La rápida urbanización y la informalidad urbana

Junio 4, 2026

 

El mundo está experimentando un evidente proceso de urbanización: se prevé que la población urbana representará el 83 % en 2050. En el caso de Latinoamérica, este porcentaje podría ser del 81 %, aunque Colombia podría alcanzar un 85 %. 

La velocidad a la que ha ocurrido esta urbanización y un conjunto de políticas de vivienda inadecuadas han resultado en la proliferación de asentamientos informales o slums, esto es, asentamientos con viviendas precarias de materiales no duraderos, falta de servicios esenciales y tenencia insegura. Una de cada ocho personas en el mundo vive en viviendas informales, lo que significa que aproximadamente mil millones de personas viven en slums. Mientras en América Latina el 20 % de la población urbana reside en asentamientos informales y empobrecidos, en Colombia esta cifra es del 10 %. Es claro que una parte significativa de la urbanización viene acompañada de pobreza. 

En la literatura se han identificado varios factores que explican la formación y la proliferación de los slums, entre los que se destaca la informalidad laboral. En Colombia, el 60 % de los trabajadores se encuentra laborando en actividades informales: normalmente carecen de protección laboral y social, se caracterizan por tener bajo nivel educativo y trabajan en empresas pequeñas y con baja productividad, lo que implica que son altamente vulnerables a la pobreza, y enfrentan barreras para acceder a viviendas de buena calidad. Un estudio reciente para el caso de Medellín muestra que existe una marcada simultaneidad espacial de ambos tipos de informalidad, es decir, barrios con una marcada presencia de vivienda informal también presentan altos niveles de informalidad laboral. 

Las tendencias de urbanización con pobreza agravan los actuales patrones de segregación social y espacial en muchas ciudades de Colombia, lo cual va en contra de la intención de garantizar un acceso equitativo a los servicios básicos para todas las personas (como ha sido definido en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 11). Por lo tanto, para hacer frente a la pobreza urbana, es necesario adoptar políticas que se centren en las zonas más desfavorecidas de las ciudades y contribuyan a mejorar las condiciones laborales y de vivienda de sus residentes.

Slums: asentamientos informales, barrios autoconstruidos

Gustavo A. García

Doctor en Economía, profesor de la Escuela de Finanzas, Economía y Gobierno EAFIT

Alejandro Metaute

Ilustrador
(@alejandro_metaute)

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¿Debería ir más seguido al gimnasio?

Junio 4, 2026

 

Como todo el mundo en este imperio, el señor Sigma escucha voces que le piden que se mueva. 

Por ejemplo, hacia el gimnasio; hacia el fondo de la barra, donde está la ensalada; hacia donde apuntan el mercado y su comunidad profesional; hacia un lenguaje más incluyente (¿no sería mejor hablar de la señora Sigma?); hacia la izquierda, hacia la derecha o hacia el centro, que no siempre está en la mitad. 

El señor Sigma no puede evitar estas voces. No mientras viva —como vive— en el imperio retórico. La suya es una condición de audiencia. Sin embargo, el señor Sigma es libre —o eso le parece a él— y, por ello, tiene que decidir: ¿no sería mejor quedarse donde está? ¿Debería moverse? ¿Cómo moverse? ¿Hacia dónde? ¿Debería hacerse parte de algo? ¿A qué adherirse? 

El señor Sigma —que es un agente racional— tiene razones para actuar. Cuando le preguntan por qué hace algo, suele tener una respuesta. La mayoría de esas razones o bien se las ha escuchado a alguien más o bien las ha elaborado a partir o en contra de algo que ha leído, visto o escuchado. 

Sigma —cojámosle confianza— es un tipo particular de agente racional: es audiencia.

Las audiencias son interpeladas para que actúen de ciertos modos para que las cosas se mantengan en movimiento o cambien de curso. Los activistas de los movimientos sociales les piden adhesión a causas que mantienen “lo mejor” o impiden “lo peor” del rumbo de la sociedad. Los políticos las convocan a recobrar, a mantener o a producir el orden de cosas por el que el país “clama y necesita”. Los comerciantes las llaman a la adquisición de los bienes y servicios que las harán “felices”.

Las audiencias son incesantemente invitadas a actuar de ciertos modos para que el “bien” se recobre, se produzca o se mantenga. 

Pero Sigma es libre. 

Las cosas que le piden no ocurrirán solas, es necesario que él las haga. Los fines y todo lo que le presentan como bueno, justo y deseable tampoco se realizará solo, requiere de su acción. 

Además, como las acciones que unos le piden son incompatibles con las de otros, Sigma necesita razones para actuar. Y, por último, como no encuentra razones tan buenas que no valga la pena escuchar otras más, sus decisiones dependen de otras cosas que él hace: de cómo interpreta, evalúa y pondera lo que le dicen.

Para que se mueva y adelgace, le recuerdan el modo en el que quisiera vivir en el futuro. Para que haga uso de un lenguaje más incluyente, llaman su atención sobre las injusticias sociales basadas en distinciones de género. Para que hable y escriba en inglés, le muestran las oportunidades del mercado. Para que vote por la izquierda, le prometen el cielo en la tierra. Para conseguir su adhesión a cualquier movimiento, apelan a sus compromisos previos, personales, familiares, profesionales, políticos. 

El problema es que Sigma tiene muchos compromisos.

Por suerte también podría hacer lo contrario. Si tan solo le diera más importancia a un compromiso que a otro. Así, para que se coma el postre en el almuerzo familiar, le recuerdan que con el tiempo todos estaremos muertos. Para que haga uso de un lenguaje más económico, le señalan la conveniencia de facilitar la comunicación. Para que hable y escriba en español, le recuerdan que es la lengua en la que vive y piensa. Para que vote por la derecha, lo amenazan con el infierno en la tierra. 

Así que Sigma tiene que ponderar: ¿qué es más importante? ¿Vivir el presente o preparar el futuro? ¿La justicia o la eficacia? ¿El éxito o la autonomía? ¿Lo deseable o lo posible?

Aunque Sigma sueña con un punto medio entre los extremos, frecuentemente tiene que sacrificar más de una cosa que de la otra. ¿Cuál sacrificar un poco más? ¿Por qué? También para estas preguntas hay respuestas y razones en el imperio retórico, pero, precisamente por eso, en algún momento tiene que comprometerse con asignarle mayor importancia a una cosa que a las demás. Tiene que decidir a qué adherirse.

Para los observadores de Sigma, algunas de estas decisiones son más fáciles de predecir que otras. Las profesionales son las más sencillas: Sigma hace parte de una empresa racional que tiene unos fines colectivos y un modelo para la toma de decisiones con el cual intenta satisfacer por igual las necesidades del mercado y los ideales de la profesión. 

Las políticas, en cambio, son menos predecibles. Tanto las micropolíticas —como la de si usar un lenguaje incluyente— cuanto las macropolíticas —como la de por quién votar— requieren de Sigma compromisos personales. Con estas decisiones no solo se hace parte de un movimiento en pro de una acción colectiva: también se involucra en un conflicto.

Estas últimas decisiones no lo interpelan únicamente en la oficina y durante la jornada laboral, lo convocan en los corredores, en las reuniones sociales, en la soledad de su cuarto. No carecen de trasfondo histórico ni biográfico; se plantean como actualización de una vieja querella. No atañen a una sola dimensión de su vida, sino a muchas a la vez: a la justicia, a la seguridad, al bienestar, a la economía, a todas al mismo tiempo. Y no basta ningún experto para asesorar a Sigma, pues los expertos no se ponen de acuerdo entre sí. 

De modo que las decisiones de Sigma en la esfera pública son un poco desesperantes. Como es un hombre razonable que intenta escuchar todas las voces y atender a todas las razones, puede hacer una cosa o la contraria: para todo hay razones. Esto es motivo de desespero para quienes están convencidos de que hay al menos algunas razones principales, primordiales, indiscutibles, que cualquier ser humano mínimamente decente y racional debería aceptar. Es motivo de inquietud para los activistas de cualquier movimiento social que aspiran a la adhesión permanente de Sigma, así como, según queda dicho, es ocasión de incertidumbre para los profesionales que tienen por oficio predecir sus decisiones.

De manera interesante, también para Sigma sus decisiones públicas son un poco desesperantes. No solo resulta que lo comprometen personalmente, sino que además lo sitúan en algún lugar que lo define. Al tomar una decisión, él se acerca a algunas personas, con las que ahora tiene algo en común, y se aleja de otras, con las que también comparte otras cosas. Sus decisiones lo ubican en un círculo social y amenazan con sacarlo de otro, al que también quiere pertenecer. 

Las razones por las que decide darle más importancia a una cosa que a otra llevan su recuerdo a un lugar, a una frecuencia, a una emisora, en el espectro radial; lo llevan a una estantería, a un anaquel de su biblioteca; le recuerdan un hilo de una red social. No obstante, también, en sentido inverso, se pregunta Sigma: ¿será por haber frecuentado a esas personas, participado de esos círculos, sintonizado esa emisora, leído ese libro, replicado ese comentario en la red social?, ¿será por eso que unas cosas parecen más importantes que otras, unas decisiones más urgentes que otras? 

En ocasiones, este tipo de preguntas abruman a Sigma y entonces no quiere escuchar más voces: apaga el radio, cierra el libro, bloquea el teléfono móvil e intenta pensar en otra cosa: ¿debería ir más seguido al gimnasio?

 

Anotaciones del autor

A continuación, quisiera señalar algunas referencias bibliográficas que podrían resultar de utilidad para aquellos lectores a quienes les interese alguno de los aspectos de la vida del señor Sigma. 

Signos: El señor Sigma es un personaje teórico creado por el filósofo y escritor italiano Umberto Eco para la introducción de su estudio monográfico del concepto de signo. El señor Sigma es un animal semiótico, vive en un mundo de signos. El lector interesado en este aspecto de su vida puede consultar con provecho Signo (1973) y el Tratado de semiótica general (1975). 

El imperio retórico: Esta expresión es el título de una obra de Chaïm Perelman. Me ha parecido una expresión adecuada a mis propósitos en este texto porque nombra un aspecto relevante de la vida del señor Sigma: vive en un entorno dominado por la ley del discurso más persuasivo. En segundo lugar, porque en El imperio retórico, Perelman estudia algunos de los modos en los que los discursos ganan la adhesión de las audiencias. Por último, como esa obra hace parte de los libros que contribuyeron a la rehabilitación del campo de los estudios de la argumentación, he creído que su título serviría como expresión sinécdoquica de todo el campo. En cualquier caso, creo que el lector interesado en el entorno en el que vive el señor Sigma encontrará en la obra un valioso recurso.

Audiencia: La idea de que para los animales sociales y racionales ser audiencia no es un rasgo accidental se remonta a Aristóteles, por supuesto. No obstante, quien esté interesado en conocer la forma en que la condición de audiencia es analizada en el campo de los estudios contemporáneos de la argumentación puede consultar con provecho las obras de Christopher Tindale: Retórica y teorías de la argumentación contemporáneas (2017) y The philosophy of argument and audience reception (2015). 

Ponderación: La ponderación entre razones se entiende como la decisión de cuál de dos razones contrapuestas tiene más peso. En la medida en que este tipo de decisiones se puede y se debe justificar aduciendo nuevas razones, es una de las competencias argumentativas más exigentes. Como es también lo que más frecuentemente se le pide a la ciudadanía en las democracias contemporáneas, resulta un componente importante de cualquier programa de formación ciudadana. El lector interesado en la forma en que se realizan y se evalúan las ponderaciones puede consultar el texto de Hubert Marraud: En buena lógica (2020).

Júlder Alexander Gómez Posada

Doctor en Filosofía, investigador de la Escuela de Artes y Humanidades EAFIT

Laura Serna Restrepo

Diseñadora gráfica
(@lauraillustra)

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Nuevos mundos para el Derecho

Junio 4, 2026

 

15 de junio de 1990 

Sabina conoce las novelas de Julio Verne. Como una adolescente llena de curiosidad, se adentró en nuevos mundos de aventuras exóticas, de viajes, en los cuales se puede pensar en el poder transformador de la justicia y de la tecnología. 

Movilidad, instantaneidad, movimiento, transmisión, viaje, técnica y cultura son palabras que Julio Verne planteó en sus novelas que nos convirtieron en viajeros constantes en busca del descubrimiento de nuevos mundos y nuevas aventuras. Desde su mirada optimista, el viaje, la innovación y el descubrimiento obrarían en beneficio de la humanidad para construir un gran futuro. Verne quiso que el viajero del tiempo se enfrentara a los desafíos que cada parada de su viaje le exige. Una estación en la primera parte del siglo XX supondría enfrentarse a los grandes retos políticos de la humanidad y una parada al comienzo del siglo XXI le plantearía confrontarse con los desarrollos tecnológicos que buscan imitar al ser humano. 

 

15 de noviembre de 1997 

Siete años después, a punto de terminar su carrera de Derecho, Sabina encuentra que la transformación constitucional de Colombia es la realización de lo que encontraba en sus lecturas juveniles. El sexto aniversario de la Constitución significaba una ampliación de la protección de los derechos y de la transformación de la sociedad colombiana. Sabina descubre que su vocación es la de ser una jueza constitucional.

El fenómeno del viaje, del movimiento, de la transformación también es propio del mundo del Derecho. Este plantea un viaje que viene desde los tiempos de la antigüedad clásica, transita por el mundo medieval, se consagra como la estrella del mundo moderno y duda frente a la tecnología, en especial la tecnología digital y la inteligencia artificial generativa.

 

30 de octubre de 2008 

Sabina viaja por Colombia para conocer su realidad social y los problemas de las distintas regiones, estudia en distintas instituciones y abre su primera cuenta en una red social para contactar a sus amigos y para empezar a divulgar sus ideas. Esto le permite viajar, moverse, conectarse y abrir el camino para ser jueza constitucional. 

Las transformaciones y los desarrollos de la inteligencia artificial de los tiempos recientes generan una crisis de las categorías e instituciones jurídicas que se creían consolidadas. Este momento muestra que el Derecho no es algo estático, fijo, consolidado, sino que se mueve con la sociedad, la cultura, el mercado y la tecnología. Conceptos como el Estado, la democracia y los derechos humanos adquieren una nueva dimensión, la cual exige mirar de manera diferente la forma como aprendemos y operamos el Derecho.

 

02 de agosto de 2024 

Sabina, ya como jueza constitucional, va adentrándose en las discusiones digitales y tecnológicas. Hoy, por primera vez, se va a hablar de inteligencia artificial desde la Corte. Sabina se pregunta: ¿se deberían crear nuevos derechos en una era de inteligencia artificial?, ¿hay un cambio de paradigma en el Derecho con las tecnologías digitales?, ¿cómo se conserva el Estado Social de Derecho en un mundo inundado de inteligencia artificial? 

Estos nuevos tiempos nos invitan a dejar atrás al abogado como una figura rígida, atada a los formalismos, circunspecta, apegada a la dictadura del papel. La inteligencia artificial es un llamado a la flexibilidad, al movimiento, a la transformación y a la adaptación. Esto, sin dejar atrás las categorías jurídicas fundamentales, la defensa del Estado de derecho, de la democracia y de los derechos.

 

16 de agosto de 2030 

En un discurso como presidenta de la Corte Constitucional, Sabina afirma que el Derecho está vivo y en constante movimiento. Dice que el Derecho es tan infinito como las mentes que lo crean, que puede haber tantos derechos como sean necesarios para proteger la dignidad humana y que el Estado Social de Derecho también se transforma para mantenerse vigente en un mundo globalizado, en donde los problemas tienen dos caras, una local y otra transnacional. Ese día, Sabina se da cuenta de que lo que leía en las novelas de Julio Verne se volvió realidad.

 

Autores

José Alberto Toro Valencia

Doctor en Derecho, Escuela de Derecho EAFIT

Carolina Sánchez Vásquez

Magíster en Derecho, profesora asesora de la línea de Derecho Público del Consultorio Jurídico EAFIT

Marcela Cardona González

Diseñadora industrial
(@vamos.mar)

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Son datos y hay que darlos

Junio 4, 2026

Tecnología para la toma de decisiones agrarias 

 

¿Sabía usted que más del 90 % de las cosas que nos preocupan nunca van a suceder?

Un estudio de la Universidad Estatal de Pensilvania reveló que exactamente el 91,4 % de los pensamientos que nos generan inquietud no se hacen realidad.

Ese fue el resultado de una investigación que llevaron a cabo durante un mes con treinta personas diagnosticadas con trastorno de ansiedad. 

Si bien preocuparse es de humanos, no podemos negar que muchas veces nos afecta más de lo que nos ayuda, sobre todo en el momento en que el miedo o la incertidumbre nos paralizan. 

Pero hay algo que debemos reconocer: adelantarse a los hechos no nos hace necesariamente alarmistas, nos hace protectores, aún más cuando podemos gestionar los riesgos con inteligencia para prevenir pérdidas y convertir datos en buenas decisiones. 

Ahora, imaginemos eso para un fin que a todos nos interesa: proteger los alimentos que se producen en el campo.

 

Tecnología para relajarse un poquito

En Colombia, 3,4 millones de personas trabajan en el sector agropecuario. 

Una de ellas es Orlando Velásquez Cuartas, quien desde hace tres años tiene cultivos de aguacate y café en su finca Atardeceres, en el municipio de Armenia Mantequilla (Antioquia).

Uno de sus principales problemas era pensar que a lo largo y ancho de su propiedad podía sembrar todos los palos de café y aguacate que quisiera, pero después de un año y medio descubrió que la parte de arriba era para el café y la de abajo para el aguacate.

 

¿Cómo se dio cuenta? 

“Fue gracias a AgroProRisk, plataforma que me permitió conocer que mi finca tiene diferentes pisos térmicos, entonces el comportamiento climático de la zona de abajo es distinto al de la zona de arriba”, afirmó el productor de cuarenta y cuatro años, quien además, con ayuda de esta tecnología, ha logrado proteger su cultivo de los eventos climáticos, porque, como dijo: “este clima está muy loco”. 

Así, Orlando puede tomar acciones “de manera preventiva: alimentar el cultivo para que pueda aguantar un verano o un invierno muy fuerte. A eso también le sumamos poder protegerlo de los vientos que fracturan los árboles”.

 

Una cadena que impacta a todos 

Todo lo que menciona el agricultor tiene más sentido cuando se conoce que, solo en febrero de este año (2026), la emergencia invernal reportó 27.075 predios afectados y 30.113 hectáreas de cultivos dañadas en todo el país: plátano, arroz, maíz, algodón, yuca, patilla, hortalizas y cacao. Y la cosa no para ahí: en Colombia se pierden y desperdician anualmente más de 9 millones de toneladas de alimentos, el equivalente al 34 % de la producción total, suficiente para alimentar a ocho millones de personas al año, aproximadamente.

 

Pero pensemos en soluciones 

La producción es la etapa crítica en la que se registran más pérdidas y desperdicios, con cerca de cuatro millones de toneladas. Se trata de un problema que se debe atacar desde la raíz y por eso nació AgroProRisk, una línea directa con la tierra. 

La temporada de lluvias, el crecimiento de los cultivos, la temperatura, la humedad y la salud de las plantas son solo algunas de las variables que puede conocer el cultivador con esta tecnología. Con este conocimiento, “el agricultor empieza a entender dónde debe concentrarse para atender su cultivo”, comenta Alejandro Peña, doctor en Ingeniería, científico de datos y una de las piezas clave para que se creara AgroProRisk en la Escuela de Administración de EAFIT.

 

Y entonces, ¿qué es AgroProRisk?

En pocas palabras, es una plataforma de inteligencia aumentada que brinda información precisa y oportuna para la gestión de riesgos en el campo. 

Con esta tecnología se categorizan datos y se produce información valiosa para proteger los cultivos y el medio ambiente y optimizar el uso de recursos para generar beneficios sociales y económicos a largo plazo. 

Por ejemplo, un problema complejo en campo es cuando un sensor para cultivos de palma tiene que recorrer cuarenta y dos hectáreas diariamente para medir lo que pasa con el suelo en tiempo real. Sin embargo, con AgroProRisk tendría que inspeccionar solamente el 25 % y preocuparse de los focos donde hay un evento de riesgo particular identificado en la plataforma.

 

Certificaciones verdes e intermediarios financieros 

Con estos datos y esta eficiencia, además, se podrá llegar más rápido a certificaciones verdes, las cuales permiten la obtención de créditos y el apalancamiento del crecimiento del sector agro en Colombia. 

De otro lado, los bancos y entidades financieras pueden alinearse con estándares internacionales que los llevan a convertir la gestión del riesgo y su trabajo con los agricultores en resultados medibles, como la reducción o captura de gases de efecto invernadero.

Ese impacto puede transformarse en bonos de carbono, que luego se comercialicen y generen ingresos adicionales, lo cual es una nueva oportunidad de financiación para fortalecer las actividades agrícolas.

 

AgroProRisk, la mejor referencia para dar un crédito 

Frente a un historial crediticio de fines comunes y corrientes hay múltiples instituciones que regulan y proporcionan lo que se conoce como “referencia”, una información que facilita la emisión de un crédito. 

Sin embargo, para los créditos del agro hoy no existe ninguna base de datos o plataforma que dé a los bancos un historial con datos completos de la vida fértil del predio de los agricultores en Colombia. 

Con AgroProRisk, las entidades financieras pueden conocer cómo se encuentra el terreno, cómo se comporta el agricultor, si visita o no sus puntos rojos y los atiende, entre otros datos. 

Además, esta tecnología permitirá a las entidades bancarias dar cumplimiento a la Normativa 015 de 2025, emitida por la Superintendencia Financiera de Colombia (SFC), la cual establece lineamientos para que las entidades vigiladas identifiquen, evalúen y gestionen los riesgos ambientales, sociales y climáticos; y define los criterios y procedimientos que deben aplicarse en la administración de estos riesgos dentro de las operaciones de crédito.

 

Cosechando los frutos del trabajo 

En los seis años de desarrollo de AgroProRisk, la plataforma ha sido ganadora de tres premios. Además, fue reconocida como uno de los veinte proyectos más prometedores en el sector industrial por Impulsa Colombia y Rotorr-Motor. 

Este trabajo se ha hecho en asocio con el Newton Fund, una iniciativa del Gobierno británico para fomentar la investigación, la innovación y la tecnología en países asociados como Colombia. AgroProRisk ya opera en campo, y empresas como la Cooperativa Financiera Cootrafa hacen uso de ella para el estudio de sus créditos. 

Está bien que la ciencia haya determinado que más del 90 % de lo que nos preocupa nunca sucede, pero eso no quiere decir que no haya que aprender a gestionar los riesgos. 

Y eso es precisamente lo que hoy permite AgroProRisk: transformar la duda en decisiones y la inquietud en acción.

 

Autores

Yuliana Zuleta Villegas

Periodista

Julián Carvajal Zapata

Comunicador gráfico publicitario
(@caarza)

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Cuando la vida se estira

Junio 4, 2026

y empezamos a vivir más años 

 

Aurora está estrenando apartamento. Dijo que quería vivir sola y tener su propio espacio. 

Arrendó un lugar en un tercer piso, sin ascensor, cerca de la Avenida 80, una de las vías más concurridas de Medellín.

En sus maletas carga un parqués —porque le encanta y es buenísima jugando—, dos cirugías de corazón abierto, un cateterismo y una mano izquierda que ha empezado a temblar a modo de bienvenida por sus 78 años como habitante del mundo.

No sé si es muy terca. Eso dicen todos de los adultos mayores: que entre más pasan los años, más confiados pasan la calle. Que crecen y vuelven a ser niños.

Yo diría que se vuelven más curiosos.

Lo cierto es que la realidad nos cacheteó en la cara con una certeza: la abuela vive sola. Corrijo: la abuela quiere —demanda, exige, pide— vivir sola. Aurora es mi abuela materna y, así como la mayoría de adultos mayores de Colombia, decidió (sin saberlo) desafiar el canon postpensión. Sí, es que algunos cálculos estimaban que una persona viviría entre cinco y diez años después de jubilarse.

Ahora, ese tiempo se extendió hasta casi 40 años y, aunque aún no es la norma en la población de adultos mayores, hay cifras que, lentamente, van respaldando esta predicción: la esperanza de vida en el país es de 77,5 años y todo indica que seguirá subiendo. Parece que se acaba el trabajo y empieza la vida.

Además, en Medellín, durante los últimos 20 años, los mayores de 60 pasaron de representar el 10 % al 18 % de la población. Y para 2035, será la ciudad más envejecida del país.

Es un hecho: estamos viviendo más.

¿Cómo este proceso de alargar nuestro tiempo en el mundo afecta la forma en que nos relacionamos con él? ¿Tener más años significa, necesariamente, querer vivirlos? ¿Acumular más años nos garantiza más felicidad?

 

Más años ≠ mejor vida

Teniendo a Aurora como foco, llegó el momento de indagar, conversar y ahondar más en un tema que tiende a reducirse a la edad.

Algunos especialistas coinciden en que extender la vida nos pone de frente a nuevos retos sociales, políticos e, incluso, éticos.

“La longevidad no es solo una acumulación de años”, explica Águeda Valencia, enfermera de profesión y coordinadora del área de Ciencias del Cuidado y la Vida de la Universidad EAFIT. “Prefiero definirla como una capacidad: la de vivir más, pero también mejor”.

Y, ¿qué significa vivir mejor? En su momento, el camino era sencillo: casa-carro-maestría. Nacer, crecer, reproducirse, morir. ¿Cuál será la nueva receta?

“Éticamente, como sociedad, nos corresponde ponernos de acuerdo en qué es vivir mejor. Mejor dicho: en qué tipo de vida queremos vivir, porque será esa la que nos espera en un futuro”, puntualiza Águeda.

Esto puede suscitar otros debates más álgidos, como el de la eutanasia o el suicidio asistido, pues habitar un contexto que facilite vivir más años no significa, por defecto, querer hacerlo.

Sin embargo, pensar en el final voluntario de la vida no es algo propio del aumento de la longevidad. En Colombia, la eutanasia está despenalizada desde 1997, gracias a la Sentencia C-239 de la Corte Constitucional. Aunque estuvo inicialmente pensada para pacientes terminales, el alto tribunal ha extendido su alcance a menores de edad, a personas con enfermedades graves e incurables e, incluso, en 2022 se despenalizó el suicidio médicamente asistido.

Hay marco jurídico, pero aún falta el legislativo, pues el proyecto de ley que buscaba reglamentarlo no logró obtener los 94 votos necesarios en la Cámara de Representantes. La norma buscaba establecer un estamento legal claro que incluyera la voluntad anticipada.

¿Qué pasará cuando nos enfrentemos a esos años “extra”? ¿Querremos vivirlos?

La paradoja de la premisa de Águeda es que se vive en el futuro, pero se construye —cada vez con más urgencia— en el presente.

Si usted, como yo, está en sus veintes o treintas, pensar en longevidad se siente como algo lejano —y hasta ajeno—.

Pero la certeza de que viviremos más años nos pone una “tarea” adicional: prepararnos para ello, y cada vez con más ahínco. Aparece entonces una segunda paradoja, que más bien parece una carrera: la de “maximizar” o “potenciar” el hoy para “mejorar” el mañana.

Suena bien, ¿no?

Planear, ahorrar, tener visión. Pero esto podría suponer una nueva tiranía, una forma de autoexigirnos frente a algo que es, a todas luces, incierto. Es lo que Byung-Chul Han, uno de los filósofos más relevantes del siglo XXI, llama sociedad del rendimiento.

Este autor explica cómo hemos pasado de la sociedad disciplinaria (cárceles, cuarteles y fábricas) a una opresión disfrazada de productividad: gimnasios, oficinas en las casas y compromisos a los cuales no podemos fallar.

¿Ha escuchado el término “construir mi mejor versión”? Por ahí va la cosa.

La tesis central del filósofo surcoreano es que somos autoexplotadores: al mismo tiempo, víctima y verdugo. Somos libres para autosometernos.

¿A qué?

Entre otras cosas, al punto central de este texto: a un presente obsesionado con un buen futuro y con acumular más años —aunque esto nos cueste la vida—.

¿Cómo saldar esta tensión? Para Mariantonia Lemos, doctora en Psicología e investigadora de la Universidad EAFIT, el concepto de mente sabia, de Marsha Linehan, puede ser una buena guía.


Linehan, creadora de la terapia dialécticoconductual (DBT, por sus siglas en inglés), propuso este concepto clave que representa el equilibrio entre la mente racional y la mente emocional. 

Se logra a través de una práctica ya bastante conocida: el mindfulness o la atención plena. “Si todo lo hago pensando en mi yo del futuro, no sé muy bien cómo le va a ir a mi yo del presente”, explica Mariantonia.


Tratar de sobrevivir al mundo ajetreado de hoy mientras estamos en la carrera por el futuro no es un tema individual: es una conversación estructural sobre las formas de vida que moldearán los años que vienen y los entornos que habitamos en esta carrera por acumularlos.

 

Diseñar ciudades para vivir más años

Construir ese balance entre presente y futuro no depende solo de decisiones propias. El entorno en el que envejecemos también determina, en buena medida, qué tan posible es moverse, decidir y vivir de manera autónoma.

Mi preocupación por la independencia de Aurora no es solo una inquietud genuina de nieta. Corresponde, también, a un aprendizaje social acerca de cómo tratamos a los adultos mayores.

Elizabeth Rendón, directora del Área de Diseño de Productos y Experiencias de EAFIT y doctora de la Universidad Tecnológica de Delft, explica que nuestra relación con la longevidad no es solo un tema biológico, sino también social.

“Muchas veces empezamos a restringir el movimiento de los adultos mayores: les evitamos el esfuerzo, les reducimos los retos, los invitamos a la quietud”, cuenta. “Sin darnos cuenta, vamos limitando su capacidad de moverse y, con ello, su autonomía”.

Quizá esto puede provenir de lo poco adaptadas que están nuestras ciudades para habitar la longevidad.

No es en vano: en Colombia el 77 % de los adultos mayores de sesenta años viven en zonas urbanas o cabeceras municipales, principalmente en Bogotá, Medellín y Cali.

Las ciudades tienen unas características que pueden empeorar la calidad de vida: mayor polución, contaminación auditiva y un impacto constante sobre el sentido de alerta del sistema nervioso, ocasionado por la hiperconectividad digital y la cantidad de estímulos en el ambiente.

De esto queda una conversación pendiente y cada vez más urgente: ¿cómo deben cambiar nuestras ciudades para ser habitables para una población cada vez más adulta? Si con los años llegan enfermedades y dolores, ¿qué hacemos para que la ciudad los sane y no los agudice?

 

Un nuevo nicho de mercado

Volvamos al punto. El nuevo arriendo no es lo único que paga Aurora con su pensión. También va a clases de natación, tiene un plan de medicina especializada para sus revisiones periódicas y ha sido estudiante de uno que otro curso de manualidades.

La forma en la que Aurora destina sus ingresos es lo que ahora llamamos economía plateada: todos aquellos productos y servicios cuyos usuarios finales son los adultos mayores.

Si bien en Colombia es aún incipiente, algunos cálculos estiman que representa un poco más del 12 % del PIB nacional. La fuerza económica de los mayores de 60 es lo que nombraríamos un diamante en bruto y puede tratarse de un mercado bastante favorable por dos razones.

Primero: los adultos mayores son la fuerza laboral más desaprovechada de todas. Según la Organización Internacional del Trabajo, cerca del H80 % de las personas mayores de 50 años en Colombia ha enfrentado barreras para acceder a empleo. Segundo: estamos ante un mercado potencial con tres variables a favor: volumen, capacidad adquisitiva y crecimiento. Con la esperanza de vida cada vez más alta y el aumento de adultos mayores en el país, es un nicho que, sin duda, representa oportunidades importantes para movilizar la economía nacional.

Las cifras a nivel región sustentan este panorama. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) proyecta que, para 2050, casi 3 de cada 10 personas en América Latina y el Caribe serán mayores de 60 años. El escenario para 2090 es de cerca de 4 de cada 10. Más que el resto de continentes.

Las cifras del BID confirman lo que Aurora ya practica: la longevidad no es una anomalía, es el nuevo promedio. 

La pregunta, entonces, no es si vamos a vivir más, sino si estamos dispuestos a repensar todo lo que creíamos saber sobre cómo hacerlo: los hábitos, los entornos, las instituciones, las ciudades. Y quizás, también, la forma en que miramos a quienes ya llegaron antes que nosotros.

 

Autores

Valeria Querubín

Comunicadora social

Ricardo Macía Lalinde

Diseñador gráfico y magíster en Arte, Idea y Producción
(@ricardomacia)

Christian Alexander Martinez Guerrero

Comunicador social, coordinador editorial de la Revista Descubre y Crea

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Editorial: donde no parece ocurrir nada, el movimiento persiste

Junio 4, 2026

Un cuerpo tiembla en la pista. El bajo atraviesa el pecho, los pies responden antes que el pensamiento y, por un instante, todo parece sincronizarse: cuerpos, luces, ritmo. Afuera, la ciudad continúa su curso: tráfico, decisiones, transeúntes, como si ese pulso íntimo fuera apenas una variación más de un movimiento mayor. Alguien camina por la ciudad y la Luna lo sigue; no importa cuántas cuadras avance, ni cuántas veces cambie de dirección: ahí está, suspendida, acompañando cada paso.

Durante siglos, esa sensación íntima fue una pregunta abierta: ¿Por qué la Luna nos persigue? Hoy sabemos que no es la Luna la que nos persigue, sino nuestra forma de percibir el movimiento.

En el siglo XX, Albert Einstein desestabilizó una de las certezas más arraigadas de la modernidad: que el movimiento del tiempo discurría de manera absoluta, independiente de quien lo observara. Con la teoría de la relatividad, el espacio y el tiempo dejaron de ser absolutos. Se volvieron maleables, dependientes del observador. El movimiento ya no era una línea recta: era una relación.

Esa idea atraviesa este número de la revista. Porque no solo se mueven los cuerpos; también se mueven las economías, las ciudades, las culturas y los afectos. Lo que parece estable —un mercado, una institución o una identidad— se encuentra, en realidad, en permanente transformación.

Las finanzas se mueven con la velocidad de los algoritmos y reconfiguran los territorios. Las migraciones humanas trazan mapas invisibles de desigualdad y esperanza. Medellín ensaya nuevas formas de movilidad sostenible mientras redefine su diseño urbano. Incluso los juzgados, lugares donde el tiempo parece detenido, revelan que la inmovilidad también es una forma de movimiento: una que acumula consecuencias.

El movimiento es lenguaje. Está en el perreo, donde el cuerpo negocia poder, deseo e identidad. Está en la ciencia, cuando el caos deja de ser desorden y se reconoce como una forma compleja de organización. Está en la vida misma, donde moverse —es decir, respirar, caminar y persistir— constituye una condición de existencia.

Pero no todo movimiento es progreso. Hay desplazamientos forzados, crisis que se propagan, sistemas que se aceleran hasta romperse.

Comprender el movimiento implica, entonces, asumir su ambivalencia: su capacidad de crear y de desestabilizar. 

Esta edición de la Revista Descubre y Crea es, en sí misma, un dispositivo en movimiento. Un espacio donde el conocimiento circula, se traduce y se expande más allá de sus lugares de origen. Porque divulgar también es mover, sacar las ideas de su órbita habitual y ponerlas en relación con otros. 

Quizás el desafío no sea seguir avanzando, sino aprender a observar. Entender desde dónde nos movemos y hacia dónde vamos. Hay que reconocer que, incluso cuando creemos estar quietos, todo, absolutamente todo, ya está en marcha.

 

Antonio Julio Copete Villa

Vicerrector de Ciencia, Tecnología e Innovación
Universidad EAFIT

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Lecciones holandesas para la agricultura colombiana

Los tiempos de la agricultura colombiana se rigen por el clima. Tenemos luz solar constante, agua abundante y diversidad de pisos térmicos que permiten sembrar casi cualquier cultivo durante todo el año. Pero si el cambio climático altera ese reloj natural, ¿cómo seguiremos cosechando? Holanda, con poco sol y temperaturas bajas, es uno de los países del mundo más eficientes en agricultura. A través de mejora continua y tecnología de optimización, se liberó de las limitaciones del reloj climático y se convirtió en un referente mundial de producción eficiente y aprovechamiento de recursos. ¿Qué podríamos aprender en Colombia de esto? 

1. Holanda no espera: así se cultiva el futuro

Colombia es aproximadamente 27 veces más grande que Países Bajos.; incluso Antioquia es más grande que Holanda.  A pesar de ser tan pequeño, Países Bajos es el segundo mayor exportador agrícola en el mundo, solo después de Estados Unidos.

Entre sus principales productos destacan los cultivos hortícolas como tomate, pepino, pimentón y lechuga, además de papa, cebolla y flores, especialmente tulipanes, junto con una fuerte industria láctea.  

Estos cultivos también son posibles sembrarlos en Colombia, sin embargo, surge una duda, ¿qué están haciendo diferente ellos?

Durante una semana, un grupo de estudiantes colombianos del sector agrícola viajamos a los Países Bajos con apoyo del ICETEX para visitar universidades, centros de investigación aplicada, empresas hortícolas y proveedores de tecnología.  

El objetivo: entender cómo funciona uno de los sistemas de agricultura protegida más avanzados del mundo. Lo que encontramos no fue solo tecnología. Fue una filosofía de producción.

No tienen una postura reactiva frente a lo que pasa en campo, sino que se están anticipando constantemente a las adversidades. El clima, el crecimiento de la planta, la demanda del mercado e incluso la mano de obra se planifican con precisión.

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2. Es el tiempo de aprender haciendo

Hay una diferencia sutil pero profunda entre saber cómo crece una planta y saber cultivarla. La primera se aprende en un aula; la segunda, solo en el surco. En la Universidad de Ciencias Aplicadas de Aeres, en Dronten, esa distinción no es filosófica: es el principio que organiza toda la formación. El aprendizaje allí no ocurre en un futuro lejano ni se queda atrapado en el aula.

Los invernaderos de Aeres no son espacios de demostración. Son laboratorios vivos donde estudiantes, docentes y empresas trabajan juntos sobre problemas reales, con financiación gubernamental y retroalimentación constante del sector productivo.  

Un estudiante no espera graduarse para entender cómo funciona un cultivo; está adentro, probando prototipos, ajustando variables, fallando y corrigiendo. Los egresados, además, retroalimentan los programas con encuestas sobre qué les fue útil en la práctica y qué no.

El conocimiento tiene, literalmente, fecha de vencimiento: si no responde a las necesidades actuales del mercado, se actualiza.

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Este modelo comprime el tiempo entre aprender y aplicar. No se forma para algún día; se forma para que funcione ahora.

El contraste con muchos contextos colombianos es incómodo, pero necesario de nombrar. En Colombia, la formación es bastante teórica. Y la única forma real de aprender a cultivar una planta es hacerlo tú mismo, no leerlo en un libro.  

Y esto es un resultado frecuente: profesionales que pueden explicar muy bien una planta, pero que no necesariamente saben cultivarla.

No se trata de un problema exclusivo de Colombia, pero sí de una brecha que se vuelve más visible cuando se contrasta con el modelo holandés, donde la práctica no sigue a la teoría, la acompaña desde el primer día; y donde el tiempo invertido en formación se mide no por horas de clase, sino por problemas reales resueltos.

La lección que dejó esta visita no es solo institucional. Es personal: antes de querer transformar un sector, hay que transformarse uno mismo. Entierrarse las manos, entender los sistemas desde adentro, acumular el tipo de conocimiento que no cabe en un libro.  

 

3. Lo innovador de saber esperar

Innovar implica entender que los resultados no son inmediatos. Es un trabajo que exige paciencia, seguimiento constante y, sobre todo, articulación entre actores. No se trata de soluciones rápidas, sino de procesos acumulativos que mejoren la producción en el largo plazo.  

Cada ensayo, cada error y cada ajuste se convierte en información que alimenta el siguiente paso. En los Países Bajos, varias empresas han hecho de esa paciencia su mayor fortaleza. 

3.1. Schoneveld Breeding

Es una empresa que lleva décadas desarrollando nuevas variedades de plantas ornamentales. Su trabajo combina investigación genética con una lectura fina de lo que el mercado va a querer, no hoy, sino en los próximos cinco o diez años.

Crear una nueva variedad no es cuestión de semanas: es un proceso que puede tomar años de cruces, selección y pruebas antes de que una flor llegue a un florero en cualquier parte del mundo. Aquí el tiempo no es un obstáculo; es el ingrediente principal.

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3.2. VanderKnaap

Trabaja en investigación de sustratos, es decir, los materiales en los que crecen las raíces de las plantas dentro de los invernaderos.

La empresa no solo investiga cómo mejorar el rendimiento de estos materiales, sino cómo hacerlos más sostenibles.

Uno de sus proyectos más llamativos es el desarrollo de bolsas de sustrato biodegradables, diseñadas para durar exactamente una temporada de cultivo y luego descomponerse. Un producto que nace con fecha de caducidad programada, justo lo que necesita ese mercado hoy.

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3.3. Koppert Biological Systems

Tiene una filosofía que lleva décadas ganando terreno frente al uso de pesticidas químicos: el control biológico.

En lugar de combatir las plagas con venenos, Koppert estudia el comportamiento de insectos benéficos, ácaros depredadores y microorganismos que regulan de forma natural el equilibrio del ecosistema dentro del invernadero.

Su enfoque no solo reduce el impacto ambiental, sino que requiere algo que la agricultura convencional suele subestimar: tiempo para observar, para entender cómo se relacionan los organismos, para confiar en que la naturaleza puede ser aliada antes que enemiga.

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4. La rentabilidad marca el ritmo

Jasper den Besten pasó décadas enseñando sistemas de cultivo de alta tecnología en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Aeres, en Holanda, y hoy asesora empresas en innovación hortícola en América Latina, Asia y Medio Oriente.

En conversaciones con él, explica “cada decisión debe tener un sentido económico. No se trata solo de producir, sino de saber cuánto cuesta”. Más que una frase, es una forma de entender la producción: aquí no se avanza por inercia, se avanza porque los números lo sostienen.

Eso cambia por completo la forma de operar. Los agricultores saben cuánto cuesta cada proceso, cuánto tarda y en qué momento una inversión realmente vale la pena. En los Países Bajos, por ejemplo, un agricultor sabe de memoria cuánto cuesta producir un kilo de tomates. En Colombia, la mayoría no tiene esa cifra clara.

Desde esa lógica, den Besten tiene una postura que puede sonar contraintuitiva viniendo de un especialista en alta tecnología: un invernadero no es el siguiente paso lógico en la modernización agrícola; es una inversión que tiene que justificarse. "Si puedes producir bien y barato a campo abierto, no necesitas un invernadero", explica.

Solo vale la pena construir uno cuando mejora la calidad del producto, permite producir durante todo el año o abre acceso a mercados dispuestos a pagar más. De lo contrario, no es una inversión racional, es un gasto disfrazado de progreso.

En Holanda no se enamoran de la tecnología, la cuestionan. Cada innovación tiene que demostrar su utilidad antes de ser adoptada.

Esta idea cobra vida concreta en la visita a Warmonderhof, un centro de formación e investigación en agricultura biodinámica que, lejos de apostar por la alta tecnología, trabaja con sistemas productivos en suelo e invernaderos de baja complejidad, sin calefacción.

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Lo llamativo no es su sencillez, sino su solidez: funciona porque tiene absolutamente claro su modelo de negocio, su mercado y el valor diferencial de lo que produce.

Para Colombia, donde la tentación de importar soluciones tecnológicas costosas es frecuente, esta perspectiva plantea una pregunta que vale la pena tomarse el tiempo de responder: ¿cuándo realmente tiene sentido invertir en tecnología?

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5. Cuando el tiempo no se desperdicia

En Holanda, la escasez enseña. Un país con poco sol, clima frío y tierra limitada no puede darse el lujo de improvisar. Cada litro de agua se recircula, cada gramo de nutriente se reutiliza, cada hora de luz se aprovecha al máximo.  

No porque sea una moda sostenible, sino porque el contexto no ofrece alternativa. Y fue precisamente esa presión histórica la que impulsó algunas de las soluciones más ingeniosas que se pudieron ver durante el programa: sistemas de recirculación de agua, control climático de precisión y, sobre todo, un propósito de no perder tiempo. 

En centros de investigación como Hortitech y TomatoWorld este propósito toma la forma de datos. Las plantas en estos invernaderos no son organismos que se observan con el ojo; son sistemas que se escuchan a través de sensores.

Temperatura, humedad, concentración de CO₂, vigor de las raíces, estado de las hojas, momento exacto de maduración: todo se mide, todo se registra.

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Joris Groen, gerente de proyectos de Hortitech y experto en agricultura vertical, lo explicó con honestidad: "Usamos sensores para entender mejor la planta y descubrir cómo podemos obtener más de ella. El reto está en saber qué datos realmente importan, y esa búsqueda no termina."  

Ank van der Meulen, guía educativa en TomatoWorld, añadió la dimensión práctica: "Los sensores son como un plano de lo que ocurre en todo el invernadero. Me dicen cuándo está lista la cosecha, cuánto vamos a sacar, y eso me permite hacer acuerdos con distribuidores y organizar el personal con anticipación."

Lo que cambia, en el fondo, es la relación con el tiempo. Cultivar deja de ser una actividad reactiva (esperar a que algo falle para actuar) y se convierte en una práctica anticipativa: decidir antes de que el problema ocurra.  

El cultivo ya no sigue el ritmo impredecible de la naturaleza; la naturaleza se interpreta, se modela y, en la medida de lo posible, se adelanta.

Logiqs lleva esa lógica un paso más allá: sus sistemas de automatización permiten que los robots trabajen las veinticuatro horas, optimizando el uso del espacio y reduciendo la dependencia de mano de obra. El descanso humano deja de ser tiempo perdido para el cultivo. La producción no duerme. 

Entonces aparece el contraste con Colombia; Van der Meulen lo dijo sin rodeos: "La luz es gratis y hay que aprovecharla. Nosotros tenemos que gastar electricidad porque no tenemos sol; ustedes lo tienen todo el año".

Colombia tiene una abundancia que, paradójicamente, a veces se convierte en el mayor obstáculo para innovar. Como se reflexionaba en una de las visitas: "Cuando tienes abundancia, no siempre sientes la necesidad de cambiar."

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6. Después de la cosecha, el tiempo no para

Solemos pensar que la cosecha es el punto final del trabajo agrícola, pero es exactamente ahí donde el reloj empieza a correr con más fuerza.

Saber a quién venderle y garantizar que el producto llegue lo antes posible es tan importante como cultivarlo.

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En lugares como Royal FloraHolland, el mercado de flores más grande del mundo, el tiempo no se mide en días, sino en horas y minutos.

Su sistema de subastas digitales, logística eficiente y coordinación en la cadena de suministro permiten que las flores pasen del campo al consumidor con una frescura casi sin espera.

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7. Es tiempo de adaptarnos

Lo que más quedó del recorrido por los Países Bajos no fue la tecnología. Fue la incomodidad. La sensación persistente de que muchas cosas podrían hacerse mejor, pero no se hacen porque aquí, en Colombia, no hay una urgencia que obligue a cuestionarlas.

En Holanda, la limitación fue el motor: un clima difícil, poco suelo, escasa luz solar. Esas restricciones empujaron a agricultores, investigadores y empresas a observar con más cuidado, a medir con más rigor, a colaborar con más intención.

En Colombia, la abundancia ha sido una bendición, y a veces, también, una razón para no preguntarse si las cosas podrían hacerse de otra manera. Entonces la pregunta cambia. Ya no es ¿qué tienen ellos que nosotros no? Es qué estamos dejando de cuestionarnos porque aquí todo crece.

La agricultura holandesa es extraordinaria en su contexto, pero las lecciones aprendidas allí no se pueden trasplantar directamente. Colombia tiene sus propias temporalidades, sus propios saberes, sus propias formas de florecer.  

Tenemos un potencial enorme para la horticultura sostenible. Pero también enfrentamos retos que ningún sensor ni invernadero resuelve por sí solo: El enfoque cooperativo holandés, donde empresas, universidades y productores trabajan en sinergia; choca con una tendencia al individualismo que persiste en muchas regiones del campo colombiano.  

Sin embargo, hay principios que sí pueden viajar. Entender cuánto cuesta producir cada kilo. Tomar decisiones basadas en información, no en intuición sola. Aprovechar los recursos naturales disponibles, como esa luz solar gratuita que Holanda envidia, en lugar de darlos por sentado. Y, sobre todo, pasar de reaccionar a anticipar: del tiempo que transcurre sin darnos cuenta al tiempo que se planea.

Como recordó Ank van der Meulen: si queremos cambiar la situación del planeta, tenemos que empezar desde el origen. Y el origen es la agricultura.

Por eso, la pregunta no es si podemos adoptar el “reloj” holandés, sino cómo construir uno propio. Uno que funcione con nuestras condiciones, pero con más precisión, más colaboración y más conciencia.  

Nosotros podemos aprender de ellos para mejorar, no es tarde para sembrar los frutos de un futuro sostenible.

Autor:

Elisa Rendón Cadavid
Ingeniera Agrónoma  
Egresada de la Universidad EAFIT.  
erendonc@eafit.edu.co, celular: 3017002393 

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Entre lo íntimo y lo común: el cine como experiencia del tiempo

¿Qué tienen en común un recuerdo, un sueño y una película? Los tres juegan con el tiempo, lo doblan, lo esconden, lo transforman. El cine no solo cuenta historias: las encierra, las suspende, las deja vibrando en la mente de cada espectador. 

Como una cápsula de tiempo en movimiento, el cine nos permite vivir lo imposible, habitar otras vidas y sentir emociones que no sabíamos que podíamos sentir. Aunque todos miremos la misma pantalla, nadie ve exactamente la misma película. ¿Y si el cine fuera también una forma de recordar lo que aún no hemos vivido?

Entre lo íntimo y lo común: el cine como experiencia del tiempo

El cine es una experiencia única, incluso cuando compartimos la misma sala, pantalla y horario. Cada uno de nosotros, en calidad de espectadores, llevamos nuestra propia historia, nuestro propio tiempo y nuestra propia sensibilidad al asiento, convirtiéndonos también en protagonistas. 

Como el tiempo, el cine no transcurre: se construye, se recuerda y se siente. El cine es una máquina de emociones, de recuerdos posibles, de vidas que no son nuestras pero que, por un momento, habitamos como propias. Como una cápsula del tiempo que viaja con todos dentro, el cine guarda lo que fuimos, lo que somos y lo que tememos ser. Tal vez por eso, cuando salimos de una película, no salimos siendo los mismos: porque el cine, como la memoria, nos revela. 

La escritora Anaïs Nin, solía decir que no vemos las películas como son, sino como somos. En efecto, si revisamos nuestras experiencias frente a una pantalla, podemos comprender que ahí está su magia. Porque el cine, como el tiempo, es colectivo e íntimo a la vez. 

Pese a que la película es la misma, los espectadores nunca lo son. Cada uno la interpreta desde su biografía emocional, desde lo que ha vivido, lo que teme, lo que ama y lo que ha perdido. Una escena que para alguien es conmovedora, para otro puede ser incómoda o indiferente. Además, esas percepciones pueden variar según las circunstancias o la época, lo que hace que una historia que alguna vez nos movió, otro día nos parezca insulsa. 

El cine puede sacar nuestro cuerpo y nuestra mente de eso que queremos poner en pausa, para luego tirarnos —sin compasión— a una realidad que no da tregua. Pero es más que eso: el cine activa la memoria, la imaginación y el deseo.  

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una mujer se sienta a ver una película en una sala de cine
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Una mujer se sienta a ver una película en una sala de cine

Todavía se habla de los contenidos audiovisuales como "películas" o "cintas", términos que hacen referencia al medio analógico donde se imprimen una serie de imágenes fijas que, al ser reproducidas a una tasa de 16, 24 o más fotogramas por segundo, dan la ilusión de imagen en movimiento.

 

Memoria, imaginación y deseo 

Pensemos en esas películas que, con solo una imagen, un diálogo o un sonido, nos han llevado de vuelta a nuestro pasado, a repensar el presente que vivimos o a soñar con un futuro diferente. Esas películas están cargadas de situaciones que, creadas con los códigos del lenguaje audiovisual, logran que las emociones surjan, no solo por lo que sucede en la historia, sino también por lo que pasa en nosotros mientras la vemos. 

El lenguaje audiovisual es ese sistema de signos y convenciones utilizados para comunicar ideas, emociones y narrativas a través de imágenes, sonidos y montaje. Gracias a sus códigos, el lenguaje audiovisual puede sumergir a los espectadores en una historia, provocar identificación con los personajes, crear deseo y tensión dramática, marcar ritmos y significados, y en última instancia, crear experiencias únicas y compartidas. 

Juan Diego Mejía, escritor antioqueño, así lo retrata en su libro El cine era mejor que la vida (1997). Esta novela narra la relación entre un hijo y su padre a través del cine, que se convierte en un espacio donde los sueños y los afectos no dichos encuentran forma. Como un ritual, el cine les permite escapar desde una realidad asfixiante hacia un lugar en el que —juntos y solos— habitan otros mundos posibles. Cada función, que comparten en silencio, confirma el poder del cine para transformar su vida cotidiana en relatos dignos de ser contados. 

 

Una cápsula de tiempo en la que cabemos todos 

Desde lo experiencial, el cine huele a crispetas. Sus hileras de sillas todavía esperan a que nos sentemos frente a la pantalla gigante y nos dejemos envolver por el sonido y las imágenes cada que deseamos vivenciar otros mundos.  

Pero hoy también buscamos esa experiencia en la sala de televisión de nuestra casa, a través de plataformas de video bajo demanda o VOD —del inglés video on demand—, donde disfrutamos de esas historias que tanto cautivan nuestra atención. Con la llegada de Netflix, HBO Max o Prime Video, los espectadores tenemos mayor control sobre qué ver, cuándo y cómo, en una forma más individual y flexible de consumir contenidos cinematográficos.

 

En la actualidad muchas personas eligen consumir contenidos audiovisuales en plataformas de video bajo demanda o VOD como YouTube, Netflix o HBO Max en lugar de ir a las salas de cine.

 

Esta forma de contar historias con imágenes —que gracias a las plataformas digitales hoy podemos disfrutar, sufrir, repetir una y otra vez—, empezó a tomar forma hacia 1895, gracias a los hermanos Auguste y Louis Lumière, inventores del cinematógrafo, un innovador aparato con el que no solo se podían capturar imágenes en movimiento, sino también reproducirlas ante una audiencia.  

¿Te imaginas qué sintieron las personas que vieron por primera vez la proyección de La salida de la fábrica Lumière en Lyon en 1895? Esa fue la primera función de cine en la historia de la humanidad: la primera vez que se vio la vida proyectada en una pantalla. También fue la primera demostración de una realidad reproducible, de la inmortalidad de quienes fueron registrados en la imagen. 

Sin embargo, fue el ilusionista Georges Méliès fue quien descubrió el verdadero potencial narrativo de la imagen en movimiento. Además de retratar la realidad, Méliès creó con el cinematógrafo historias inexistentes, mundos imposibles y sueños. Para ello, propuso un arte de la fantasía, del montaje y la escenografía. Prueba de esto fue su película Viaje a la Luna (1902), la obra más reconocida de Méliès, y desde entonces el cine ha sido ese universo que acoge lo posible y lo imposible en todos los tiempos existentes. 

 

Fotograma de la película de Georges Méliès, Viaje a la Luna (1902). En esta escena, personajes mitológicos que representan planetas observan a los viajeros espaciales dormidos. 

 

El tiempo en el que delimitamos nuestra existencia 

El cine nació para atrapar el tiempo, domesticarlo y moldearlo a nuestro antojo, pues más allá de contar historias, nos permite vivirlas desde dentro, manipulando emociones y percepciones. El tiempo en el cine no es real, es un territorio narrativo que se explora y se transforma a cada segundo, condensando la necesidad del ser humano de contar, ver y compartir historias. 

En el podcast de literatura y ciencia ¿Es el tiempo una ilusión?, se argumenta que nuestra percepción del tiempo no es una verdad física absoluta, sino una construcción mental y narrativa. Aunque como sociedad compartimos convenciones temporales —como los relojes o los almanaques—, cada uno organiza su pasado, presente y futuro según su memorias, emociones y conciencia. Dicho de otra forma, todos vivimos “en el tiempo”, pero no necesariamente en el mismo tiempo. 

En cerebro organiza el tiempo de forma no lineal, según vamos viviendo cada experiencia y con base en nuestra memoria, atención y emoción. Percibimos el tiempo como una serie de situaciones que se agrupan según su significado subjetivo. Por eso recordamos lo impactante y olvidamos lo rutinario, o distorsionamos la duración según el contexto: no es lo mismo un minuto feliz que un minuto de angustia.

 

Tiempo y cine no lineal 

Pese a que el cine comenzó narrando historias lineales, la necesidad de representar la memoria, el deseo, el trauma o la conciencia —que no se viven cronológicamente—, llevó a varios directores del siglo XX a dar un salto al vacío proponiendo narrativas no lineales.  

Un ejemplo de narrativa no lineal en el cine es el Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles, pero este recurso se consolidaría más tarde con películas como Hiroshima mon amour (1959) de Alain Resnais, y más recientemente con Pulp Fiction (1994) de Quentin Tarantino o Memento (2000) de Christopher Nolan.  

La mente recuerda, imagina y reorganiza el tiempo según la emoción. No sigue el orden cronológico de los acontecimientos ni una secuencia clásica—inicio, nudo y desenlace— sino que presenta las historias de forma fragmentada. En el cine esto se puede reproducir a través del montaje con analepsis o flashbacks (escenas del pasado), prolepsis o flashforwards (anticipaciones del futuro), elipsis (saltos temporales que omiten información) y puntos de vista múltiples.

 

En la actualidad se utilizan herramientas para la edición digital de contenidos audiovisuales como CapCut, Adobe Premiere, Davinci ResolveFinal Cut Pro, Avid Media Composer, y Lightworks, entre otros. Estas herramientas de software facilitan la tarea de cortar, pegar y reorganizar fragmentos de video y audio para construir una narración cinematográfica.

 

El uso de estos recursos narrativos para el montaje no lineal representó nuevos retos para los espectadores de cine, que debían reconstruir la historia mentalmente, identificar saltos temporales y asumir un rol más activo. Ya no bastaba con “ver”: había que interpretar el orden de los sucesos, conectar las piezas y navegar el tiempo desde la emoción, como lo hace el cerebro con los recuerdos.  

Todo esto rompió con la ilusión de que el tiempo solo se narra en línea recta y permitió mostrar la complejidad de la mente humana —sus recuerdos, traumas, deseos y saltos emocionales— con una fidelidad mucho mayor a la de las narrativas cronológicas. 

Al alterar el orden de los hechos, el cine ganó profundidad psicológica y poética, revelando lo esencial antes que lo literal, jugando con el suspenso, o haciendo que una historia tuviera múltiples capas temporales superpuestas. La no linealidad transformó al espectador en un intérprete activo, y al cine en una forma de pensar, no solo de contar. 

 

Directores recomendados 

Michel Gondry

Director francés de cine y videos musicales. En su película "Eternal Sunshine of the Spotless Mind" (2004), titulada en español como "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos", narra cómo el protagonista intenta borrar de su memoria a su expareja, reviviendo en el proceso lo más profundo de su vínculo. Representa la memoria como algo fragmentado, emocional y no lineal, donde recordar y olvidar se entrelazan con el deseo, el dolor y el amor.

Alain Resnais

Cineasta francés clave en el movimiento de la Nueva Ola Francesa o "Nouvelle Vague", conocido por sus narrativas no lineales y su exploración de la memoria, el tiempo y el olvido en películas como "Hiroshima mon amour" (1959) y "El año pasado en Marienbad" (1961).

Jean-Luc Godard

Director francosuizo célebre por romper las reglas del cine clásico y reinventar el lenguaje cinematográfico con libertad formal y política, como lo hizo en su película "À bout de souffle" (1960) conocida en la esfera hispana como "Sin aliento", una obra clave del cine moderno.

Christopher Nolan

Director británico reconocido por sus estructuras narrativas complejas y no lineales, como en "Memento" (2000), donde la historia se cuenta en orden inverso para reflejar la confusión de la memoria.

Quentin Tarantino

Director estadounidense célebre por su estilo audaz y narrativas no lineales, como en su película "Pulp Fiction" (1994), donde mezcla violencia, humor y referencias cinéfilas con una estructura narrativa fragmentada.

 

 

Autora

Paula Arredondo

Maestra en literatura, profesora de cátedra de la Escuela de Artes y Humanidades EAFIT

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Autor
Paula Arredondo
Edición
Agustín Patiño Orozco

Recorre la historia del planeta Tierra en un paseo por EAFIT

Agosto 24, 2025

“Al Campus Georuta” es una invitación a recorrer el tiempo geológico del planeta mientras paseamos por el campus de la Universidad EAFIT: un ejercicio de conexión con la Tierra, para despertar la curiosidad, la comprensión crítica y la conciencia del tiempo que habitamos.

Vivimos en un planeta antiguo, donde los seres humanos somos recién llegados. Si toda la historia de más de cuatro mil seiscientos millones de años de la Tierra se condensara en un solo día de veinticuatro horas, los humanos apareceríamos en el último segundo. ¿Cómo comprender este abismo temporal? ¿Cómo interpretar las huellas del tiempo profundo?

El tiempo geológico transcurre muy despacio, a un ritmo que reta nuestra imaginación. Estudiar ese tiempo es un desafío para los geólogos: con su trabajo y experiencia han aprendido a leer en las rocas y el paisaje la memoria de nuestro planeta. La historia profunda de la Tierra se mide en la escala del tiempo geológico, la cual ordena y compara los eventos pasados que quedaron registrados en las rocas.

Esta escala de tiempo se divide en unidades de tiempo con nombres específicos: eones, eras, periodos y épocas, los cuales facilitan la comprensión y la organización de los eventos. Así, además de representar al tiempo, lo podemos medir.

 

Esta ilustración muestra una espiral ascendente que representa el paso del tiempo a escala geológica, empezando por el Eón Hadeano, que inicia con la aparición del planeta Tierra hace unos 4500 millones de años, hasta la Era Cenozoica, en la que nos encontramos actualmente, y que inició hace unos 65 millones de años. Fuente: Wikimedia Commons.

 

En la vida cotidiana medimos el tiempo en forma relativa y en forma absoluta. Por ejemplo, para decir que alguien es mayor o menor que otra persona, usamos sus edades —de forma absoluta— como datos de comparación que dependen de sus fechas de nacimiento. De manera relativa, también sabemos que una abuela es mayor que su nieto, aunque no sepamos sus edades o fechas de nacimiento.

En la Geología funciona igual, puesto que existen “un conjunto de herramientas metodológicas conocidas como los Principios de Steno, que conforman la base lógica para la organización de las rocas, y por ende del tiempo. Estos principios permiten determinar si un conjunto de rocas es más viejo que otro, de acuerdo con su posición en el registro geológico”[1].

Sin embargo, es gracias a la radiación y las dataciones radiométricas que, a partir del siglo XX, es posible conocer con exactitud la edad de la formación de las rocas y pasar de una medición relativa, a una medición absoluta del tiempo de la Tierra. Cabe resaltar que aún existen una serie de limitaciones a estas técnicas relacionadas a posibles alteraciones en la composición de las rocas.

Es común que nuestra única referencia al pasado profundo de nuestro planeta sean los dinosaurios, ya que nos es difícil dimensionar gran la escala del tiempo geológico en comparación a nuestra experiencia cotidiana del tiempo.

 

Este infográfico representa la escala de tiempo geológica en forma de "reloj" circular y señala el período donde aparecieron formas de vida como los procariotas, eucariotas, seres multicelulares, plantas terrestres, animales y homínidos. La abreviación "Ma" se refiere a millones de años y la abreviación "Ga" se refiere a mil millones de años. Fuente: Wikimedia Commons.

 

Nociones como “rápido”, “lento”, “reciente” o “antiguo”, no son comparables si tenemos en cuenta la escala del tiempo geológico en lugar de la escala del tiempo humano. Por ejemplo, un evento de hace diez millones de años es considerado muy reciente en el tiempo geológico, y en esa misma escala, un evento que duró doscientos millones de años, con impactos importantes en la historia de la Tierra, puede considerarse rápido.  

En este sentido, nuestra percepción del tiempo a escala humana nos exige una capacidad importante de abstracción, para comprender el tiempo geológico y la continua evolución del planeta Tierra.

 

Otro tiempo, otra mirada

Al comprender el tiempo geológico, cambia nuestra forma de ver el mundo, de observar nuestro entorno, de pisar el suelo, de recorrer o habitar un lugar.

Empezamos a imaginar, visualizar, analizar y vincular de forma abstracta lo que nos está contando el planeta mediante fenómenos que, aunque muy lentos a escala humana, son fundamentales en la evolución del planeta: desde el surgimiento de cordilleras hasta el cambio climático.

Por ejemplo, si realizamos un recorrido a pie, con la interpretación científica de un geólogo y la mediación pedagógica adecuada, empezaremos a reconocer en el paisaje las pistas del tiempo profundo de la Tierra y de su relación con nuestra vida cotidiana.

De esta manera, una georuta es una herramienta para el aprendizaje experiencial, puesto que promueve la exploración, la obtención de datos y el procesamiento de los mismos por parte de los aprendices, y genera espacios para la interacción y la reflexión en torno a lo que ofrece la naturaleza.  

La interpretación de la naturaleza ha tenido un rol fundamental en la manera como interactuamos con ella y las acciones que emprendemos para su uso responsable y su protección. Por esta razón son cada vez más los geólogos que desarrollan estrategias interpretativas y comunicativas, que les permitan acercar los conocimientos del tiempo geológico a todas las personas.  

En palabras del pionero en la interpretación del patrimonio Freeman Tilden, se trata de “revelar el alma de eso que se está mirando”[2], ya sea una roca, un paisaje, o un ecosistema. Así, más que comprender el valor y significado del tiempo geológico, se busca aprender de él para adoptar nuevos comportamientos que favorezcan el cuidado de nuestro planeta. 

 

De paseo por la Universidad

"Al Campus Georuta", es una herramienta que se inspira del enfoque exploratorio de Alexander von Humboldt para reconocer el tiempo geológico en el campus de la Universidad EAFIT. Es un recorrido a través de estaciones interactivas, talleres vivenciales y narrativas científicas que explican hitos clave del tiempo geológico: la formación de la corteza terrestre, los grandes eventos tectónicos, la aparición de la vida y el surgimiento de los ecosistemas actuales.

Esta georuta nos invita a ampliar nuestra mirada sobre el planeta Tierra y aprender de su pasado para fortalecer nuestra resiliencia en el presente. También nos invita a valorar, conservar y usar de manera sostenible los recursos geológicos no renovables que son fundamentales para la vida. 

 

Itinerario de Al Campus Georuta

Itinerario de "Al Campus Georuta" en el mapa del campus principal de la Universidad EAFIT, ubicado en el barrio La Aguacatala, Comuna 20 El Poblado, al sur de Medellín. Imagen: elaboración propia a partir de Marín-Cerón, M.I.; González-Tejada, C. (2022)[3].

1. Bloque 1 de Idiomas o Parque de los Guayabos

Aquí inicia el recorrido y nos conectamos con el pasado arqueológico del Valle de Aburrá, sus antiguos habitantes y los vestigios de su tiempo encontrados durante la construcción del Bloque de Idiomas EAFIT.

2. Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas

El suelo de la Biblioteca EAFIT contiene granito, una roca ígnea que se formó hace millones de años y que ahora adorna nuestros espacios. Detrás de su apariencia estética, hay una historia magmática profunda, de más de mil quinientos millones de años en la Orinoquía colombiana.

3. Parque Los Pimientos

Aquí puedes observar rocas sedimentarias traídas desde Tolú, departamento de Sucre, que se formaron en ambientes marinos antiguos, hace unos treinta y un millones de años. También son similares a las rocas que podemos observar en los alrededores de Bogotá.

4. Bloque 29 (último piso)

Este es un punto privilegiado para observar el Valle de Aburrá y reflexionar sobre cómo se ha moldeado a lo largo del tiempo gracias a procesos geológicos y otras fuerzas de la naturaleza —tectónica y clima—.

5. Jardín Multifuncional

Aquí se observan diversos bloques de rocas representativas de la región antioqueña. Se pueden encontrar desde dunitas —rocas del manto—, hasta granitos como la Piedra del Peñol—, pasando por "gneises" —rocas metamórficas que se formaron por la colisión de continentes que originó al supercontinente Pangea—, y rocas volcánicas.

6. Parqueadero del Bloque 29: un vistazo al Acuífero del Valle de Aburrá

En este punto descubrimos el mundo subterráneo de nuestro campus: el Acuífero del Valle de Aburrá, una reserva de agua subterránea que, gracias a estudios hidrogeológicos, usamos de forma sostenible para el riego de plantas. Esta práctica ejemplar nos recuerda que el suelo no solo sostiene edificaciones, sino también agua, historia y vida. Conocer el suelo es clave para cuidarlo.

 

Ciencias de la Tierra para no científicos

Entender los sucesos “grabados” en nuestro planeta, a partir de la observación de los lugares que recorremos a diario, nos permite generar vínculos, fortalecer la capacidad de abstracción y promover relaciones con el conocimiento, todo lo cual se afianza cada vez que volvemos a pasar por esos lugares y, por qué no, cuando nos comunicamos con otros.  

Con "Al Campus Georuta" generamos nuevos diálogos y nuevas miradas, que incluyen a expertos y no expertos en Ciencias de la Tierra, mientras transitamos el multifacético campus universitario. A su vez, generamos la pizca de curiosidad clave para seguir estudiando con una mirada integral cómo los sucesos del pasado influyen en nuestro presente y futuro.  

Estrategias pedagógicas como las georutas fortalecen nuestra conciencia sobre la evolución de la Tierra, pero también conectan el conocimiento geológico con los desafíos ambientales que todos enfrentamos hoy, promoviendo una cultura de respeto y conservación del patrimonio natural del planeta y del Valle de Aburrá.

Los científicos pueden comunicar, con un lenguaje menos técnico y más sencillo de entender para todos, cómo los procesos geológicos han moldeado nuestro planeta a lo largo de millones de años, y cómo siguen moldeándolo, para responder mejor a sucesos que seguirán influyendo en nuestra escala humana, como deslizamientos, avenidas torrenciales, inundaciones en las riberas de los ríos, erosión de las costas y muchos más.  

El campus de la Universidad EAFIT se ha convertido en un referente para otros centros educativos y comunidades que buscan dar nuevos sentidos a sus espacios y aportar a una reflexión global sobre el tiempo de la Tierra y la responsabilidad que tenemos para habitarla hoy y en el futuro.  

De esta experiencia surgen muchos otros proyectos en los que viene trabajando el Grupo de Investigación Naturaleza y Ciudad de EAFIT, los cuales nos llevarán a iniciar nuevos diálogos sobre el tiempo, desde distintos saberes y tradiciones, como el proyecto “Tejedoras de la sostenibilidad geo-bio-cultural en la cuenca del Rio Ranchería”, financiado por la Convocatoria Minciencias 948 Orquídeas Mujeres en la Ciencia 2024. 

 

 

Referencias bibliográficas
  1. Remírez, M. (2023). El tiempo en la Geología: Abordaje conceptual e histórico de un concepto central en la disciplina (Trabajo final integrador). Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Memoria Académica. https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/tesis/te.2572/te.2572.pdf
  2. Tilden, F. (1957). Interpreting our heritage (3d ed). University of North Carolina Press.
  3. Marín-Cerón, M.I.; González-Tejada, C. (2022). Capítulo 8. Al campus Georuta-EAFIT, una ruta de mediación científica para la comprensión de la evolución geoarqueológica de Colombia. 147-159. En: Gómez-Guerrero, M.; González-Tejada, C.; Marín-Cerón, M.I.; Betancurth-Montes, G.L.; Restrepo-Moreno, S., Rendón-Rivera, A. (2022). Geoconservación en Colombia: Aproximaciones teórico-prácticas. Editorial CTA, Medellín. 193 pp. ISBN: 978-958-8470-62-7 Obra independiente. Disponible en: https://cta.org.co/biblionet/geoconservacion-en-colombia-aproximaciones-teorico-practicas/

 

 

Autoras

Maria Isabel Marín-Cerón

Investigadora y docente del Área de Territorios y Ciudades de la Universidad EAFIT

Catalina González-Tejada

Doctora en museología y museos

Karen Cecilia Villazón-Lobo

Geóloga de la Universidad EAFIT

Imagen Noticia EAFIT
Imagen de personas caminando en el Campus
Categoría de noticias EAFIT
Bloque para noticias recomendadas
Autor
Maria Isabel Marín Cerón; Catalina González Tejada; Karen Cecilia Villazón Lobo
Edición
Agustín Patiño Orozco

¿Por qué ya no se puede leer el tiempo en el sol? 

Agosto 24, 2025

“Yo pensaba que era otra hora”, dicen los abuelos Wayuu al mirar al cielo de La Guajira y no entender lo que antes leían con certeza. El tiempo, ese que fluía con el sol, las estrellas, los vientos y los sueños, ya no se deja leer. Algo está cambiando. 

Sigue leyendo para conocer más sobre la construcción de un Calendario Climático Wayuu mediante el diálogo de saberes tradicionales y científicos.

Una mujer indígena cocina con leña en un hogar tradicional Wayuu ubicado en el resguardo Zahino, en La Guajira colombiana. Fotografía: Catalina González Tejada.

"Desde la extensa cuenca del río Ranchería, en La Guajira colombiana, el pueblo Wayuu nos abrió las puertas de su conocimiento para mapear su tierra, memoria, agua y saberes. El Calendario Wayuu es una representación viva de los ciclos naturales, las constelaciones y la cosmogonía que guía sus prácticas de siembra, pesca y ganadería. En este ejercicio de cartografía social junto a las comunidades de los resguardos Provincial y Zahino, reactivamos saberes ancestrales para la adaptación y resiliencia ante el cambio climático. A través del diálogo de saberes, avanzamos en el camino hacia la soberanía alimentaria y el cuidado del territorio: un paso hacia la sostenibilidad con raíces”.

 

—Equipo de trabajo del proyecto “Tejedoras de Sostenibilidad”. 

 

Desconexión del tiempo ancestral 

En distintas comunidades Wayuu se escucha la misma inquietud: los mayores ya no sueñan igual, ya no reconocen la hora al observar el sol. El reloj natural que por generaciones les permitió organizar sus días —a tiempo con el astro, las estrellas, el canto de los animales— parece estar desajustado. ¿Qué es lo que pasa con el tiempo? ¿Es la naturaleza la que ha cambiado? ¿O somos nosotros quienes hemos perdido la conexión?

Las respuestas no son simples. Los ciclos climáticos están alterados a nivel global, pero también hay transformaciones culturales profundas. En La Guajira, la occidentalización ha desplazado formas de conocimiento tradicionales, debilitando el idioma wayunaiki, la oralitura y las formas de interpretar el mundo propias del pueblo Wayuu.

 

Creación del Calendario Wayuu 

Frente a la pérdida progresiva de su cultura, Jazmín Romero Epiayu, lideresa Wayuu y tejedora de saberes, decidió buscar en las raíces del tiempo de su pueblo. Lleva más de una década recorriendo comunidades a lo largo de La Guajira, en Colombia y Venezuela, entrevistando a los abuelos que aún conservaban memoria del orden natural. Fue uno de esos abuelos quien tejió para Jazmín el primer Calendario Wayuu, plasmando en hilos los signos del tiempo ancestral.

 

Investigadoras de la Universidad EAFIT y coinvestigadores del pueblo Wayuu en la comunidad de Zahino participan en un proceso de diálogo de saberes a propósito de la construcción de un calendario climático Wayuu.

 
Ciencia y ancestralidad: un diálogo de saberes

Inspiradas por la iniciativa de Jazmín, un grupo de investigadoras de la Universidad EAFIT se sumaron y propusieron integrar un enfoque científico al proyecto. Así nació un esfuerzo conjunto entre la sabiduría Wayuu y las ciencias de la Tierra, del clima y de la sostenibilidad. En 2024, esta propuesta de investigación fue seleccionada por el Ministerio de Ciencia de Colombia para ser financiada por la Convocatoria 948 Orquídeas: Mujeres en la Ciencia 2024.

Así se afianzó el proyecto de investigación Tejedoras de Sostenibilidad en la Guajira Bio-Geo-Culturalmente diversa que busca construir estrategias resilientes en la cuenca del Río Ranchería, para, entre otras cosas, salvaguardar la seguridad alimentaria de las comunidades que habitan la cuenca.  

Esta investigación parte del diálogo de saberes como metodología para crear: mediante talleres, cartografías participativas, arte comunitario, escucha activa y tecnología, el equipo de investigación ha avanzado en la co-creación de un Calendario Climático Wayuu

 

Una pausa en el tiempo: talleres como espacios de reencuentro

Durante los primeros encuentros, las comunidades se detuvieron a conversar, recordar, dibujar, soñar. Los abuelos tocaron instrumentos musicales olvidados, las mujeres tejieron mientras compartían visiones, los niños pintaron su territorio sin instrucciones. Las diferencias se disolvieron y se tejió un espacio común: el universo Wayuu alrededor de ese círculo, de esa espiral desde la que se puede interpretar lo que les rodea y les define como cultura, como etnia, como territorio vivo.

Los relatos del pasado ayudaron a comprender el presente, y a proyectar un futuro en el territorio: cómo lo vemos, lo reconocemos, lo representamos, nos localizamos en él, nos relacionamos con él. Todos esos relatos están relacionados con lo que heredamos, con lo que escuchamos o vivimos en relación al tiempo, a eso que fue pero que ya no es, o que está a punto de olvidarse.

Al integrar metodologías de cartografía participativa —como los mapas parlantes, inspirados en los mapas de lucha del pueblo Nasa[1]—, se fueron delineando símbolos, memorias y caminos para interpretar el territorio Wayuu con otros ojos. 

Relatos cargados de sentimientos y emociones, que, al ser puestos en común, permiten el reencuentro, la reconexión y reactivación de lo que es compartido en mundos diversos. Una participante decía: “no tenemos la ocasión de sentarnos a hablar de estos temas... y es necesario volver a escuchar a los abuelos.”

 

El Calendario Wayuu es una creación de Palmar a partir de la concepción de Jazmin Romero Epiayu y sus conversaciones con los mayores y sabedores Wayuu. La obra es parte de un proceso en curso de co-construcción en el marco del proyecto Tejedoras de Sostenibilidad en La Guajira Bio-Geo y culturalmente diversa: un diálogo científico-comunitario de la Cuenca del río Ranchería, liderado por la Universidad EAFIT y financiado por la Convocatoria Minciencias 948 Orquídeas Mujeres en la Ciencia 2024. La lideresa Jazmin Romero Epiayu otorgó a la Universidad EAFIT la autorización para el uso de esta imagen en la revista Descubre y Crea. Su utilización tiene fines exclusivamente académicos y de divulgación, sin propósitos comerciales.

“Esta obra tiene un sentido: que le permite al Wayuu recrearse. Quiero que el Wayuu cree su conocimiento a partir de esta imagen. Todos somos animales y somos naturaleza. Todo se interpreta a partir del centro, y también de abajo a arriba, del rio al mar. Abajo, las dos aves con un círculo en el medio representan la fertilidad de Juyá —dios de la lluvia que significa “vida”—, y Mma —que significa “madre tierra”—. Arriba, los dos pájaros vinculados por diferentes elementos de la naturaleza, representan la transformación que ocurre con la fecundación, lo que permite la vida. En el medio, el origen del universo Wayuu, desde donde interpretan sus constelaciones, sus características diversas —como los Wayuu y sus distintos e´iruku[2]—, donde se encuentra esa espiral que marca su manera de pensar y de ver el mundo, de representarse y de actuar. Con solo mirar una mochila Wayuu lo podemos entender.”

 

Jazmin Romero Epiayu, líder comunitaria en la Cuenca del rio Ranchería y co-creadora junto a Palmar de la obra “Calendario Wayuu”. 

 

El tiempo como territorio: hacia un nuevo capítulo

A partir de ahora, el tiempo del planeta también será protagonista. Hablaremos del tiempo geológico, de los procesos de la Tierra, de los cambios en el clima. Instalaremos sensores sonoros en el territorio para "escuchar" la naturaleza. Los saberes de Zahino y Provincial, comunidades que participan en el proyecto, seguirán alimentando el Calendario Wayuu, ahora con herramientas científicas y tecnológicas que enriquecen el conocimiento sin desplazar los saberes tradicionales.

El calendario climático Wayuu, además de ser una herramienta pedagógica, se proyecta como una propuesta de gobernanza climática local: una forma de reconocer el valor de los saberes indígenas en la adaptación local ante el cambio climático y en fortalecimiento de la identidad territorial.

La integración del conocimiento indígena en el análisis científico ejemplifica cómo las perspectivas locales enriquecen la comprensión del cambio climático y contribuyen a la formulación de políticas públicas, proyectando también al calendario climático Wayuu como una herramienta transformadora para aportar a los esfuerzos, nacionales y globales frente a los desafíos ambientales.

Para que esta experiencia no se pierda y pueda inspirar a otras comunidades, se proyecta el desarrollo de un geoportal donde se almacenará este conocimiento de forma accesible. Un espacio común para investigadores, tomadores de decisiones y comunidades, una plataforma viva donde convergen la ciencia con los saberes ancestrales y prácticas del río Ranchería y de otras voces de La Guajira. 

 

 

Referencias bilbiográficas
  1. Luis G. Vasco Uribe. (2018). COSAS-CONCEPTOS, MAPAS PARLANTES E INVESTIGACIÓN SOLIDARIA. Charla en el III Encuentro de Antropología Visual de América Amazónica, Universidad Federal de Pará, Belém, Brasil.
  2. E’iruku, es la ‘estructura de origen’ en el orden espiritual, social, político, económico y militar (...) es el ordenamiento espacial de la nación Wayuu, que ha sido malinterpretada como ‘clan’ o ‘casta’ en la academia occidental”. En Armando Wouriyu (2021) La Nación de los E’iruku y la esclavitud actual. Disponible en: https://onic.org.co/sitio/noticias/4107-la-nacion-de-los-e-iruku-y-la-esclavitud-actual 

 

 

Autoras

Catalina González Tejada, Jazmín Romero Epiayu, María Isabel Marín Cerón, Karen Cecilia Villazón Lobo, Marisol Delgado Sánchez

Equipo de trabajo del proyecto de investigación “Tejedoras de Sostenibilidad”

Imagen Noticia EAFIT
Ilustración que representa un calendario Wayuu, creada por Palmar a partir del trabajo de la coninvestigadora local Jazmin Romero Epiayu
Leyenda de la imagen
El Calendario Wayuu es una creación de Palmar a partir de la concepción de Jazmin Romero Epiayu y sus conversaciones con los mayores y sabedores Wayuu. La obra es parte de un proceso en curso de co-construcción en el marco del
proyecto Tejedoras de Sostenibilidad en La Guajira Bio-Geo y culturalmente diversa: un diálogo científico-comunitario de la Cuenca del rio Ranchería liderado por la Universidad EAFIT y financiado por la Convocatoria Minciencias 948 Orquídeas Mujeres en la Ciencia 2024.
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Autor
Catalina González Tejada, Jazmín Romero Epiayu, María Isabel Marín Cerón, Karen Cecilia Villazón Lobo, Marisol Delgado Sánchez
Edición
Agustín Patiño Orozco
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