Investigadores eafitenses estudian los efectos de las CSA, modelo que une a familias agricultoras con consumidores urbanos

Junio 19, 2025

EAFIT, en el marco del programa Orquídeas, de Minciencias, lidera una investigación sobre la factibilidad y los efectos de Comunidades que Sustentan la Agricultura (CSA), que conectan a campesinos con consumidores urbanos, creando una red solidaria que garantiza ingresos justos y prácticas sostenibles.

La investigación se realiza a partir de cuatro estudios de caso y busca generar evidencia para impulsar políticas públicas que promuevan modelos de economía solidaria. La Universidad, además, alberga la CSA Camino a la Montaña, en la que participa una familia de agricultores de San Antonio de Prado (Medellín).

De acuerdo con el Informe de la Misión para la Transformación del Campo, elaborado por el Departamento Nacional de Planeación, el 69 % de la población que habita en zonas rurales en Colombia vive en situación de pobreza. Además, una familia campesina gana, en promedio, solo un tercio de lo que gana una familia urbana. Ante esta realidad, las Comunidades que Sustentan la Agricultura (CSA) surgen como una alternativa solidaria que une directamente a familias campesinas con consumidores urbanos (llamados coagricultores en esta iniciativa), promoviendo ingresos justos, alimentos limpios y prácticas sostenibles.

Además de ser parte activa de esta experiencia, Carolina Alzate Gouzy, posdoctoranda en EAFIT con el programa Orquídeas del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación y cofundadora de la Red CSA Colombia, lidera una investigación que estudia la factibilidad y los efectos de este modelo de economía solidaria a partir de cuatro estudios de caso: dos en el Valle del Cauca y dos en Támesis, Antioquia.

El objetivo de la investigación —en la que Carolina cuenta con el apoyo de Manuela Guevara, joven investigadora, y la tutoría del profesor Juan Carlos Muñoz, de la Escuela de Finanzas Economía y Gobierno de EAFIT— es generar conocimiento científico que contribuya a la formulación de políticas públicas que integren el campo y la ciudad desde una perspectiva agroecológica.

Los primeros hallazgos de la investigación muestran que las CSA ofrecen alimentos que no se encuentran en los mercados convencionales de Tuluá y Medellín, y que los valores en esos sitios superan el 10 % comparado con el valor de la suscripción a la iniciativa. Quienes participan activamente en los espacios de intercambio y encuentro de las CSA desarrollan un fuerte sentido de pertenencia y conciencia, lo que influye en su permanencia en la comunidad.

La diversificación de cultivos en las fincas, además, ha generado beneficios inmediatos tanto en la alimentación de las familias urbanas como en la de las propias agricultoras, transformando positivamente sus dinámicas de producción.

El impacto de las CSA va más allá de los alimentos. Estas comunidades regeneran el tejido social, promueven hábitos alimentarios más saludables y enfrentan con resiliencia los retos del cambio climático. Sin embargo, los desafíos son numerosos. Según Carolina Alzate, uno de los principales es de carácter cultural: “Prevalece la comida rápida, el consumismo que genera la idea que podemos consumir lo que queramos cuando queramos sin tener en cuenta el costo ambiental y social que está por detrás”.

Otro hito clave en ese proyecto ha sido demostrar que “cuando las mujeres rurales lideran procesos de cambio desde sus propias familias y territorios, se generan soluciones sólidas y sostenibles. A partir de experiencias concretas, se han fortalecido prácticas que impulsan la soberanía alimentaria, promueven el uso responsable de los recursos naturales y abren nuevas posibilidades para el desarrollo económico local”, reflexiona Juliana Ortíz Marín, jefa de la Unidad de proyectos en CTeI de EAFIT.

Una red que une el campo y la ciudad

Este modelo, nacido en Japón en los años 70 bajo el nombre Teikei, propone una alianza directa entre agricultores y consumidores para compartir alimentos frescos, agroecológicos y cultivados sin intermediarios. En Colombia, las CSA comenzaron a florecer en 2020 y hoy conforman una red creciente de colaboración, conciencia ambiental y economía solidaria.

Actualmente, existen 18 CSA activas en el país, que benefician a 45 familias agricultoras y más de 350 familias urbanas. Estas alianzas permiten cultivar una diversidad de más de 150 especies alimenticias y promueven la conservación de la biodiversidad. En departamentos como Antioquia, Valle del Cauca, Risaralda y Cundinamarca, las CSA ya no solo se entienden como una práctica de consumo, sino como una acción política y ética que construye comunidad.

“En este caso en particular, además de Antioquia tuvimos la oportunidad de trabajar con el departamento del Valle de Cauca, permitiéndole a los investigadores conocer y dinamizar las realidades de este territorio. Cada investigador o investigadora que viaja a un nuevo territorio por fuera de Antioquia representa el conocimiento, la capacidad técnica y el compromiso de EAFIT con el desarrollo regional y nacional”, explica Juliana, quien agrega que los proyectos de CTeI con alcance regional, nacional e internacional son una de las manifestaciones de la decisión de EAFIT de expandir sus capacidades y conocimiento a nuevos territorios y comunidades.

Para Mónica Martínez Martina, docente del programa de Ingeniería Ambiental en la Universidad Central del Valle del Cauca, su experiencia como coagricultora ha sido transformadora. “Me ha permitido comprender de cerca las dinámicas del campo, las realidades de los campesinos y la importancia de establecer relaciones más justas y humanas en la cadena alimentaria”, afirma. Igualmente, resalta que las CSA son una herramienta poderosa para construir soberanía alimentaria y promover prácticas agrícolas sostenibles.

Desde otra perspectiva, Dayana Quintero Ceballos, agricultora de la CSA El Maná en el Valle del Cauca, destaca el valor de esta conexión directa. “Mi experiencia con la CSA ha sido muy bonita. Esa reconexión con las personas que se alimentan de los frutos de nuestra finca es muy especial. Ya no es solo producir en cantidad, sino crear comunidad en torno a la tierra”, cuenta.

CSA universitaria

Camino a la Montaña, una comunidad que vincula a una familia agricultora de San Antonio de Prado con miembros de la comunidad universitaria, es la CSA que alberga EAFIT. Cada jueves, don Rubén Vélez y doña Luz Dary Gómez preparan canastas agroecológicas que se entregan a los empleados de la Universidad, fortaleciendo así el vínculo entre quienes cultivan y quienes consumen.

“En la práctica, cuando te suscribes a una CSA, ofreces un aporte financiero mensual, el compromiso mínimo es de tres meses, pero la idea es que te quedes con tu familia agricultora siempre. Cada semana recibes una canasta con un promedio de 10 alimentos diferentes, frescos, agroecológicos, directo de la tierra y de las manos de tu agricultor o agricultora”, afirma la investigadora Carolina Alzate.

Dayana coincide con Carolina al decir que en “la CSA se crea una relación más cercana. Se trata de rescatar lo que se ha perdido, valorar el campo, entender que la alimentación de calidad comienza con cuidar la tierra y a quienes la trabajan. Eso, sin duda, nos favorece a todos”.

El programa Orquídeas

El programa Orquídeas del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MinCiencias) en Colombia es una estrategia para reducir la brecha de género en ciencia y tecnología, impulsando a doctoras jóvenes e investigadoras. Esta iniciativa otorga financiación a proyectos posdoctorales liderados por mujeres con enfoque en investigación desarrollo tecnológico e innovación.

Según Juliana Ortíz Marín, “desde el proyecto comunidades que sustentan la agricultura - CSA, además de cumplir con los lineamientos del programa, hemos dado un paso más allá al incorporar una perspectiva de género en todas las etapas de la ejecución. No solo el equipo de gestión que acompaña este proceso está conformado en su mayoría por mujeres, sino que también hemos identificado que todas las familias participantes del proyecto son lideradas por mujeres. Esto habla del empoderamiento femenino en el territorio, del rol protagónico de las mujeres en los procesos de transformación social y la gestión de proyectos de Ciencia, Tecnología e Innovación, que le apuestan al cierre de brechas de género”.

Las personas interesadas en conocer más sobre las CSA o en vincularse a alguna de las iniciativas activas pueden comunicarse a los números de WhatsApp 318 640 7962 (Valle del Cauca) o 322 710 7673 (Antioquia).
 

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En los últimos 4 años EAFIT ha gestionado proyectos que impactan 32 departamentos de Colombia, en más de 300 municipios rurales y urbanos del país. En la imagen, una de las visita de la investigadora en la CSA El Maná.
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En los últimos 4 años EAFIT ha gestionado proyectos que impactan 32 departamentos de Colombia, en más de 300 municipios rurales y urbanos del país. En la imagen, una de las visitas de la investigadora en la CSA El Maná.
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EAFIT llega al pacífico colombiano con formación en IA a jóvenes de Guapi, Timbiquí, Tumaco y Buenaventura

Junio 16, 2025

Valle del Naidí Smart Life avanza en su propósito de formar en el uso de la inteligencia artificial para crear soluciones desde el territorio. En este caso se trata de 103 jóvenes afrocolombianos provenientes de los municipios de Guapi (Cauca), Timbiquí (Cauca), Tumaco (Nariño) y Buenaventura (Valle del Cauca).

El programa, que es una iniciativa entre la corporación Manos Visibles y EAFIT, a través de su centro Nodo, con el acompañamiento de Ekobots y Koulutus, impacta los sectores educación, salud, medio ambiente, comercio y derechos ciudadanos.

Jóvenes de Guapi, Timbiquí, Tumaco y Buenaventura se forman en inteligencia artifical gracias a Valle del Naidí Smart Life, una iniciativa de Manos Visibles y EAFIT, a través de Nodo, centro de formación en tecnología, con el acompañamiento de Ekobots y Koulutus.

Durante seis semanas, 103 jóvenes entre los 12 y 18 años participaron en una ruta formativa estructurada en cuatro módulos: Explorar, Experimentar, Crear e Impactar, donde aprendieron desde los principios de la inteligencia artificial (IA) hasta el desarrollo de 24 soluciones reales, como asistentes virtuales, brazos robóticos, bots para educación ambiental y canales de WhatsApp que enseñan a ejercer derechos ciudadanos.  

Sobre esta última solución, Henry Sinisterra, estudiante del municipio de Guapi (Cauca), expresa: “Con base en la herramienta de ChatGPT construimos una IA que nos ayuda a los ciudadanos del municipio a presentar quejas formales, con base en nuestros derechos y las leyes vigentes”.

Para José Betancur Álvarez, director de Nodo, esta iniciativa es una forma de potenciar el talento en las regiones. “Pensamos este proceso formativo desde un concepto básico: smart life, es decir, cómo podemos utilizar la inteligencia artificial generativa para transformar la vida. En el espacio que compartimos con los chicos y chicas del territorio, buscamos que al final apropiaran el conocimiento y lo utilizaran para mejorar su vida”. 

Y es que, además de aprender a usar tecnologías como ChatGPT, Arduino y WhatsApp API, este proceso iba más allá de enseñar código, pues buscaba que los estudiantes aprendieran a escuchar el entorno, traducir los ritmos de la marimba y los saberes ancestrales en datos, algoritmos y prototipos.

“Los proyectos no solo transformaron las habilidades técnicas de los chicos y chicas, sino que encendieron nuevas formas de imaginar el territorio, abriendo caminos hacia una autonomía tecnológica con identidad propia”, resalta Stiven Arteaga, coordinador académico de Nodo, quien acompañó el proceso.

Entre las propuestas desarrolladas por los jóvenes, destacaron aquellos que respondieron a problemas concretos de sus comunidades. Usando inteligencia artificial, crearon chatbots que automatizan tareas como la atención en negocios locales. En Tumaco, por ejemplo, se realizó el diseño de asistentes virtuales que, a través de WhatsApp, permiten agendar citas médicas, un proceso que usualmente implica largas filas. Esta solución fue implementada con el apoyo de actores locales de salud y se puso al servicio de las personas.

El poder de la inteligencia artesanal

Uno de los conceptos que surgió del proceso fue el de “inteligencia artesanal”, una forma de IA tejida desde la cultura, la memoria, los saberes del territorio y las necesidades cotidianas de las comunidades. Esta idea permitió integrar los conocimientos tecnológicos con las expresiones culturales propias.

“Llevar procesos tecnológicos al Pacífico significa un ejercicio de reivindicación. Es una forma de mostrarles a los chicos y chicas de nuestros territorios que existen otras alternativas, que hay muchas posibilidades para salir adelante. A través de la educación, acercamos estos procesos tecnológicos a las comunidades, para que estén al alcance de todos y todas, y para que podamos transformar nuestras realidades”, señala Klever Arrechea, cofundador y director de Tecnología de Ekobots.

En territorios con barreras estructurales tan marcadas, iniciativas como Valle del Naidí Smart Life no solo enseñan a programar, sino que reafirman el poder del conocimiento como herramienta para el cambio. Los jóvenes se convierten así en agentes de transformación que reinterpretan la tecnología desde su identidad y contexto.

“A menudo, cuando hablamos de equidad racial en Colombia, no pensamos en el campo tecnológico. Por eso, queremos mostrar que hay una generación afrocolombiana que ya está creando soluciones tecnológicas para los problemas de siempre”, afirma Paula Moreno, presidenta de Manos Visibles.

Hasta ahora, los impactos del programa han trascendido las sesiones formativas. Las comunidades han empezado a ver en sus jóvenes referentes y agentes de cambio que sustituyen la falta de oportunidades por creatividad, propósito y tecnología. 

Valle del Naidí Smart Life lleva en su corazón un propósito claro: democratizar el acceso a la inteligencia artificial generativa, cerrar brechas tecnológicas y acompañar a las juventudes afrocolombianas en la construcción de futuros posibles desde y para sus territorios.
 

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Foto de talleres en el Valle del Naidi- Nodo
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La ruta formativa integró pensamiento crítico y herramientas digitales para impulsar el cambio desde el territorio.
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