Cartilla de Abajo hacia Arriba

Daniel Hermelin Bravo

Candidato de Doctor en Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia / Magíster en Comunicación de la Universidad de Borgoña (Francia) / Magíster en Comunicación de la Universidad de Borgoña (Francia) / Magíster en Enseñanza y Difusión de las Ciencias y las Técnicas de la Universidad París XI (Francia) / Ingeniero Químico de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.

Un sistema que propicia el acceso a la educación superior de calidad y la movilidad social

Agosto 3, 2026

Ampliar el acceso a la educación superior requiere nuevas formas de conectar la filantropía, la inversión y la corresponsabilidad. A través de modelos de inversión de impacto como Potencia E y alternativas de financiación como Fondo Futuro, EAFIT impulsa nuevas posibilidades para que el talento no dependa de la capacidad económica.

Por: Verónica Vallejo Pizano
Líder de proyectos especiales e inversión de impacto en EAFIT

Nos moviliza una pregunta: ¿cómo lograr que el talento no dependa de la capacidad económica para acceder a la educación superior de la mejor calidad? No es una pregunta nueva. Lo que sí es nuevo y profundamente importante es la respuesta que hemos comenzado a construir en EAFIT y que va más allá de un programa, una beca o un fondo.

Se trata de un sistema vivo e interconectado que propicia la generación sostenible de acceso, la permanencia y la movilidad social a partir de la educación superior y a lo largo del continuo de capital, diseñado para evitar que los estudiantes con la capacidad de transformar su vida y la de su entorno se queden fuera de la academia por razones económicas.

En este ecosistema hablan de filantropía quienes donan por convicción, los inversionistas que exigen un retorno, el Estado, que busca la eficiencia social, la empresa, que quiere un impacto medible, y los estudiantes, que están dispuestos a aportar desde diferentes perspectivas para transformar la realidad. Ese sistema vivo les ofrece a todos un lugar preciso, estructurado y coherente.

Un sistema que rompe la lógica de todo o nada

Durante décadas, la conversación sobre el acceso a la educación superior se dividió en dos mundos paralelos que rara vez se tocaban: el mundo de la generosidad —becas, donaciones y subsidios— y el mundo de los pudientes y capaces de acceder al crédito —tasas, garantías, deuda e inversión tradicional—. El primero, limitado por la magnitud de los recursos disponibles. El segundo, inaccesible para quienes más lo necesitan.

EAFIT decidió no elegir entre esos dos mundos, sino diseñar la arquitectura que los conecta a lo largo del continuo de capital y que llena los espacios que ninguno de los dos alcanzaba a cubrir por sí solo. El resultado es un sistema con cuatro grandes nodos que se complementan, se refuerzan y, juntos, reducen las brechas que antes hacían que el talento se desperdiciara.

“El verdadero indicador de equidad no es cuántas becas entrega una universidad. Es cuántos estudiantes acceden, permanecen y se gradúan, generando una transformación social que perdura, sin que su origen económico haya sido el factor determinante”.

Las becas, bien sean propias o gracias a más de 1.300 aliados que incluyen desde grandes instituciones hasta personas naturales comprometidas como nuestros graduados, fundadores y empleados, que dejan incluso legados mediante Becas Perpetuas, representan el nodo de la filantropía de convicción y aportan recursos que se entregan con una expectativa de impacto precisa y significativa.

Entre el nodo de la Filantropía y del Impact First, se encuentran los recursos que se reciben para invertir a título de endowment y que buscan generar una equidad transgeneracional gracias a rendimientos financieros que en el mediado y largo plazo que se destinan a la generación de acceso.

En el centro aparece una innovación disruptiva: Potencia E, el primer vehículo de impacto estructurado de EAFIT que opera bajo el modelo de acuerdo de ingresos compartidos (ACI) mixtos. Su lógica es clara en su radicalidad: el estudiante no contrae una deuda fija o una financiación de crédito tradicional. Es un esquema de financiación mixto, con un porcentaje de beca y otro que el beneficiario debe cubrir en el futuro, durante un período determinado, una vez adquiera la capacidad de generar ingresos y pertenezca a una mutualidad.

Esto no es solo un instrumento financiero diferente. Es una declaración filosófica: la educación no es un riesgo individual que el estudiante debe cargar solo. Es una apuesta compartida por quien aprende, quien financia y quien forma. El riesgo se distribuye. La promesa también. Se requiere seguir los principios de mutualidad, equidad, disciplina, responsabilidad y cuidado de la onerosidad.

Para el inversionista de impacto, el ACI (Acuerdo de Ingreso Compartido) mixto ofrece algo más que lo que ofrece el crédito tradicional: una alineación genuina de los incentivos. El fondo prospera cuando sus graduados prosperan; por lo tanto, confía en la capacidad de generar valor e ingresos que tendrá el estudiante en el futuro, gracias a su desarrollo mediante los programas que ofrecen la Universidad y sus aliados, aunque en el momento presente ni él ni su familia tengan la capacidad económica para solventar los estudios. No existe el escenario en el que el financiador gana y el estudiante pierde, o viceversa. Es un modelo cuya estructura prohíbe la extracción.

El Fondo Futuro es la demostración de lo que ocurre cuando la innovación escala y logra sumar esfuerzos para alcanzar un propósito. En alianza con cuatro universidades y próximamente con una más, este fondo transforma la lógica del riesgo individual en fortaleza colectiva. Crea un portafolio diversificado de estudiantes de múltiples instituciones, programas, regiones y disciplinas, que ofrece al inversionista un retorno competitivo con el mercado, fundamentado en la capacidad de pago actual del estudiante y sus patrocinadores.

La unión no solo genera escalabilidad. También genera legitimidad, datos, poder de negociación ante el mercado de capitales y, en especial, una inercia en el acceso que es más difícil de alcanzar de manera individual.

El Crédito Tradicional EAFIT a tu Alcance es una alternativa de crédito tradicional consciente, creada por la Universidad para sus estudiantes, convirtiendo el crédito tradicional en una herramienta de transformación que responde a la necesidad de aquellos que buscan la flexibilidad en el pago. Es una apuesta estratégica de adaptación a las nuevas dinámicas económicas de las familias y, a su vez, fortalece la sostenibilidad financiera de la Universidad.

No importa dónde estemos, lo que cuenta es la posibilidad de crear oportunidades de la mejor calidad para todos y que así transformemos la sociedad.

Colombia necesita que las universidades que se caracterizan por su excelencia sean también universidades con equidad. Que la calidad académica y la diversidad socioeconómica dejen de hallarse en tensión y se conviertan en virtudes recíprocas. Que el acceso a la educación superior no dependa de la capacidad de pago, ni de si existe un donante dispuesto a aportar en el momento preciso.

Lo que EAFIT ha construido no es una colección de programas que conviven por la inercia institucional. Es un sistema deliberadamente diseñado para que cada nodo cumpla una función que los otros no pueden cumplir; para que el estudiante que no clasifica en un programa de becas o cuyos padres por cualquier motivo no pueden financiarlo encuentre su camino a través de un sistema potente; para que el inversionista que busca un retorno financiero competitivo y el que busca un retorno social encuentren un hogar en la misma arquitectura.

Esto es, en el sentido más profundo del término, infraestructura social para todos. Y este sistema transformador y su impacto real solo se miden por lo que posibilitan, por las vidas que cambian, por las comunidades que elevan, por las historias que permiten que se escriban y se muestren. Somos una entidad sin ánimo de lucro que vela por el bienestar de todos de manera integral.

El sistema de acceso de EAFIT demuestra que la equidad no es el opuesto de la excelencia. Es la capacidad de entender la diferencia para crear, inspirar y transformar.

Potencia E
Es un fondo de financiamiento educativo que combina capital filantrópico e inversión de impacto para financiar hasta el 100 % de la educación superior, a través de acuerdos de ingreso compartidos (AIC) mixto.

Propósito
Generar oportunidades de acceso y permanencia en la educación superior para jóvenes de los estratos 1,2,3,4,5 y 6 con gran potencial académico y con barreras económicas, para impulsar la movilidad social y el desarrollo económico, a través de un modelo innovador y sostenible de financiamiento educativo.

Objetivo
Movilizar recursos de inversiones y filántropos para financiar el acceso de jóvenes talentosos al pregrado en EAFIT y su conexión con oportunidades reales de generación de ingresos, para transformar sus vidas y las de su entorno.
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Es así como en EAFIT tomamos acciones decididas por la educación para perpetuar la capacidad de inspirar, crear y transformar, a partir de nuevos vehículos, un portafolio articulado y el entendimiento de un ecosistema de acceso a través del continuo de capital, con sus diferentes actores y grupos de interés.

 

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El futuro se construye con acciones decididas

Agosto 7, 2026

Claudia Restrepo Montoya, graduada del programa de Administración de Negocios
Rectora Universidad EAFIT

En Colombia, 8 de cada 10 jóvenes anhelan ir a la universidad. Solo 4 lo logran. Y entre quienes ingresan, 6 de cada 10 no terminan sus estudios por falta de recursos económicos. Detrás de estas cifras no hay solo una falla del sistema, también hay talento desperdiciado. Capital humano que el país necesita y que no se puede dar el lujo de seguir perdiendo.

Es necesario preguntarse qué hace posible el acceso a la educación superior. No solo quiénes logran ingresar a la universidad, sino qué condiciones permiten que ese acceso se convierta en una realidad ampliada para miles de jóvenes talentosos. El acceso se mide en cifras de cobertura, matrícula, cupos, pero detrás de ellas hay una pregunta más profunda: ¿qué se necesita, realmente, para que un joven pueda estudiar, permanecer en la educación superior y transformar la sociedad?

La educación superior importa no solo porque es un derecho o un ideal de equidad, sino porque es la herramienta más eficaz que existe para convertir el potencial de las personas en capacidad real para trabajar, crear, liderar y transformar el entorno. Cada año adicional de escolaridad en la educación superior genera en Colombia un retorno estimado del 20%, es decir, una mejora concreta en los ingresos de las personas. Ese retorno se traduce en empresas más productivas, en profesionales que conocen mejor las organizaciones y tienen capacidad para impulsar su transformación, en familias que cambian su historia de generación en generación. La educación no solo es una buena intención: funciona.

Esta realidad le impone al país una urgencia concreta, en clave de oportunidad: los estudios poblacionales nos dicen que entre 2025 y 2035, la población de jóvenes entre 17 y 21 años comenzará a reducirse, con cerca de 88.000 personas menos en esa década. Entre 2035 y 2045, la caída será de 500.000. Colombia está ante una ventana que se cierra. Cada joven que hoy no accede a la educación superior de calidad es talento que el país no recuperará. El costo de la inacción es irreversible.

La Universidad EAFIT entiende este desafío como propio. Por eso, esta segunda edición de Acciones decididas por la educación documenta lo que ha sido posible construir en 2025 de la mano de personas, empresas, fundaciones y organizaciones que decidieron actuar con nosotros bajo esta convicción y que entendieron que invertir en la formación del talento joven no es filantropía en el sentido tradicional del término, sino una decisión estratégica por el país que queremos.

Gracias a la confianza de 78 organizaciones y más de 1.200 donantes individuales, cerca de 3.100 jóvenes están desarrollando su talento desde esta Universidad. En 2026-1, 440 nuevos estudiantes comenzaron su carrera impulsados por alianzas formadas el año anterior. Uno de cada tres nuevos estudiantes de pregrado ingresó con algún tipo de beca, y el 28% de toda la población estudiantil de pregrado cuenta hoy con ese apoyo.

Los resultados son contundentes: la primera cohorte de Ingeniería Agronómica se graduó con el 100% de empleabilidad y regresó a los territorios rurales con herramientas para transformarlos, que es justamente lo que el campo colombiano necesita. El 83% de los graduados de pregrado de EAFIT están empleados y el 92,6% de quienes cursaron posgrado también. Estas cifras no son un fin en sí mismas, sino la evidencia de que la formación que aquí se ofrece tiene valor real.

Además de los resultados en acceso, el compromiso de EAFIT con la excelencia y el talento también exigió decisiones institucionales de fondo en 2025: la Universidad reformó sus criterios de admisión para que el ingreso responda al mérito y al potencial, lo que implicó además fortalecer el Programa E como ruta de preparación para quienes necesitan consolidar competencias antes de iniciar su carrera, de manera que lleguen a la vida universitaria con mayor solidez y claridad. Así mismo, EAFIT amplió los mecanismos de permanencia y acompañamiento académico a los estudiantes a lo largo de toda su trayectoria.

El camino de la excelencia también lo confirman la mejora sostenida y significativa en el desempeño en las últimas pruebas Saber Pro, así como el resultado del ranking QS 2025, indicador mundial de reputación académica universitaria. En este último, EAFIT figura entre las cinco mejores universidades privadas del país y primera en la región, además de ocupar el cuarto lugar en Colombia en empleabilidad de sus graduados. Porque la meta no es solo que más jóvenes entren a la Universidad, sino que salgan de ella siendo mejores profesionales, mejor conectados con el entorno, con criterio, con capacidades y con la confianza de quienes saben que su formación les sirve para algo.

Nada de esto ocurre solo con voluntad institucional. Colombia tiene un rezago significativo en filantropía e inversión de impacto para la educación. Mientras en Estados Unidos las donaciones superan el 2% del PIB, en América Latina rara vez alcanzamos el 0,5%. Cerrar esa brecha requiere un cambio de perspectiva para comprender que financiar la educación superior no es un acto de generosidad, sino la inversión con mayor retorno social y económico que existe. Por eso, EAFIT da un paso más allá al lanzar el primer fondo de inversión de impacto para el acceso a la educación superior en Colombia, una herramienta de innovación financiera que convierte ese cambio de perspectiva en un mecanismo concreto y replicable.

Las organizaciones que hoy acompañan a un joven talentoso en su formación no están donando, están construyendo el capital humano que sus propias industrias, sus territorios y su país necesitan para prosperar. Esto lo entendieron 1.649 estudiantes becados de EAFIT cuando firmaron el compromiso de aportar al Fondo de Becas, en cuanto sus ingresos se lo permitan. Un aliado confía en la Universidad, la Universidad confía en el estudiante, y el estudiante confía en la siguiente generación. Ese principio de confianza es el que sostiene esta iniciativa y permite que siga creciendo.

Esta publicación es una invitación a sumarse: a quienes ya hacen parte de esta comunidad, a profundizar el compromiso. A quienes aún no se han vinculado, a considerar que este es el momento. Colombia tiene talento en abundancia y juntos podemos crear las condiciones para que ese talento se desarrolle y se despliegue. Esto sucede cuando hay decisión y visión de largo plazo. Es la tarea más útil que podemos emprender.

El futuro del país está en su gente. Y se construye con acciones decididas.
 

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Quien aprovecha una oportunidad, crea muchas más

Agosto 3, 2026

Hay decisiones que transforman un camino y otras que terminan transformando la vida de muchas personas. A Verónica Londoño, graduada de Ingeniería de Producción, Graduada Inspiradora en 2021 e integrante del Consejo Superior una oportunidad le abrió la primera puerta. Años después, el valor de asumir nuevos retos, incluso después de una carrera consolidada, le confirmó que las oportunidades se construyen cuando nos atrevemos a dar el siguiente paso. Hoy, desde su liderazgo, su participación en el Consejo Superior de EAFIT y su compromiso como donante, sigue creando oportunidades para otros. Aquí nos habla de atrevernos, de la importancia de preguntar —porque el "no" ya está ganado— y cómo las acciones decididas pueden convertirse en el legado que dejamos en los demás.

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La educación superior y el mercado laboral en Colombia: pertinencia, acceso y aprendizaje a lo largo de la vida

Agosto 4, 2026

Durante décadas, el título universitario fue una promesa de estabilidad, empleo y movilidad social. Hoy esa promesa persiste, pero es más compleja. En un mercado laboral marcado por la aceleración tecnológica, la informalidad y la transformación de las habilidades, acceder a la educación superior ya no garantiza trayectorias sostenidas. La discusión ha cambiado: no se trata solo de cuántos jóvenes ingresan a la universidad, sino de qué tan preparados salen para un mundo donde aprender una vez ya no es suficiente.

Por Isabel Gutiérrez Ramírez
Directora de Estrategia de EAFIT

En febrero de 2026, el desempleo en Colombia cayó al 9,2 %, uno de los niveles más bajos de los últimos años. Al mismo tiempo, persisten señales que obligan a hacer una lectura más cuidadosa: las empresas reportan dificultades para encontrar talento con las habilidades que requieren; una parte importante de los jóvenes sigue por fuera del estudio y del trabajo, y la informalidad continúa marcando la trayectoria laboral de millones de personas. Las cifras no se contradicen. Lo que muestran es un mercado laboral que cambia más rápido que las trayectorias de formación y, por tanto, una discusión que ya no puede limitarse a la cobertura. La pregunta de fondo es otra: qué significa hoy estar preparado para ingresar, permanecer y progresar en el mundo del trabajo.

Ese desfase no es una impresión aislada. Cada vez hay más evidencia de que las demandas del mercado laboral evolucionan con una velocidad que los sistemas educativos no siempre logran seguir. Las transformaciones tecnológicas, la reorganización de los sectores productivos y la irrupción de la inteligencia artificial están alterando no solo los empleos disponibles, sino también las habilidades que se consideran valiosas. En este contexto, el título conserva su importancia, pero ya no opera como una garantía suficiente de empleabilidad. Su valor depende cada vez más de la capacidad que tenga cada persona para seguir aprendiendo, reconvertirse y responder a contextos cambiantes.

La discusión internacional ha empezado a nombrar este giro con precisión. Ya no se trata únicamente de formar para una ocupación específica, sino de construir capacidades transferibles, actualizables y verificables. Esto exige revisar una premisa de larga tradición en la educación superior: la idea de que la formación inicial puede ser suficiente para sostener una vida laboral de varias décadas. Esa idea resulta cada vez menos realista. Los ciclos de cambio son más cortos, las trayectorias profesionales son menos lineales y las exigencias de actualización son más frecuentes.

La inserción laboral juvenil en Colombia muestra, además, un rasgo que merece atención: una parte importante de los jóvenes se incorpora en segmentos del mercado donde persisten mayores niveles de inestabilidad, la informalidad y la escasa protección. Más que detenerse en una enumeración de sectores, lo relevante es advertir que buena parte de esas trayectorias iniciales transcurre en ocupaciones con menores márgenes de consolidación profesional y movilidad social. En ese sentido, el empleo juvenil no puede evaluarse solo por su capacidad de absorber mano de obra, sino también por la calidad de las oportunidades que ofrece: estabilidad, ingreso, protección social y posibilidades reales de movilidad social. Esa distinción es central, porque el acceso al trabajo no equivale necesariamente al acceso a un proyecto laboral sostenible.

En este contexto, la calidad de la relación entre las universidades y las empresas marca una diferencia sustantiva en términos de empleabilidad. No se trata solo de mantener vínculos formales, sino de construir una interlocución capaz de retroalimentar la formación desde los cambios del entorno productivo y, al mismo tiempo, de convertir a la universidad en un espacio donde las empresas puedan tramitar preguntas, desafíos y la necesidad de transformarse. Cuando esa relación se consolida, se configura un circuito de valor compartido: la empresa contribuye a hacer más pertinente la formación y la universidad aporta conocimiento, reflexión y capacidad de anticipación.

En EAFIT, el 83 % de los graduados de pregrado están empleados, y esta cifra aumenta al 92,6 % para los graduados de posgrado.

Mientras tanto, el sistema de la educación superior ha mostrado avances quizá más tímidos que lo que quisiéramos. La tasa de tránsito inmediato de bachilleres hacia la educación superior ha mejorado en los últimos años y el número de estudiantes que ingresa al sistema ha aumentado. La dirección es correcta, la velocidad es bastante lenta. Pero la magnitud del reto sigue siendo considerable. Aún hay una porción amplia de jóvenes que no logra acceder de manera oportuna a la formación superior, y entre quienes sí lo hacen persiste la pregunta por la pertinencia de la experiencia formativa y por su transformación en oportunidades reales de desarrollo personal y profesional.

Las universidades están llamadas a responder, al mismo tiempo, a dos exigencias que no siempre avanzan al mismo ritmo. Por un lado, deben formar personas para un mercado laboral concreto, con necesidades inmediatas, transformaciones sectoriales aceleradas y señales cambiantes. Por otro lado, tienen la responsabilidad de desarrollar capacidades de largo plazo: el pensamiento crítico, el juicio ético, el rigor analítico, la creatividad, la comprensión de contextos complejos y la disposición permanente para aprender. La presión del presente empuja con fuerza hacia lo primero. La responsabilidad más profunda de la universidad exige no perder de vista lo segundo.

Cerrar la brecha entre la formación y el empleo no pasa únicamente por ajustar los planes de estudio con mayor rapidez, aunque ese sea un frente ineludible. Supone, sobre todo, repensar la arquitectura misma de la formación. Implica reconocer que ningún pregrado podrá agotar, por sí solo, las necesidades de una vida laboral extensa y cambiante. De ahí la importancia creciente de trayectorias más flexibles, credenciales modulares, el reconocimiento de los aprendizajes previos y ofertas que permitan entrar, salir y volver a entrar al sistema educativo sin tener que empezar de cero cada vez. Más que una innovación marginal, esto empieza a convertirse en una condición de pertinencia institucional.

En este contexto, EAFIT ofrece una pista valiosa para la discusión. La Universidad parte de una premisa básica: la transformación ya no es una excepción, sino una condición permanente. Eso exige leer con atención los cambios del entorno, comprender cómo evolucionan los sectores y anticipar las capacidades que empezarán a ser relevantes. De ahí surge Imaginar Futuros, un centro desde el cual EAFIT observa las tendencias, interpreta las grandes fuerzas de cambio y sigue las señales que permiten pensar, con anticipación, los escenarios que vienen.

Esa lectura del entorno se conecta con una apuesta institucional más amplia: consolidarse como referente en educación del futuro, fortalecer el aprendizaje a lo largo de la vida y acompañar procesos de upskilling y reskilling. En la práctica, esto supone transformar la manera en que se ofrece el conocimiento: hacerlo más flexible, más personalizado y más ajustado a trayectorias formativas que ya no son lineales. Implica también ampliar el acceso, mediante modelos de financiamiento que permitan que más estudiantes ingresen, permanezcan y construyan una experiencia educativa con posibilidades reales de continuidad.

Ningún actor puede resolver por sí solo esta tensión entre la formación y el trabajo. El sector productivo no puede limitarse a señalar la escasez de talento sin involucrarse en la construcción de capacidades. El sistema educativo no puede responder de manera suficiente si actúa aislado. Y el sector público sigue teniendo un papel decisivo en materia de regulación, incentivos, sistemas de información y articulación institucional. Lo que está en juego no es únicamente la pertinencia de los programas académicos, sino la capacidad del país para construir mecanismos de coordinación a la altura de un cambio estructural.

Las cifras de desempleo, informalidad, desvinculación juvenil y vacantes difíciles de cubrir no son problemas independientes. Son manifestaciones distintas de una misma dificultad: la de conectar, con mayor inteligencia y oportunidad, las trayectorias de formación con las trayectorias de trabajo. La evidencia existe. El reto está en traducirla en decisiones institucionales, en alianzas sostenidas y en una visión compartida de largo plazo.

Tal vez la discusión no sea si el título perdió valor, sino qué tipo de valor puede ofrecer hoy. Durante décadas, se consideró una promesa relativamente estable de empleo y ascenso social. Hoy sigue siendo una base importante, pero ya no puede asumirse como una garantía suficiente. El verdadero diferencial no está solo en haber pasado por la universidad, sino en la capacidad de seguir aprendiendo después de ella, de adaptarse sin perder profundidad y de actualizarse sin renunciar al criterio.

Quizá ha llegado el momento de dejar de pensar la educación superior como una etapa que se completa, para empezar a entenderla como una relación que dura toda la vida. En un mercado laboral atravesado por la aceleración tecnológica, la incertidumbre y la transformación constante de las habilidades, ninguna formación inicial puede pretender ser suficiente para siempre. Por eso, el reto de las universidades ya no es solo graduar bien, sino seguir estando ahí cuando sus graduados necesiten volver, actualizarse, reconvertirse o simplemente comprender mejor el mundo que les toca habitar.

El título conserva su valor. Pero su verdadero sentido, hoy, depende de todo lo que posibilite después.
 

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La inversión más rentable que podemos hacer

Agosto 4, 2026

Colombia enfrenta un desafío decisivo: miles de jóvenes quieren acceder a la educación superior, pero las condiciones para hacerlo siguen siendo insuficientes. La principal barrera no es la falta de aspiración, sino de financiación. En un contexto de cobertura estancada y cambio demográfico, ampliar y diversificar los mecanismos de acceso no es solo necesario: es, hoy, la inversión más rentable que podemos hacer como sociedad.

César Eduardo Tamayo Tobón
Decano de la Escuela de Finanzas, Economía y Gobierno de EAFIT

Colombia enfrenta hoy una paradoja preocupante: miles de jóvenes quieren estudiar en una universidad, pero como sociedad no somos capaces de ofrecerles las condiciones para hacerlo. No se trata simplemente de una falla del sistema educativo. Es, más bien, el reflejo de una desconexión entre nuestras aspiraciones y las decisiones que tomamos con respecto a la financiación de la educación superior.

El primer síntoma es el estancamiento de la cobertura. Tras avances importantes durante la década pasada, el crecimiento en el acceso a la educación superior se ha frenado en los últimos años. La cobertura bruta pasó de 42 % a 53 % entre 2012 y 2017, pero solo aumentó hasta cerca de 57,5 % en los siete años siguientes, hasta 2024. De hecho, el número absoluto de estudiantes prácticamente no ha crecido: la matrícula de pregrado pasó de alrededor de 2,2 millones en 2017 a cerca de 2,35 millones en 2024.

Este comportamiento no responde a una demanda menor. Los jóvenes siguen valorando la educación y quieren acceder a ella. Según la Encuesta de Opinión en Educación 2024 de Empresarios por la Educación, el 94 % de los jóvenes considera que la educación es importante y el 82 % la percibe como útil para su vida. Sus aspiraciones educativas son amplias y consistentes. Una proporción importante aspira a completar los estudios universitarios, incluso de posgrado.

El problema, pues, no radica en la demanda: la principal barrera es la financiación. El 60 % de los jóvenes señala la falta de recursos como la razón principal por la cual no podrían alcanzar el nivel educativo al cual aspiran.

Y es que los mecanismos de financiación de la educación superior, que nunca han sido suficientes, se han debilitado aún más en los últimos años. La combinación que durante años permitió ampliar el acceso de manera sistemática —subsidios a la demanda, crédito educativo y expansión de la oferta pública— hoy tiene menos alcance. La incertidumbre sobre el crédito educativo, la reducción de los programas de apoyo y el escaso dinamismo de instrumentos como las becas han ido restringiendo las opciones para los jóvenes.

El resultado es un sistema en el cual el peso de la financiación recae cada vez más sobre las familias, muchas de las cuales no tienen la capacidad de asumirla. Esto limita el acceso y amplía las brechas entre estudiantes con distintos niveles de ingresos. En la práctica, el sistema termina siendo más excluyente que lo que sugieren las cifras agregadas de cobertura.

En este contexto, el Estado no tiene cómo cerrar la brecha por sí solo. La situación fiscal actual de Colombia es crítica, y cualquier esfuerzo por fortalecer la educación pública será insuficiente para responder a la magnitud del problema. Por ello, es necesario ampliar las fuentes de financiación y diversificar los instrumentos disponibles.

Colombia tiene un rezago claro en materia de filantropía e inversión de impacto para financiar la educación. Mientras en Estados Unidos las donaciones filantrópicas superan el 2 % del producto interno bruto (PIB), en América Latina este indicador es varias veces menor y pocas veces alcanza el 0,5 %. En países donde existe un mercado dinámico de filantropía, una parte importante de estos recursos llega a la educación superior. En el sistema anglosajón, por ejemplo, muchas universidades financian entre el 20 % y el 40 % de su presupuesto con donaciones y rendimientos de fondos patrimoniales. En Colombia, aunque hemos dado algunos pasos en ese sentido, estos mecanismos siguen siendo marginales.

Algo similar ocurre con la inversión de impacto, que en Colombia sigue siendo de escala limitada. Una medición reciente de Fedesarrollo (2025) encuentra que los activos bajo la gestión de este mercado se ubican en un rango cercano a los 1.200-1.500 millones de dólares (entre el 0,3 % y el 0,4 % del pib), con una participación de apenas 55 inversionistas activos. Además, se trata de un mercado concentrado en pocos actores, con una fuerte orientación hacia sectores como los de la inclusión financiera, la energía y el agro, y en el que la educación tiene una participación relativamente marginal. Todo esto limita el desarrollo de instrumentos que podrían ser particularmente útiles para ampliar el acceso a la educación superior, como los esquemas de financiamiento a estudiantes o los modelos de pago contingente al ingreso.

En la práctica, el país cuenta con pocas alternativas para financiar la inversión que podría traerle los más altos retornos. Estudios recientes sobre Colombia estiman que cada año adicional de escolaridad en la educación superior tiene un retorno de aproximadamente 20 %. Pero, además, la mayor inversión en capital humano eleva la productividad, facilita la movilidad social y fortalece la capacidad de innovación. Se trata también de un asunto relativo al crecimiento y a la equidad.

Debemos cambiar nuestra forma de entender el problema. La financiación de la educación superior no puede depender únicamente del Estado o de las familias. Debe involucrar a empresas, fundaciones e inversionistas, con instrumentos que permitan canalizar los recursos de una manera más estable y predecible.

Pero a este contexto se suma un factor que cambia el horizonte del problema: nuestra acelerada transición demográfica. Colombia está entrando en una etapa en la que la población joven comenzará a reducirse de manera significativa, cerrando una ventana que el país mantuvo abierta durante varias décadas. Las cifras son claras. Entre 2025 y 2035, la población de entre 17 y 21 años se reducirá en cerca de 88.000 personas. Entre 2035 y 2045, la caída será mucho mayor, con cerca de 500.000 jóvenes menos. Al mismo tiempo, aumentará la proporción de la población dependiente frente a la población en edad productiva.

Este cambio tiene implicaciones directas: cada cohorte de jóvenes será más pequeña. En ese contexto, dejar por fuera del sistema a una porción importante de ellos tiene un costo más alto para el país. La pérdida de capital humano se vuelve más difícil de compensar. El problema ya no consiste solo en ampliar la cobertura, sino en hacerlo en un lapso más estrecho. Las decisiones que se tomen en esta década van a definir la capacidad del país para adaptarse a estos cambios demográficos y sostener su crecimiento.

En síntesis, la situación actual combina una cobertura estancada con el debilitamiento de los mecanismos de financiación existentes, la escasa profundidad de la filantropía y la baja inversión de impacto, y un cambio demográfico acelerado. Debemos hacerle frente con acciones decididas en pro de la educación superior, para evitar que tal situación se convierta en una restricción estructural de nuestra capacidad de crecer y de prosperar.

20 sería el retorno de cada año adicional de escolaridad en la educación superior según estudios recientes sobre Colombia. 

La financiación de la educación superior no puede depender únicamente del Estado o de las familias.

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Ciencia Abierta en América Latina

Junio 4, 2026

¿nuevos paradigmas o viejas dependencias? 

 

La Ciencia Abierta (CA) es una oportunidad a una mayor transparencia y eficiencia en la actividad científica, a partir de modificar las prácticas como las conocemos. La noción presenta, por un lado, un conjunto de valores y principios que se recuestan sobre la más noble tradición de la actividad científica, aquella que busca incrementar el acervo de conocimiento de la humanidad por el bienestar y progreso general, a partir de su libre circulación y acceso. 

Por el otro, la CA ha tomado mayor relevancia estos años en respuesta al avance tecnológico que habilita técnicamente poder acceder a todo el conocimiento existente a través de plataformas digitales. Esta posibilidad plantea el dilema, en consecuencia, de habilitar, o no, en el espacio virtual la posibilidad de acceder libremente a ese conocimiento.

El conocimiento no se distribuye equitativamente. La actividad de I+D tiende a presentar altas economías de escala, lo que lleva a que esta se encuentre altamente concentrada —90 % del gasto en I+D se concentra en los primeros 10 países por volumen de inversión—. Por ende, las posibilidades, acciones y consecuencias de abrir la ciencia no son las mismas para todos los agentes del sistema científico. Es, en esencia, una decisión política sobre quién puede producir ciencia y quién puede beneficiarse de ella.

Si bien el Acceso Abierto (la posibilidad de leer sin pagar) fue la punta de lanza, hoy la CA es un archipiélago mucho más vasto de iniciativas. Implica tanto abrir la actividad científica a la comunidad científica —acceso abierto, software y hardware abierto, educación abierta, acceso a equipos de investigación abierto, datos abiertos—, como abrir la ciencia a la sociedad —agendas de investigación abiertas, ciencia ciudadana, diálogo con otros saberes, alfabetización científica, asesoría científica—.

Al formular una política institucional hacia la CA surgirán diversas tensiones de distinta índole. En un primer plano se encuentra la propiedad intelectual del conocimiento científico y el uso que se haga de ella. Abrir el acceso al conocimiento implica discutir sobre quién es el dueño de este y el uso que puede hacer, por lo tanto, de él —¿quién financió la investigación?, ¿qué riesgos trae su libre acceso?, ¿quién determina quién puede y quién no acceder?, entre otros—. En ese mismo plano, también observamos tensiones en la práctica científica y el dogma de libertad de investigación. Frente a una política de CA y la necesidad y oportunidad de abrir las agendas de investigación al diálogo con la sociedad, ¿quién define qué se debe priorizar en la investigación científica?, ¿quién financia esos procesos?

En América Latina, las universidades están llamadas a cumplir un rol protagónico en la implementación de la CA. Es en ellas donde se lleva adelante la mayor parte de la actividad científica en la región y, por lo tanto, es en ellas en donde sucederá o no la CA. Su rol es triple, como:

 

Protectoras del patrimonio: asegurar que la producción científica de la institución se preserve en repositorios propios y no quede atrapada tras muros de pago.

Reformadoras del incentivo: cambiar las métricas de evaluación. Se debe premiar la colaboración, el impacto social y la apertura de datos, no solo el factor de impacto de la revista.

Puentes territoriales: facilitar que la CA responda a las necesidades de la comunidad local, democratizando el uso del conocimiento para resolver diversos problemas como los ambientales, de salud o técnico productivos propios de los entornos donde se ubican.

La CA en América Latina es una gran oportunidad para dejar de ser solo “consumidores de ciencia” y poder asumir un rol activo como productores de soluciones. La política institucional en CA debiera ser la hoja de ruta para una ciencia que, por fin, sea de todos y para todos.

Sin embargo, adoptar la CA sin una perspectiva territorial y de capacidades sistémicas es peligroso. Existe el riesgo de lo que algunos llaman colonialismo de datos, donde lo producido por los investigadores del Sur Global en sistemas abiertos sea apropiado por laboratorios o empresas del Norte Global, con capacidad de procesamiento más competitiva, para luego ser vendido como soluciones privadas.

A su vez, sin una perspectiva de equidad, la CA podría profundizar las brechas existentes. Solo las instituciones con más recursos podrán cumplir con los estándares de apertura e inversión en infraestructura para acceder, dejando atrás a las universidades regionales o con menos presupuesto.

Por lo tanto, la CA es una ventana de oportunidad para acceder a mayor conocimiento, mejores infraestructuras y sistemas de investigación más consolidados; pero también podría resultar en generar mayores inequidades. Que suceda lo uno u lo otro dependerá de las políticas que se diseñen e implementen. La región tiene una oportunidad, depende de ella no perderla.

 

Autores

Guillermo Anlló

Oficina Regional de UNESCO (Montevideo, Uruguay)

María Luisa Eslava

Diseñadora gráfica

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