Leer con profundidad, un acto de resistencia
Por: Verónica Uribe Hanabergh
Decana de La Escuela de Artes y Humanidades
Los más recientes resultados de las pruebas PISA me llevaron a pensar en algo que va mucho más allá de las aulas: la manera en que se nos está dispersando la atención. Las pantallas, los múltiples estímulos y el flujo constante de información parecen estar afectando una capacidad fundamental para la vida cotidiana y profesional: la de leer con profundidad y comprender realmente lo que leemos.
La comprensión lectora no es un asunto menor. De hecho, se vuelve especialmente relevante en la vida adulta, cuando debemos tomar decisiones que afectan a otras personas. Esto aplica tanto para quienes ejercen liderazgo en organizaciones como para quienes desempeñan profesiones de enorme responsabilidad.
Lo pienso como decana, pero también como una adulta que cada día siente más difícil resistirse a la dispersión. Entre notificaciones, mensajes, correos y distintos canales de comunicación, sostener la atención se ha convertido en un desafío permanente. Y ahí está, precisamente, una de las claves para liderar bien.
Liderar exige poder leer con detenimiento, comprender un argumento y sostener una idea antes de actuar sobre ella o tomar una decisión. Exige preguntarse qué dice realmente un informe, qué revela un diagnóstico, qué plantea un libro o qué advierte un reporte. Supone detenerse a interpretar, analizar y contrastar antes de responder.
Hoy, sin embargo, ese ejercicio parece requerir una voluntad cada vez más consciente. Cerrar una puerta, apagar el celular durante un rato, leer algunas páginas sin interrupciones, volver sobre un párrafo, quedarse pensando en una idea y darle tiempo para madurar. Todo eso se ha convertido, de alguna manera, en un acto de resistencia.
Las consecuencias de no hacerlo son profundas. Si un empresario, un dirigente, un funcionario público o cualquier persona que tenga responsabilidades sobre otros no comprende adecuadamente lo que lee, difícilmente podrá tomar decisiones acertadas. Un contrato mal interpretado, un informe leído de manera superficial o un diagnóstico comprendido a medias pueden derivar en decisiones cuyos efectos terminan recayendo sobre terceros.
Por eso pienso que la comprensión lectora es mucho más que una habilidad académica. Es una responsabilidad ética. Lo es para quienes lideran, pero también para cualquier ciudadano que aspire a construir criterio propio. Comprender de verdad lo que leemos es la base para juzgar, decidir y actuar de manera responsable.
En tiempos de atención fragmentada, recuperar la lectura profunda es un reto enorme. Pero también es una necesidad. Porque entender lo que tenemos delante, detenernos en ello y permitir que una idea se forme antes de emitir un juicio sigue siendo una de las capacidades más valiosas que podemos cultivar como sociedad.