podría resultar en generar mayores inequidades. Que suceda lo uno u lo otro dependerá de las políticas que se diseñen e implementen. La región tiene una oportunidad, depende de ella no perderla.

 

Autores

Guillermo Anlló

Oficina Regional de UNESCO (Montevideo, Uruguay)

María Luisa Eslava

Diseñadora gráfica

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Recibir el mundo antes de ir a él

Junio 4, 2026

 

Mientras este planeta gira sobre sí mismo como un bailarín en la punta del pie, a una velocidad de quinientos metros por segundo, yo sigo aquí petrificada frente a una hoja que intenta nacer. Hoy, cuando decido detenerme a observarla, siento como si su vestido se le hubiera quedado enredado entre los pliegues. Me atrevo a meter los dedos e intentar aflojarlo, sin preguntarme si estoy interrumpiendo su tiempo, que no es el mío. Llevo varios días observándola.

(Esto es sobre el tiempo, la percepción de su paso, porque claramente todo está en movimiento y la quietud es solo una alucinación, un error de percepción, como todo lo humano).

Aunque pareciera que me detuve ante una hoja cuyo nacimiento parece haberse detenido, todo dentro de ella sigue activo (en su extremo apical hay una reproducción celular masiva y de altísima velocidad). Su forma final se está imprimiendo y cada célula está definiendo su futuro. La planta madre le lleva el alimento necesario mientras conecta una red de tuberías para garantizar la independencia de la nueva hija. Enroscada sobre sí misma, toda la superficie de la hoja se va recubriendo de ceras y cutículas protectoras que la preparan para enfrentar el aire seco y la luz solar en cuanto logre emerger. Todo esto mientras el catáfilo —una estructura que además mantiene la turgencia para que las células se estiren sin romperse— la abraza con determinación.

No percibo su trabajo arduo, aunque no pare de intentar desplegarse. Solo puedo ver el resultado por saltos. Cada día, como una servidora de un culto desconocido, me siento en la plataforma de la espera para escrutar algún designio de su nacimiento. La contemplo:

Días atrás, a una de mis plantas le apareció un rollito verde, que no tenía, empacado en un “estuche” nuevo.

Hoy, como un gusanito avanzando, veo la hoja intentando salir del cascarón. Creo que se atoró. La ayudo.

A los ocho días se ondea contra el cielo. Es más delgada que el resto de las hojas de la planta. Luce descolorida pero vital. Quiero creer que al detenerme a contemplarla puedo recibir el mundo antes de interpretarlo.

Estoy mirándola, en silencio, y los pensamientos enloquecidos comienzan a precipitarse hacia el fondo de la mente. Son avecillas que tocan tierra al unísono o arenas transportadas por una ventisca que ha dejado de soplar. Van cayendo al vaivén de su propio peso, mientras en mí se abre un espacio sideral: el vacío interior, uno que succiona el mundo, uno que me permite ser penetrada por él.

De repente, en mi aparente quietud, comienza a gestarse un deseo: mojarla. Se mueve dentro de mí algo que quiere salir. Ahora soy yo yendo hacia el mundo, movimiento inverso. Me agito y me conmuevo. Las emociones son impulsos internos que llevan al cuerpo o al ánimo hacia la acción. Me enternece ver cómo cada nueva hoja intenta desenrollarse por sí misma para extender su superficie al cariño del sol. Le arreglo el vestido y le espolvoreo agua con un atomizador para humedecer sus gestos. 

Ambas nos estamos contemplando.

 

Autoras

Ana Jaramillo

Bióloga y magíster en Escrituras Creativas

Verónica Álvarez Cadavid

Diseñadora gráfica

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Anatomía de un taumátropo

Junio 4, 2026

Y qué ocurre cuando preguntamos 

 

Un disco con dos imágenes: en una cara un pájaro; en la otra, una jaula. Al girarlo rápidamente: ¡El pájaro aparece dentro de la jaula!

En 1824, el médico inglés John Ayrton inventó el taumátropo, del griego thaûma, maravilla y trópos, giro: giro de maravilla, para demostrar algunos principios de la percepción visual a partir de un juego óptico. Reveló, sin saberlo del todo, una relación profunda con el pensamiento.

¿Y si una pregunta funcionara exactamente así?

 

Dos imagenes 

El funcionamiento del taumátropo es tan simple que parece trivial. Sin embargo, hay una condición: las imágenes deben ser complementarias, sin ser redundantes. Por ejemplo, aunque un pájaro no es una jaula ni una jaula es un pájaro, las dos tienen algo en común.

Una pregunta también nace así, de dos cosas que coexisten sin resolverse: lo que ya sabemos y algo que no estaba ahí, pero de lo que tal vez teníamos una intuición o una pista. Entre ambas aparece una pequeña tensión, un borde, un espacio apenas abierto. Dos partes, dos fragmentos que se hilan y conversan entre sí luego de dar un giro fugaz y encontrarse. Ahí empieza todo.

 
Tension y motivacion 

El taumátropo no gira solo; puede quedarse quieto durante años sin revelar nada. Alguien tiene que tensar los hilos, enrollarlos, acumular algo de tensión antes de soltarlo. Esos gestos, tan pequeños, lo cambian todo.

Las preguntas también necesitan tensión. No aparecen cuando todo está claro, sino cuando algo incomoda, cuando una explicación no alcanza, cuando algo se queda sin resolver. Aparecen donde hay sed de saber, de sumergirse en los porqués, los cómos, los para qués. Esa incomodidad es el inicio de un movimiento.

 

El giro 

Cuando el disco gira, algo extraño ocurre. No vemos la cara A ni la cara B, vemos una tercera imagen que no estaba en ninguna de las dos. El cerebro no sumó las partes; construyó algo que ninguna parte contenía. Con las preguntas ocurre lo mismo, no conectan inmediatamente lo que ya sabíamos con lo que aún no. Hacen girar las dos cosas juntas hasta que aparece algo que no existía antes del giro. Las preguntas son un motor en sí mismas.

El resultado no estaba ni en el saber ni en el no saber, nació del encuentro entre ellos, en ese instante en el que dos elementos aparentemente dispares logran verse juntos por primera vez. Lo que parecía separado empieza a relacionarse. Lo que parecía evidente deja de serlo y se cuestiona. Y en ese momento, breve, casi imperceptible, el pensamiento se mueve y cobra vida.

 

La espera 

Antes del giro hay un instante de quietud. Los hilos enrollados, la tensión acumulada. Nada ha pasado todavía, pero algo está a punto de ocurrir. El taumátropo exige ese tiempo, exige detenimiento. Sin tensión acumulada, el disco apenas oscila.

Las preguntas también tienen su tiempo, habitan un momento en quien las lleva sin resolverlas todavía, observando, tanteando. Las preguntas genuinas necesitan quedarse un rato anidando en quien las hace, recorrer lo que ya sabe, rozar lo que aún no entiende y esperar con atención, con la certeza de que algo está a punto de aparecer.

 

Lo que emerge 

Las preguntas y el taumátropo nos invitan a adoptar una nueva forma de mirar, con delicia y atención, tanto lo que ya estaba ahí como lo que no. A contemplar la reorganización del mundo que se amplía según nuestra mirada.

Una pregunta en manos de una niña, un niño o un adolescente hace girar todo lo que creíamos entender. Sin preguntas, ¿para qué respuestas?

Desde 2005, en la Universidad de los Niños EAFIT vivimos lo que pasa cuando una pregunta pone todo en movimiento. El conocimiento circula, se transforma, se contagia. Se vuelve parte de algo más grande. La pregunta es como una brújula, no indica un destino fijo, pero orienta el recorrido, el viaje por el conocimiento. Eso es una pregunta, eso es un giro de maravilla.

Estas son algunas de las preguntas que niñas, niños, adolescentes e investigadores han traído a la Universidad de los Niños.

Para ninguna había una respuesta preparada, todas pusieron a girar algo.

¿Por qué existe el tiempo? 

¿Por qué sentimos miedo? 

¿Por qué nos reflejamos en el espejo? 

¿Cómo flota un barco? 

¿Por qué tiembla la Tierra? 

¿Por qué las cosas suenan diferente? 

¿Por qué alguien nos manda y nos dice qué debemos hacer? 

¿Por qué las cosas se llaman como se llaman?

 

Autores

Equipo metodológico

Universidad de los Niños EAFIT

María Luisa Eslava

Diseñadora gráfica

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Donde ves orden, solo hay caos

Junio 4, 2026

 

Mira a tu alrededor, donde quiera que estés. 

Todo parece guardar cierta calma: las plantas con su leve movimiento, el cemento que parece que estará por cientos de años más en los edificios. 

Quizás ves personas o carros que, a pesar de hacer de sus ruidos, siguen una trayectoria más o menos predecible. 

¿Ves caos? Tal vez no. 

El caos no es algo que notemos a simple vista: hace falta que haya una turbulencia fuerte en el avión o un accidente en el metro para que notemos la fragilidad de eso que creíamos tan seguro.

 

Del orden al caos: lo discreto y lo probabilístico

¿Alguna vez has intentado contar las nubes? Si te encuentras bajo techo, te animo a salir e intentarlo. ¿Cuántas ves? ¿Cuatro? ¿Diez? 

Nuestra visión está limitada por lo que sabemos. En realidad, es complejo cuantificar las nubes con valores discretos, es decir, como unidades. 

Si fueras meteorólogo, me dirías que eso que llamamos nube es una delimitación más bien arbitraria. Esa masa blanca esponjosa del cielo es una zona de la atmósfera con un índice mayor de humedad y densidad que otras. No se puede determinar sin controversia dónde empieza y dónde termina una nube.

Ya que la atmósfera tiene tantas partículas y procesos que añaden información, no le podemos aplicar, simplemente, las ecuaciones de la física clásica a las nubes y predecir con exactitud la trayectoria que tomará alguna de ellas, como si se tratara de un carro sobre la autopista. Sería muy fácil saber dónde y cuándo va a llover. 

En general, las ecuaciones que modelan la atmósfera no se pueden resolver de una forma analítica —es decir, con un resultado exacto—, sino que se debe apelar al cálculo numérico para dar una aproximación.

En otras palabras, con todo el conocimiento que tenemos sobre cómo se comportan fluidos como el aire, no podemos conocer la posición exacta de la nube, pero sí un rango de posibilidades más o menos probables de que se encuentren en distintas posiciones. De hecho, podemos predecir con precisión varios miles de años de la posición de la Tierra con respecto al Sol, pero no podemos saber con certeza cómo será el tiempo de aquí a quince días, o incluso antes. 

Curioso, ¿no?

Esto se da porque en el primer sistema (el solar) no existe una alta sensibilidad respecto a su estado inicial, mientras que en el segundo (el tiempo), una variación tan pequeña como el causado por el aleteo de una mariposa parece provocar resultados muy distintos en las condiciones atmosféricas. 

¿Por qué? ¿Acaso hay un dios griego que nos impide saber cuándo llegará el huracán que nos envió caprichosamente? 

Si crees eso, no soy quien para juzgar, pero todo indica que hay algo llamado “horizonte de predicción” y que es culpa de algo que llamamos “caos”.

 

Caos: dependencia sensible a las condiciones iniciales

Un sistema dinámico es sensible a las condiciones iniciales cuando una pequeña variación puede causar efectos que para nosotros parecen impredecibles. Es eso a lo que en matemática se le conoce como caos.

“Parecen”, porque si pudiéramos tener en cuenta el cambio preciso de las condiciones iniciales en tiempo real, la predicción del futuro se vería tan clara ante nuestros ojos como el presente mismo que experimentamos. Esto implica que el caos es determinista, es decir, aunque lo parezca, no produce resultados aleatorios. 

Te preguntarás, entonces, ¿dónde se encuentran esos raros “sistemas dinámicos” que son susceptibles al caos si en este mundo que tienes alrededor todo parece tan ordenado?

No se trata solo del clima: todo lo que perciben tus ojos, tus orejas, tú mismo, todo aquello que cambia con el tiempo es un sistema dinámico. Muchas variables funcionan de formas cíclicas que parecen estables, pero al contemplar tan solo una variable más, el caos puede aparecer. Piénsalo: quizás haberte subido a ese bus, haber saludado a esa persona y no a otra, haber hecho esa pequeña variación cambió tu vida para siempre. 

Pero... ni siquiera esas predicciones de miles de años de la estable Tierra son tan certeras. 

Como lo demostró el matemático francés Henri Poincaré a finales del siglo XIX al enfrentarse al famoso “problema de los tres cuerpos”: solo añadir un cuerpo celeste más a la ecuación incrementa tanto la incertidumbre, que calcular la posición de la Tierra y la Luna con respecto al Sol parece tratarse de un acertijo sin respuesta.

 

¿Y qué pasa con la predicción del futuro? 

Si conocieras de antemano todas las condiciones iniciales antes de, por ejemplo, lanzar un dado (peso, fricción, altura), podrías saber exactamente en qué cara caería. 

Esta idea se le ocurrió al matemático Pierre-Simon Laplace en el siglo XVIII y sobre ella se fundamentó por mucho tiempo el determinismo.

Hay cosas que podemos predecir un poco antes de alcanzar el “horizonte de predicción”, como la meteorología y el movimiento de los planetas. 

Sin embargo, en el lanzamiento de un dado, aun conociendo bien los principios físicos de su movimiento, es tan difícil medir todas las condiciones iniciales del sistema antes de ejecutarlo que cada lanzamiento resulta impredecible. Por eso lo llamamos azar. La única forma que tenemos tú y yo, aquí y ahora, para saber qué número marcará el dado es lanzarlo para comprobar en cuál cayó: comprobar su destino inevitable.

¿Te suena a algo? 

El principio de incertidumbre de Heisenberg describe que en el mundo cuántico no puede conocerse a la vez la posición y la velocidad de una partícula. De manera similar a lo que ocurre con el dado tenemos que observar el resultado para saber con certeza su posición. 

Esa era la idea de azar que tanto incomodaba a Einstein, quien escribió al físico Max Born que “Dios no juega a los dados”. ¿Juega o no juega?

Si creáramos una máquina del mismo tamaño que el universo y que midiera en tiempo real cada variable posible y la posición de cada átomo, ¿podríamos predecir el futuro? La mecánica cuántica nos dice que no, que este sigue siendo aleatorio para los observadores humanos.

 

Cómo reducir la incertidumbre para hacer mejores predicciones 

Quizá ese horizonte de predicción solo sea una estrategia de Dios para que no podamos conocer el futuro. Solo con sus ojos divinos, con su perspectiva multidimensional, podríamos reducir la incertidumbre. Pero entonces, ¿qué veríamos? 

Una mezcla de todos los universos superpuestos, con cada una de las posibilidades realizándose simultáneamente. El caos, entonces, es algo manejable para el ojo humano.

Al respecto, desde su experiencia en el estudio de sistemas caóticos, María Eugenia Puerta Yepes, investigadora de la escuela de Ciencias Aplicadas e Ingeniería de la Universidad EAFIT, hace un llamado: el caos no es solo una teoría abstracta de las matemáticas; es más una posición sobre la que nos paramos como humanidad. Cuanta más información comprendemos de las condiciones iniciales de un sistema, menos caos percibimos, y viceversa. 

Por ello, hay algo que, dentro de todo este mar de caos, entropía y azar, ha hecho que la vida en la Tierra permanezca y que los humanos sobrevivamos y evolucionemos: nuestra capacidad de autoorganizarnos en sistemas cada vez más complejos, que, al juntar las percepciones de entidades muy distintas, reducen la incertidumbre percibida. Ese es el valor del trabajo colectivo, de la interacción con el otro. Es algo que debemos tener más en cuenta en la ciencia y en la sociedad. Al no considerar la perspectiva de otros, dentro de los patrones fractales del universo solo vemos caos.

 

Autoras

Isabella Guerrero Chamorro

Periodista

Lina Pérez G.

Diseñadora editorial y de información

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EAFIT tiene un centro de innovación financiera

Junio 4, 2026

 

Pudo ser un mal negocio. Quizá perdió su empleo. ¿O fue un accidente? Como sea, es posible que no tenga el dinero suficiente para pagar su deuda. Según cifras de la Superintendencia Financiera de Colombia, su caso podría sumarse a la cartera riesgosa (los créditos que están cerca de no pagarse) que en lo que va del año 2026 suma COP 62,2 billones, el 8,2 % de la cartera total del sistema. En caso de que no logre el pago, entrará en la cartera vencida, que alcanza los COP 30,2 billones o 4,0 % de la cartera total. ¿Qué puede hacer? 

En otro tiempo, su deuda vencida podría haber resultado en su exclusión del sistema financiero. Sin embargo, en la última década han surgido organizaciones que se han dedicado a diseñar soluciones para este tipo de dilemas. Se les denomina fintech. Según la Banca de las Oportunidades, un programa del Gobierno nacional, estas empresas se caracterizan por combinar el diseño, el desarrollo y el uso de tecnologías digitales para mejorar o automatizar servicios financieros. Usted podría entonces acceder a los servicios de una fintech que, usando big data e inteligencia artificial, le ayude a alcanzar un acuerdo de pago. Este enfoque en la mejora de procesos ha vinculado estas organizaciones con la innovación.

 

Inclusión financiera y Fintech en Colombia

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), para fines de 2023 en Colombia había más de cuatrocientas empresas o startups fintech (13,33 % del sector en América Latina). Un rasgo distintivo de las fintech colombianas es su énfasis en la inclusión financiera: el 18,92 % se enfoca en personas no bancarizadas. Diego Alexander Restrepo Tobón, investigador de la Universidad EAFIT, destaca propuestas con enfoque de género, soluciones para adultos mayores (economía plateada), jóvenes sin historial y pymes. 

Un Centro de Innovación Financiera en este sentido es Aflore, el cual articula a lideresas que actúan como consejeras y ofrecen productos financieros en sus comunidades, y utiliza fuentes de información alternativas y una plataforma digital para evaluar riesgos.

La innovación y la cultura organizacional

En un artículo publicado en la revista OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual), el experto en propiedad intelectual e investigador Mark F. Schultz anotaba una de las paradojas de la innovación: es un concepto con excesiva visibilidad y, al mismo tiempo, subestimado. 

¿Qué es la innovación? Schultz cita a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) para definirla como la introducción de un producto al mercado. Sea un bien o un servicio, o proceso nuevo o significativamente mejorado que modifica de fondo los métodos de comercialización u organización comercial. Otra definición la aporta Diego Alexander Restrepo Tobón, docente investigador de la Universidad EAFIT. Para Diego Restrepo, innovar consiste en hacer lo mismo que las industrias tradicionales, pero de una manera diferente, alternativa y más económica. En el caso específico del ecosistema fintech, estos cambios se apoyan en tecnologías digitales. 

Ahora, las ventajas competitivas que entrega la innovación no llegan solas. De acuerdo con Carolina Gómez, directora del Centro de Innovación Financiera de EAFIT, es imposible innovar sin apertura nacional e internacional y tolerancia al riesgo. Para ella, la verdadera innovación exige que las empresas adopten metodologías ágiles y acepten el error como un elemento necesario del proceso de aprendizaje que les permitirá luego transformar sus productos y servicios. También necesitan estructuras organizacionales horizontales, equipos diversos, inversión decidida en Investigación y Desarrollo (I+D), entrenamiento continuo de su talento humano y mantener una retroalimentación constante de los usuarios. 

¿Y el resultado? En EAFIT esa transformación se piensa desde una pregunta antes que desde una respuesta. El centro observa las dinámicas del sistema financiero latinoamericano, imagina escenarios posibles y trabaja para traer ese futuro al presente, en forma de conocimiento aplicado, talento formado y soluciones concretas para la región. Los resultados ya son visibles. El uso de analítica de datos ha permitido diseñar créditos personalizados y automáticos para personas sin historial crediticio. Las plataformas de pagos mediante códigos QR o tecnologías blockchain han abierto transacciones de bajo monto a quienes el sistema bancario tradicional dejaba por fuera.

 

Empresa y universidad

Según Carolina Gómez, directora del Centro de Innovación Financiera de EAFIT, existe una diferencia estructural entre los tiempos, los objetivos y las dinámicas de la innovación corporativa frente a la investigación académica. Mientras la empresa tiene la urgencia de iterar con pragmatismo para asegurar su rentabilidad y rápida adaptación al mercado, la universidad avanza con una lentitud que le garantiza profundidad y rigor científico. Esta diferencia de velocidades y potencialidades justifica el trabajo colaborativo entre ambos mundos. Gómez señala que las universidades funcionan hoy como un “líbero estratégico” que provee, en el caso de las fintech, talento (como científicos de datos) y prototipos técnicos avanzados. El encuentro permite que años de investigación teórica culminen en modelos de riesgo o soluciones disruptivas patentables con el potencial de generar externalidades positivas para toda la sociedad.

EAFIT como catalizador de la innovación

Según la directora Carolina Gómez, el centro de innovación financiera de EAFIT tiene como propósito catalizar la innovación financiera al actuar como un puente entre el rigor de la academia y las necesidades prácticas de la industria. Para lograrlo, EAFIT apuesta por la generación de conocimiento científico, la incubación de ideas, la formación de talento y el diseño de políticas públicas enfocadas en finanzas de impacto equitativas y sostenibles. Además, tiene la intención de funcionar como punto de encuentro que promueva el diálogo y el trabajo colaborativo entre actores claves del ecosistema: desde investigadores y estudiantes, hasta empresarios e inversionistas.

Retos para Colombia

El BID y Finnovista publican periódicamente un informe en el que analizan el ecosistema fintech en América Latina. Además de caracterizar el mercado, se plantean los retos que enfrentan los países de la región para fortalecer el sector. Para el caso de Colombia, los desafíos van desde el acceso a rondas de financiamiento o inyecciones de capital institucional, hasta la escalabilidad de sus servicios en un ambiente muy competitivo y con dinámicas muy variables de valorización de las empresas. 

Por su parte, Diego Restrepo resalta la paradoja de que en Colombia las empresas del sector deben lidiar con restricciones regulatorias estrictas, pero a los usuarios les genera incertidumbre que las fintech operen sin vigilancia de la Superintendencia Financiera. También destaca la baja alfabetización digital de los ciudadanos, las fallas en la cobertura regional de internet y el preocupante aumento de fraudes cibernéticos. A esto se suma el reto de construir confianza, sobre todo en poblaciones tradicionalmente excluidas del sector financiero, como mujeres con ingresos informales, jóvenes sin historial crediticio y pymes. 

Diego subraya la importancia de desarrollar investigaciones aplicadas que brinden soluciones concretas a reguladores y diseñadores de políticas públicas. Ese conocimiento —asegura— es fundamental para mejorar las normativas e innovar de forma segura sin comprometer la estabilidad del sistema financiero. Es precisamente ese espacio el que ocupa el Centro de Innovación Financiera de EAFIT: un lugar donde la academia convoca en una misma mesa a la industria financiera, las fintech, los reguladores, los inversionistas y los emprendedores de la región para encontrar juntos las preguntas que el sistema aún no sabe hacerse.

 

Autores

Andrés Felipe Giraldo Cerón

Magíster en Comunicación Transmedia

María Clara Jaramillo Muñoz

Comunicadora social

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Una ingeniería que se mueve con el paso del tiempo

Junio 4, 2026

Así será la construcción en el futuro

 

Imaginemos por un momento que pudiéramos viajar a la Francia medieval y observar la construcción de la Catedral de Notre-Dame de París. 

Allí, no veríamos solamente piedra, madera, andamios, herramientas y obreros en movimiento. Veríamos también una forma particular de organizar el conocimiento. 

Detrás de una obra como esa estuvieron figuras capaces de reunir saberes y decisiones que hoy solemos encontrar separadas: los master builders

El master builder, especialmente reconocible en la Edad Media y el Renacimiento, encarnaba en una misma figura el diseño arquitectónico, el dominio estructural, la comprensión de los materiales, el conocimiento detallado de los métodos constructivos y la dirección del proceso de obra. 

Para este maestro, estructura, forma, expresión arquitectónica y ejecución constituían dimensiones inseparables de un mismo quehacer. 

Su formación solía darse mediante largos periodos de aprendizaje junto a quienes ya ostentaban dicho estatus, muchas veces desde la niñez, en un contexto donde los saberes del oficio eran celosamente resguardados y tratados casi como conocimiento sagrado.

Se trataba de un profundo conocimiento acumulado del oficio: saber qué había funcionado, qué no, qué proporciones eran estables, qué formas resistían mejor, qué materiales permitían qué cosas, qué lecciones emergían de fracasos pasados.

La construcción contemporánea opera de manera diferente. 

A medida que aumentó la complejidad técnica y normativa, los proyectos comenzaron a requerir conocimientos cada vez más especializados y, en consecuencia, arreglos organizacionales mucho más complejos. 

Por ejemplo, en el diseño confluyen arquitectos y especialistas en campos como estructura, instalaciones eléctricas, hidrosanitarias, acústicas, de climatización... Así como expertos en sostenibilidad, tecnologías digitales, entre otros. 

Luego, intervienen programadores y presupuestadores, un contratista general, varios subcontratistas. También proveedores de materiales y un pequeño ejército de financieros, abogados y aseguradores. 

Es un proceso fragmentado, dominado por relaciones de corto plazo, con sistemas de toma de decisiones y criterios de valor independientes. 

Esta transformación ha permitido avances significativos dentro de cada ámbito especializado: soluciones estructurales más precisas, materiales de mejor desempeño, herramientas digitales avanzadas, simulaciones complejas y respuestas técnicas cada vez más rigurosas. 

Sin embargo, y a pesar de ese progreso, los proyectos siguen presentando dificultades para funcionar bien como un todo: retrasos, reprocesos, sobrecostos, pérdidas, baja productividad y problemas de coordinación continúan siendo desafíos persistentes. El desarrollo de las partes no ha garantizado el buen desempeño del conjunto. 

Si bien dividir un problema amplio en partes relativamente acotadas permite hacer manejable la complejidad y profundizar el conocimiento técnico en cada ámbito especializado, esa división no elimina las interdependencias: las desplaza hacia las interfaces. 

Allí aparece una exigencia decisiva: asegurar el flujo de información y conocimiento entre módulos especializados cuyas decisiones se afectan mutuamente. 

Vista desde esta perspectiva, la fragmentación propia de la construcción contemporánea puede entenderse, en buena medida, como un problema de flujos. Ese problema adopta, al menos, tres formas distintas.

En otras palabras, una decisión arquitectónica puede afectar la solución estructural; un ajuste estructural puede alterar redes, espacios técnicos o requerimientos de instalaciones; una modificación en una especialidad puede obligar a revisar otras. Sin embargo, estas decisiones suelen producirse desde lenguajes, prioridades y criterios de optimización distintos. 

Cuando el flujo de información y conocimiento entre ellas es insuficiente, aparecen interferencias, incompatibilidades y pérdidas. 

Los flujos verticales buscan justamente evitar esa desconexión: hacer que las distintas fases del proyecto no funcionen como mundos separados, sino como instancias capaces de informarse y ajustarse mutuamente. 

En la construcción contemporánea, el último flujo (longitudinal) enfrenta mayores dificultades que en el pasado. Los equipos se disuelven al final de los proyectos, lo que conduce a la pérdida del conocimiento tácito sobre cómo trabajar juntos y de manera efectiva, y dificulta que las organizaciones construyan sobre aprendizajes acumulados. Si el problema es de flujos —horizontales, verticales y longitudinales—, entonces no basta con mejorar cada una de las partes por separado. El desempeño depende, sobre todo, de la capacidad para articularlas. 

Los saberes reunidos en el master builder fueron separados en disciplinas especializadas para posibilitar su desarrollo. Sin embargo, queda abierta una pregunta decisiva: ¿qué campo asume hoy la tarea de recorrer las fronteras entre esos saberes, de leer las conexiones entre decisiones y de hacer posibles los flujos que la fragmentación tiende a interrumpir?

Es en este punto donde la ingeniería de construcción encuentra su lugar propio. 

No reemplaza la arquitectura ni sustituye la ingeniería estructural. No tiene como papel principal diseñar cimentaciones, redes eléctricas o sistemas hidrosanitarios. Se mueve en la interfaz entre especialidades y entre fases. Su territorio son las relaciones: entre el diseño y la ejecución, entre el modelo digital y la producción en sitio, entre la intención arquitectónica, la racionalidad estructural y la lógica constructiva. 

La ingeniería de construcción articula las distintas especialidades para que sus decisiones de diseño sean coherentes entre sí y, al mismo tiempo, construibles. Se orienta a definir cómo se organiza el trabajo, cómo se estructuran los flujos, cómo se coordinan los actores, cómo se integran las tecnologías y cómo se gestionan las restricciones y la variabilidad propias de la ejecución. De este modo, reconoce que ese sistema no es únicamente técnico: es, al mismo tiempo, organizacional, informacional y productivo. Y es en ese punto donde comienza a delinearse un tipo particular de conocimiento. 

La ingeniería de construcción no se centra exclusivamente en una especialidad, sino en las interfaces que se dan entre ellas. No se limita a una fase, sino que se extiende a lo largo de su ciclo de vida. No entiende el proyecto como una forma fija, sino como un proceso. Su campo es el diseño y la gestión del sistema de producción que permite concebirlo, coordinarlo y materializarlo. 

Esta es una ingeniería que trabaja, precisamente, allí donde los flujos se interrumpen.

 

Autores

Alejandro Vásquez Hernández

Doctor en Ciencias de la Ingeniería, investigador de la Escuela de Ciencias Aplicadas e Ingeniería EAFIT

Sebastián Zapata Muñoz

Diseñador gráfico

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