Recibir el mundo antes de ir a él

Última actualización

Agosto 21, 2026

 

Mientras este planeta gira sobre sí mismo como un bailarín en la punta del pie, a una velocidad de quinientos metros por segundo, yo sigo aquí petrificada frente a una hoja que intenta nacer. Hoy, cuando decido detenerme a observarla, siento como si su vestido se le hubiera quedado enredado entre los pliegues. Me atrevo a meter los dedos e intentar aflojarlo, sin preguntarme si estoy interrumpiendo su tiempo, que no es el mío. Llevo varios días observándola.

(Esto es sobre el tiempo, la percepción de su paso, porque claramente todo está en movimiento y la quietud es solo una alucinación, un error de percepción, como todo lo humano).

Aunque pareciera que me detuve ante una hoja cuyo nacimiento parece haberse detenido, todo dentro de ella sigue activo (en su extremo apical hay una reproducción celular masiva y de altísima velocidad). Su forma final se está imprimiendo y cada célula está definiendo su futuro. La planta madre le lleva el alimento necesario mientras conecta una red de tuberías para garantizar la independencia de la nueva hija. Enroscada sobre sí misma, toda la superficie de la hoja se va recubriendo de ceras y cutículas protectoras que la preparan para enfrentar el aire seco y la luz solar en cuanto logre emerger. Todo esto mientras el catáfilo —una estructura que además mantiene la turgencia para que las células se estiren sin romperse— la abraza con determinación.

No percibo su trabajo arduo, aunque no pare de intentar desplegarse. Solo puedo ver el resultado por saltos. Cada día, como una servidora de un culto desconocido, me siento en la plataforma de la espera para escrutar algún designio de su nacimiento. La contemplo:

Días atrás, a una de mis plantas le apareció un rollito verde, que no tenía, empacado en un “estuche” nuevo.

Hoy, como un gusanito avanzando, veo la hoja intentando salir del cascarón. Creo que se atoró. La ayudo.

A los ocho días se ondea contra el cielo. Es más delgada que el resto de las hojas de la planta. Luce descolorida pero vital. Quiero creer que al detenerme a contemplarla puedo recibir el mundo antes de interpretarlo.

Estoy mirándola, en silencio, y los pensamientos enloquecidos comienzan a precipitarse hacia el fondo de la mente. Son avecillas que tocan tierra al unísono o arenas transportadas por una ventisca que ha dejado de soplar. Van cayendo al vaivén de su propio peso, mientras en mí se abre un espacio sideral: el vacío interior, uno que succiona el mundo, uno que me permite ser penetrada por él.

De repente, en mi aparente quietud, comienza a gestarse un deseo: mojarla. Se mueve dentro de mí algo que quiere salir. Ahora soy yo yendo hacia el mundo, movimiento inverso. Me agito y me conmuevo. Las emociones son impulsos internos que llevan al cuerpo o al ánimo hacia la acción. Me enternece ver cómo cada nueva hoja intenta desenrollarse por sí misma para extender su superficie al cariño del sol. Le arreglo el vestido y le espolvoreo agua con un atomizador para humedecer sus gestos. 

Ambas nos estamos contemplando.

 

Autoras

Ana Jaramillo

Bióloga y magíster en Escrituras Creativas
(@anahita_anajara)

Verónica Álvarez Cadavid

Diseñadora gráfica
(@veronicaalvarezcadavid)

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