Lecciones holandesas para la agricultura colombiana

Los tiempos de la agricultura colombiana se rigen por el clima. Tenemos luz solar constante, agua abundante y diversidad de pisos térmicos que permiten sembrar casi cualquier cultivo durante todo el año. Pero si el cambio climático altera ese reloj natural, ¿cómo seguiremos cosechando? Holanda, con poco sol y temperaturas bajas, es uno de los países del mundo más eficientes en agricultura. A través de mejora continua y tecnología de optimización, se liberó de las limitaciones del reloj climático y se convirtió en un referente mundial de producción eficiente y aprovechamiento de recursos. ¿Qué podríamos aprender en Colombia de esto? 

1. Holanda no espera: así se cultiva el futuro

Colombia es aproximadamente 27 veces más grande que Países Bajos.; incluso Antioquia es más grande que Holanda.  A pesar de ser tan pequeño, Países Bajos es el segundo mayor exportador agrícola en el mundo, solo después de Estados Unidos.

Entre sus principales productos destacan los cultivos hortícolas como tomate, pepino, pimentón y lechuga, además de papa, cebolla y flores, especialmente tulipanes, junto con una fuerte industria láctea.  

Estos cultivos también son posibles sembrarlos en Colombia, sin embargo, surge una duda, ¿qué están haciendo diferente ellos?

Durante una semana, un grupo de estudiantes colombianos del sector agrícola viajamos a los Países Bajos con apoyo del ICETEX para visitar universidades, centros de investigación aplicada, empresas hortícolas y proveedores de tecnología.  

El objetivo: entender cómo funciona uno de los sistemas de agricultura protegida más avanzados del mundo. Lo que encontramos no fue solo tecnología. Fue una filosofía de producción.

No tienen una postura reactiva frente a lo que pasa en campo, sino que se están anticipando constantemente a las adversidades. El clima, el crecimiento de la planta, la demanda del mercado e incluso la mano de obra se planifican con precisión.

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2. Es el tiempo de aprender haciendo

Hay una diferencia sutil pero profunda entre saber cómo crece una planta y saber cultivarla. La primera se aprende en un aula; la segunda, solo en el surco. En la Universidad de Ciencias Aplicadas de Aeres, en Dronten, esa distinción no es filosófica: es el principio que organiza toda la formación. El aprendizaje allí no ocurre en un futuro lejano ni se queda atrapado en el aula.

Los invernaderos de Aeres no son espacios de demostración. Son laboratorios vivos donde estudiantes, docentes y empresas trabajan juntos sobre problemas reales, con financiación gubernamental y retroalimentación constante del sector productivo.  

Un estudiante no espera graduarse para entender cómo funciona un cultivo; está adentro, probando prototipos, ajustando variables, fallando y corrigiendo. Los egresados, además, retroalimentan los programas con encuestas sobre qué les fue útil en la práctica y qué no.

El conocimiento tiene, literalmente, fecha de vencimiento: si no responde a las necesidades actuales del mercado, se actualiza.

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Este modelo comprime el tiempo entre aprender y aplicar. No se forma para algún día; se forma para que funcione ahora.

El contraste con muchos contextos colombianos es incómodo, pero necesario de nombrar. En Colombia, la formación es bastante teórica. Y la única forma real de aprender a cultivar una planta es hacerlo tú mismo, no leerlo en un libro.  

Y esto es un resultado frecuente: profesionales que pueden explicar muy bien una planta, pero que no necesariamente saben cultivarla.

No se trata de un problema exclusivo de Colombia, pero sí de una brecha que se vuelve más visible cuando se contrasta con el modelo holandés, donde la práctica no sigue a la teoría, la acompaña desde el primer día; y donde el tiempo invertido en formación se mide no por horas de clase, sino por problemas reales resueltos.

La lección que dejó esta visita no es solo institucional. Es personal: antes de querer transformar un sector, hay que transformarse uno mismo. Entierrarse las manos, entender los sistemas desde adentro, acumular el tipo de conocimiento que no cabe en un libro.  

 

3. Lo innovador de saber esperar

Innovar implica entender que los resultados no son inmediatos. Es un trabajo que exige paciencia, seguimiento constante y, sobre todo, articulación entre actores. No se trata de soluciones rápidas, sino de procesos acumulativos que mejoren la producción en el largo plazo.  

Cada ensayo, cada error y cada ajuste se convierte en información que alimenta el siguiente paso. En los Países Bajos, varias empresas han hecho de esa paciencia su mayor fortaleza. 

3.1. Schoneveld Breeding

Es una empresa que lleva décadas desarrollando nuevas variedades de plantas ornamentales. Su trabajo combina investigación genética con una lectura fina de lo que el mercado va a querer, no hoy, sino en los próximos cinco o diez años.

Crear una nueva variedad no es cuestión de semanas: es un proceso que puede tomar años de cruces, selección y pruebas antes de que una flor llegue a un florero en cualquier parte del mundo. Aquí el tiempo no es un obstáculo; es el ingrediente principal.

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3.2. VanderKnaap

Trabaja en investigación de sustratos, es decir, los materiales en los que crecen las raíces de las plantas dentro de los invernaderos.

La empresa no solo investiga cómo mejorar el rendimiento de estos materiales, sino cómo hacerlos más sostenibles.

Uno de sus proyectos más llamativos es el desarrollo de bolsas de sustrato biodegradables, diseñadas para durar exactamente una temporada de cultivo y luego descomponerse. Un producto que nace con fecha de caducidad programada, justo lo que necesita ese mercado hoy.

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3.3. Koppert Biological Systems

Tiene una filosofía que lleva décadas ganando terreno frente al uso de pesticidas químicos: el control biológico.

En lugar de combatir las plagas con venenos, Koppert estudia el comportamiento de insectos benéficos, ácaros depredadores y microorganismos que regulan de forma natural el equilibrio del ecosistema dentro del invernadero.

Su enfoque no solo reduce el impacto ambiental, sino que requiere algo que la agricultura convencional suele subestimar: tiempo para observar, para entender cómo se relacionan los organismos, para confiar en que la naturaleza puede ser aliada antes que enemiga.

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4. La rentabilidad marca el ritmo

Jasper den Besten pasó décadas enseñando sistemas de cultivo de alta tecnología en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Aeres, en Holanda, y hoy asesora empresas en innovación hortícola en América Latina, Asia y Medio Oriente.

En conversaciones con él, explica “cada decisión debe tener un sentido económico. No se trata solo de producir, sino de saber cuánto cuesta”. Más que una frase, es una forma de entender la producción: aquí no se avanza por inercia, se avanza porque los números lo sostienen.

Eso cambia por completo la forma de operar. Los agricultores saben cuánto cuesta cada proceso, cuánto tarda y en qué momento una inversión realmente vale la pena. En los Países Bajos, por ejemplo, un agricultor sabe de memoria cuánto cuesta producir un kilo de tomates. En Colombia, la mayoría no tiene esa cifra clara.

Desde esa lógica, den Besten tiene una postura que puede sonar contraintuitiva viniendo de un especialista en alta tecnología: un invernadero no es el siguiente paso lógico en la modernización agrícola; es una inversión que tiene que justificarse. "Si puedes producir bien y barato a campo abierto, no necesitas un invernadero", explica.

Solo vale la pena construir uno cuando mejora la calidad del producto, permite producir durante todo el año o abre acceso a mercados dispuestos a pagar más. De lo contrario, no es una inversión racional, es un gasto disfrazado de progreso.

En Holanda no se enamoran de la tecnología, la cuestionan. Cada innovación tiene que demostrar su utilidad antes de ser adoptada.

Esta idea cobra vida concreta en la visita a Warmonderhof, un centro de formación e investigación en agricultura biodinámica que, lejos de apostar por la alta tecnología, trabaja con sistemas productivos en suelo e invernaderos de baja complejidad, sin calefacción.

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Lo llamativo no es su sencillez, sino su solidez: funciona porque tiene absolutamente claro su modelo de negocio, su mercado y el valor diferencial de lo que produce.

Para Colombia, donde la tentación de importar soluciones tecnológicas costosas es frecuente, esta perspectiva plantea una pregunta que vale la pena tomarse el tiempo de responder: ¿cuándo realmente tiene sentido invertir en tecnología?

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5. Cuando el tiempo no se desperdicia

En Holanda, la escasez enseña. Un país con poco sol, clima frío y tierra limitada no puede darse el lujo de improvisar. Cada litro de agua se recircula, cada gramo de nutriente se reutiliza, cada hora de luz se aprovecha al máximo.  

No porque sea una moda sostenible, sino porque el contexto no ofrece alternativa. Y fue precisamente esa presión histórica la que impulsó algunas de las soluciones más ingeniosas que se pudieron ver durante el programa: sistemas de recirculación de agua, control climático de precisión y, sobre todo, un propósito de no perder tiempo. 

En centros de investigación como Hortitech y TomatoWorld este propósito toma la forma de datos. Las plantas en estos invernaderos no son organismos que se observan con el ojo; son sistemas que se escuchan a través de sensores.

Temperatura, humedad, concentración de CO₂, vigor de las raíces, estado de las hojas, momento exacto de maduración: todo se mide, todo se registra.

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Joris Groen, gerente de proyectos de Hortitech y experto en agricultura vertical, lo explicó con honestidad: "Usamos sensores para entender mejor la planta y descubrir cómo podemos obtener más de ella. El reto está en saber qué datos realmente importan, y esa búsqueda no termina."  

Ank van der Meulen, guía educativa en TomatoWorld, añadió la dimensión práctica: "Los sensores son como un plano de lo que ocurre en todo el invernadero. Me dicen cuándo está lista la cosecha, cuánto vamos a sacar, y eso me permite hacer acuerdos con distribuidores y organizar el personal con anticipación."

Lo que cambia, en el fondo, es la relación con el tiempo. Cultivar deja de ser una actividad reactiva (esperar a que algo falle para actuar) y se convierte en una práctica anticipativa: decidir antes de que el problema ocurra.  

El cultivo ya no sigue el ritmo impredecible de la naturaleza; la naturaleza se interpreta, se modela y, en la medida de lo posible, se adelanta.

Logiqs lleva esa lógica un paso más allá: sus sistemas de automatización permiten que los robots trabajen las veinticuatro horas, optimizando el uso del espacio y reduciendo la dependencia de mano de obra. El descanso humano deja de ser tiempo perdido para el cultivo. La producción no duerme. 

Entonces aparece el contraste con Colombia; Van der Meulen lo dijo sin rodeos: "La luz es gratis y hay que aprovecharla. Nosotros tenemos que gastar electricidad porque no tenemos sol; ustedes lo tienen todo el año".

Colombia tiene una abundancia que, paradójicamente, a veces se convierte en el mayor obstáculo para innovar. Como se reflexionaba en una de las visitas: "Cuando tienes abundancia, no siempre sientes la necesidad de cambiar."

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6. Después de la cosecha, el tiempo no para

Solemos pensar que la cosecha es el punto final del trabajo agrícola, pero es exactamente ahí donde el reloj empieza a correr con más fuerza.

Saber a quién venderle y garantizar que el producto llegue lo antes posible es tan importante como cultivarlo.

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En lugares como Royal FloraHolland, el mercado de flores más grande del mundo, el tiempo no se mide en días, sino en horas y minutos.

Su sistema de subastas digitales, logística eficiente y coordinación en la cadena de suministro permiten que las flores pasen del campo al consumidor con una frescura casi sin espera.

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7. Es tiempo de adaptarnos

Lo que más quedó del recorrido por los Países Bajos no fue la tecnología. Fue la incomodidad. La sensación persistente de que muchas cosas podrían hacerse mejor, pero no se hacen porque aquí, en Colombia, no hay una urgencia que obligue a cuestionarlas.

En Holanda, la limitación fue el motor: un clima difícil, poco suelo, escasa luz solar. Esas restricciones empujaron a agricultores, investigadores y empresas a observar con más cuidado, a medir con más rigor, a colaborar con más intención.

En Colombia, la abundancia ha sido una bendición, y a veces, también, una razón para no preguntarse si las cosas podrían hacerse de otra manera. Entonces la pregunta cambia. Ya no es ¿qué tienen ellos que nosotros no? Es qué estamos dejando de cuestionarnos porque aquí todo crece.

La agricultura holandesa es extraordinaria en su contexto, pero las lecciones aprendidas allí no se pueden trasplantar directamente. Colombia tiene sus propias temporalidades, sus propios saberes, sus propias formas de florecer.  

Tenemos un potencial enorme para la horticultura sostenible. Pero también enfrentamos retos que ningún sensor ni invernadero resuelve por sí solo: El enfoque cooperativo holandés, donde empresas, universidades y productores trabajan en sinergia; choca con una tendencia al individualismo que persiste en muchas regiones del campo colombiano.  

Sin embargo, hay principios que sí pueden viajar. Entender cuánto cuesta producir cada kilo. Tomar decisiones basadas en información, no en intuición sola. Aprovechar los recursos naturales disponibles, como esa luz solar gratuita que Holanda envidia, en lugar de darlos por sentado. Y, sobre todo, pasar de reaccionar a anticipar: del tiempo que transcurre sin darnos cuenta al tiempo que se planea.

Como recordó Ank van der Meulen: si queremos cambiar la situación del planeta, tenemos que empezar desde el origen. Y el origen es la agricultura.

Por eso, la pregunta no es si podemos adoptar el “reloj” holandés, sino cómo construir uno propio. Uno que funcione con nuestras condiciones, pero con más precisión, más colaboración y más conciencia.  

Nosotros podemos aprender de ellos para mejorar, no es tarde para sembrar los frutos de un futuro sostenible.

Autor:

Elisa Rendón Cadavid
Ingeniera Agrónoma  
Egresada de la Universidad EAFIT.  
erendonc@eafit.edu.co, celular: 3017002393 

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