La educación superior y el mercado laboral en Colombia: pertinencia, acceso y aprendizaje a lo largo de la vida
Durante décadas, el título universitario fue una promesa de estabilidad, empleo y movilidad social. Hoy esa promesa persiste, pero es más compleja. En un mercado laboral marcado por la aceleración tecnológica, la informalidad y la transformación de las habilidades, acceder a la educación superior ya no garantiza trayectorias sostenidas. La discusión ha cambiado: no se trata solo de cuántos jóvenes ingresan a la universidad, sino de qué tan preparados salen para un mundo donde aprender una vez ya no es suficiente.
Por Isabel Gutiérrez Ramírez
Directora de Estrategia de EAFIT
En febrero de 2026, el desempleo en Colombia cayó al 9,2 %, uno de los niveles más bajos de los últimos años. Al mismo tiempo, persisten señales que obligan a hacer una lectura más cuidadosa: las empresas reportan dificultades para encontrar talento con las habilidades que requieren; una parte importante de los jóvenes sigue por fuera del estudio y del trabajo, y la informalidad continúa marcando la trayectoria laboral de millones de personas. Las cifras no se contradicen. Lo que muestran es un mercado laboral que cambia más rápido que las trayectorias de formación y, por tanto, una discusión que ya no puede limitarse a la cobertura. La pregunta de fondo es otra: qué significa hoy estar preparado para ingresar, permanecer y progresar en el mundo del trabajo.
Ese desfase no es una impresión aislada. Cada vez hay más evidencia de que las demandas del mercado laboral evolucionan con una velocidad que los sistemas educativos no siempre logran seguir. Las transformaciones tecnológicas, la reorganización de los sectores productivos y la irrupción de la inteligencia artificial están alterando no solo los empleos disponibles, sino también las habilidades que se consideran valiosas. En este contexto, el título conserva su importancia, pero ya no opera como una garantía suficiente de empleabilidad. Su valor depende cada vez más de la capacidad que tenga cada persona para seguir aprendiendo, reconvertirse y responder a contextos cambiantes.
La discusión internacional ha empezado a nombrar este giro con precisión. Ya no se trata únicamente de formar para una ocupación específica, sino de construir capacidades transferibles, actualizables y verificables. Esto exige revisar una premisa de larga tradición en la educación superior: la idea de que la formación inicial puede ser suficiente para sostener una vida laboral de varias décadas. Esa idea resulta cada vez menos realista. Los ciclos de cambio son más cortos, las trayectorias profesionales son menos lineales y las exigencias de actualización son más frecuentes.
La inserción laboral juvenil en Colombia muestra, además, un rasgo que merece atención: una parte importante de los jóvenes se incorpora en segmentos del mercado donde persisten mayores niveles de inestabilidad, la informalidad y la escasa protección. Más que detenerse en una enumeración de sectores, lo relevante es advertir que buena parte de esas trayectorias iniciales transcurre en ocupaciones con menores márgenes de consolidación profesional y movilidad social. En ese sentido, el empleo juvenil no puede evaluarse solo por su capacidad de absorber mano de obra, sino también por la calidad de las oportunidades que ofrece: estabilidad, ingreso, protección social y posibilidades reales de movilidad social. Esa distinción es central, porque el acceso al trabajo no equivale necesariamente al acceso a un proyecto laboral sostenible.
En este contexto, la calidad de la relación entre las universidades y las empresas marca una diferencia sustantiva en términos de empleabilidad. No se trata solo de mantener vínculos formales, sino de construir una interlocución capaz de retroalimentar la formación desde los cambios del entorno productivo y, al mismo tiempo, de convertir a la universidad en un espacio donde las empresas puedan tramitar preguntas, desafíos y la necesidad de transformarse. Cuando esa relación se consolida, se configura un circuito de valor compartido: la empresa contribuye a hacer más pertinente la formación y la universidad aporta conocimiento, reflexión y capacidad de anticipación.
En EAFIT, el 83 % de los graduados de pregrado están empleados, y esta cifra aumenta al 92,6 % para los graduados de posgrado.
Mientras tanto, el sistema de la educación superior ha mostrado avances quizá más tímidos que lo que quisiéramos. La tasa de tránsito inmediato de bachilleres hacia la educación superior ha mejorado en los últimos años y el número de estudiantes que ingresa al sistema ha aumentado. La dirección es correcta, la velocidad es bastante lenta. Pero la magnitud del reto sigue siendo considerable. Aún hay una porción amplia de jóvenes que no logra acceder de manera oportuna a la formación superior, y entre quienes sí lo hacen persiste la pregunta por la pertinencia de la experiencia formativa y por su transformación en oportunidades reales de desarrollo personal y profesional.
Las universidades están llamadas a responder, al mismo tiempo, a dos exigencias que no siempre avanzan al mismo ritmo. Por un lado, deben formar personas para un mercado laboral concreto, con necesidades inmediatas, transformaciones sectoriales aceleradas y señales cambiantes. Por otro lado, tienen la responsabilidad de desarrollar capacidades de largo plazo: el pensamiento crítico, el juicio ético, el rigor analítico, la creatividad, la comprensión de contextos complejos y la disposición permanente para aprender. La presión del presente empuja con fuerza hacia lo primero. La responsabilidad más profunda de la universidad exige no perder de vista lo segundo.
Cerrar la brecha entre la formación y el empleo no pasa únicamente por ajustar los planes de estudio con mayor rapidez, aunque ese sea un frente ineludible. Supone, sobre todo, repensar la arquitectura misma de la formación. Implica reconocer que ningún pregrado podrá agotar, por sí solo, las necesidades de una vida laboral extensa y cambiante. De ahí la importancia creciente de trayectorias más flexibles, credenciales modulares, el reconocimiento de los aprendizajes previos y ofertas que permitan entrar, salir y volver a entrar al sistema educativo sin tener que empezar de cero cada vez. Más que una innovación marginal, esto empieza a convertirse en una condición de pertinencia institucional.
En este contexto, EAFIT ofrece una pista valiosa para la discusión. La Universidad parte de una premisa básica: la transformación ya no es una excepción, sino una condición permanente. Eso exige leer con atención los cambios del entorno, comprender cómo evolucionan los sectores y anticipar las capacidades que empezarán a ser relevantes. De ahí surge Imaginar Futuros, un centro desde el cual EAFIT observa las tendencias, interpreta las grandes fuerzas de cambio y sigue las señales que permiten pensar, con anticipación, los escenarios que vienen.
Esa lectura del entorno se conecta con una apuesta institucional más amplia: consolidarse como referente en educación del futuro, fortalecer el aprendizaje a lo largo de la vida y acompañar procesos de upskilling y reskilling. En la práctica, esto supone transformar la manera en que se ofrece el conocimiento: hacerlo más flexible, más personalizado y más ajustado a trayectorias formativas que ya no son lineales. Implica también ampliar el acceso, mediante modelos de financiamiento que permitan que más estudiantes ingresen, permanezcan y construyan una experiencia educativa con posibilidades reales de continuidad.
Ningún actor puede resolver por sí solo esta tensión entre la formación y el trabajo. El sector productivo no puede limitarse a señalar la escasez de talento sin involucrarse en la construcción de capacidades. El sistema educativo no puede responder de manera suficiente si actúa aislado. Y el sector público sigue teniendo un papel decisivo en materia de regulación, incentivos, sistemas de información y articulación institucional. Lo que está en juego no es únicamente la pertinencia de los programas académicos, sino la capacidad del país para construir mecanismos de coordinación a la altura de un cambio estructural.
Las cifras de desempleo, informalidad, desvinculación juvenil y vacantes difíciles de cubrir no son problemas independientes. Son manifestaciones distintas de una misma dificultad: la de conectar, con mayor inteligencia y oportunidad, las trayectorias de formación con las trayectorias de trabajo. La evidencia existe. El reto está en traducirla en decisiones institucionales, en alianzas sostenidas y en una visión compartida de largo plazo.
Tal vez la discusión no sea si el título perdió valor, sino qué tipo de valor puede ofrecer hoy. Durante décadas, se consideró una promesa relativamente estable de empleo y ascenso social. Hoy sigue siendo una base importante, pero ya no puede asumirse como una garantía suficiente. El verdadero diferencial no está solo en haber pasado por la universidad, sino en la capacidad de seguir aprendiendo después de ella, de adaptarse sin perder profundidad y de actualizarse sin renunciar al criterio.
Quizá ha llegado el momento de dejar de pensar la educación superior como una etapa que se completa, para empezar a entenderla como una relación que dura toda la vida. En un mercado laboral atravesado por la aceleración tecnológica, la incertidumbre y la transformación constante de las habilidades, ninguna formación inicial puede pretender ser suficiente para siempre. Por eso, el reto de las universidades ya no es solo graduar bien, sino seguir estando ahí cuando sus graduados necesiten volver, actualizarse, reconvertirse o simplemente comprender mejor el mundo que les toca habitar.
El título conserva su valor. Pero su verdadero sentido, hoy, depende de todo lo que posibilite después.
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Última actualización
August 4, 2026